Valle Azul: donde la tierra guarda un secreto

El vino, los caballos y el secreto de un lugar

En el corazón de Valle Azul, al pie de la barda y entre viñedos que conviven con el monte nativo, Ribera del Cuarzo prepara una experiencia excepcional para noviembre. Tres días en los que vino, caballos lusitanos, doma india, campo y gastronomía se reunirán alrededor de una misma idea: volver a mirar el territorio sin apuro.

Audio de la entrevista a Felipe Menéndez.

Hay lugares donde el vino se bebe.

Y hay otros donde, antes de llegar a la copa, el vino obliga a detenerse.

Ribera del Cuarzo pertenece a estos últimos.

Al pie de la barda, en Valle Azul, el viñedo aparece casi como una interrupción delicada dentro de un paisaje mucho más antiguo. Son 27 hectáreas plantadas entre sectores de monte nativo, en un campo que obliga a recorrer kilómetros para llegar desde la tranquera hasta las parcelas. Allí el caballo no es una decoración ni un recurso escénico: forma parte de la vida cotidiana.

Quizás por eso la propuesta que llegará en noviembre tenga una coherencia que excede ampliamente la idea de un evento.

Vino, caballos y doma india confluirán durante tres días en Ribera del Cuarzo para celebrar una manera de entender la naturaleza que hoy parece extraordinariamente contemporánea: hacer las cosas a su debido tiempo.

Felipe Menéndez, una de las personas detrás de la bodega, lo explica desde un lugar que no necesita artificios.

“Las cosas ocurren a la velocidad animal”, dice.

Y en esa frase parece estar contenido buena parte del espíritu del lugar.

Felipe Menéndez

Cuando el caballo cambia la velocidad del paisaje

Ribera del Cuarzo no funciona como una bodega turística tradicional.

No porque cierre sus puertas, sino porque su escala y su naturaleza son diferentes. Las visitas se realizan con reserva previa, en una lógica mucho más cercana a la de una casa de campo que a la de un circuito turístico masivo.

“Nosotros en el Alto Valle no estamos en un lugar turístico. Es un lugar de trabajo”, explica Menéndez.

La diferencia es sustancial.

Mientras algunas regiones vitivinícolas del mundo han construido enormes estructuras alrededor del turismo del vino, en el Alto Valle la vitivinicultura todavía está profundamente vinculada con la producción, con el trabajo cotidiano y con una geografía que no siempre se muestra de inmediato.

En Ribera del Cuarzo, esa condición no se intenta disimular. Se convierte en parte de la experiencia.

El caballo ayuda a comprenderlo.

Para desplazarse por el campo, recorrer los distintos cuadros de viñedo o atravesar las zonas de monte que la bodega decidió conservar, la velocidad cambia. El movimiento se vuelve más lento. El teléfono queda abajo. La mirada vuelve al suelo, a las plantas, al paisaje.

Y entonces aparece una paradoja hermosa: el caballo, un animal asociado históricamente al movimiento, es capaz de enseñar a detenerse.

En un viñedo donde pueden convivir unas 5.000 plantas por hectárea, esa pausa adquiere todavía mayor sentido.

La viticultura de precisión no se construye solamente con tecnología. También exige observar.

Mirar una planta. Detectar un detalle. Entender un suelo. Percibir cómo se comporta una parcela.

Porque, finalmente, el vino comienza mucho antes de la bodega.

Tres mundos que vuelven a encontrarse

La experiencia de noviembre nace del encuentro de tres universos.

El primero es el del vino: el de Ribera del Cuarzo y su viñedo Araucana.

El segundo pertenece a los caballos y a la tradición ecuestre que acompaña a la vida rural desde hace siglos.

El tercero llega de la mano de Cristóbal y su propuesta de doma india, una forma de vínculo con el caballo que recupera conocimientos ancestrales y propone, antes que dominar al animal, comprenderlo.

A ellos se suma una amistad de muchos años.

Tato Jiménez, integrante de una histórica familia de San Carlos de Bariloche y hombre de montaña, llegará desde la precordillera con tres ejemplares de caballo lusitano: dos potrancas y un padrillo.

No se trata de una elección casual.

El lusitano es una de las razas que se encuentran en el origen del caballo criollo y posee una extraordinaria combinación de energía, sensibilidad y presencia.

En ese encuentro entre el hombre, el caballo y el paisaje aparece una dimensión que Menéndez considera especialmente valiosa.

“Es la vida de hace 200 años”, reflexiona.

El caballo, el vino, el campo.

Tres elementos que alguna vez fueron inseparables y que hoy, paradójicamente, pueden convertirse en una forma de recuperar cierta humanidad perdida.

Porque vivimos a una velocidad difícil de sostener.

La concentración se fragmenta, las pantallas ocupan buena parte de nuestros días y la naturaleza suele aparecer reducida a una imagen.

Frente a eso, una jornada a caballo, un recorrido por un viñedo, un asado y una copa de vino pueden parecer actividades sencillas.

Pero quizás ahí esté precisamente su valor.

En volver a lo esencial.

El secreto que no está dentro de la bodega

La conversación con Menéndez adquiere otra profundidad cuando el diálogo abandona el evento y entra en el territorio del vino.

Y allí aparece una de las reflexiones más interesantes de toda la entrevista.

Para él, el gran desafío contemporáneo de la vitivinicultura ya no está únicamente en saber hacer vino.

La tecnología se democratizó.

El conocimiento se globalizó.

Las bodegas de los principales países productores pueden compartir técnicas, equipamiento, control de temperatura, barricas, herramientas de precisión y especialistas de enorme prestigio.

El saber hacer, de alguna manera, dejó de ser un secreto.

“Hoy el saber hacer vino es un commodity”, sostiene.

La afirmación puede resultar provocadora, pero encierra una idea central: si prácticamente cualquier bodega puede acceder a las herramientas necesarias para elaborar un buen vino, ¿dónde está entonces la verdadera diferencia?

La respuesta de Menéndez está en una palabra que la vitivinicultura francesa convirtió casi en una filosofía: terroir.

El lugar.

La combinación irrepetible de suelo, agua, luz, temperatura, viento, piedras, arcillas, orientación y comportamiento climático.

Una ecuación natural que ningún equipamiento puede copiar exactamente.

Y allí es donde Valle Azul adquiere una dimensión particular.

“Hoy la magia está en encontrar lugares que te den algo que es mejor que otro lugar”, explica.

Según Menéndez, Ribera del Cuarzo llegó a sus manos después de que una botella producida con uvas de ese viñedo despertara, en 2008, una inquietud que nunca desapareció.

La botella fue el comienzo de una búsqueda.

El lugar terminó convirtiéndose en destino.

Y esa historia explica buena parte de la identidad de la bodega.

El viñedo que estaba escondido

Hay algo especialmente atractivo en la manera en que Menéndez habla de Ribera del Cuarzo.

No coloca a la bodega en el centro de la historia.

Coloca al lugar.

“La magia es el lugar”, afirma.

La frase puede parecer sencilla, pero en realidad resume una concepción completa de la vitivinicultura.

La bodega puede interpretar una uva. Puede acompañarla, protegerla, transformarla y convertirla en vino.

Pero no puede fabricar el territorio.

Y en Valle Azul, sostiene Menéndez, existe algo excepcional.

El viñedo Araucana posee características que, según su mirada y la de especialistas que han probado sus vinos, podrían convertir a este pequeño territorio en una referencia mundial para determinadas variedades.

Entre ellas aparece una que quizás todavía no ocupa en Argentina el lugar que merece: el Merlot.

Es, de hecho, la variedad que más entusiasma actualmente a la bodega.

Menéndez no duda en llevar la afirmación hasta el límite de la ambición: considera que Valle Azul tiene condiciones para producir un Merlot extraordinario, con potencial para competir algún día con los grandes exponentes internacionales.

Y recuerda que algunos de los vinos más prestigiosos y costosos de Burdeos están elaborados principalmente con esta variedad.

Pero hay algo todavía más interesante.

No habla de una carrera por producir más.

Habla de tiempo.

El vino también tiene memoria

En Ribera del Cuarzo parecen convivir dos escalas temporales

La humana y la natural.

La primera permite plantar, cosechar, elaborar, vender y celebrar.

La segunda exige esperar.

Una vid necesita años para expresarse plenamente. Un suelo requiere tiempo para revelar sus características. Un vino necesita reposo. Y un territorio puede tardar décadas en ser comprendido.

Por eso la idea de que Valle Azul pueda producir algún día uno de los grandes Merlot del mundo no pertenece al terreno de las certezas inmediatas.

Pertenece al de las posibilidades.

Y justamente ahí reside buena parte de su atractivo.

El vino no promete resultados instantáneos.

Obliga a imaginar.

A esperar.

A trabajar para alguien que quizás todavía no llegó.

Esa filosofía atraviesa toda la conversación con Menéndez: la bodega no parece interesada únicamente en elaborar vinos, sino en descubrir hasta dónde puede llegar un lugar.

“Nosotros buscamos terruños que den ese sabor tan especial”, resume.

En esa búsqueda, Ribera del Cuarzo encontró algo más que un viñedo.

Encontró una identidad.

Una celebración del vino de la Patagonia

La experiencia prevista para noviembre será, en ese sentido, mucho más que una actividad enoturística.

Durante tres días, Ribera del Cuarzo abrirá sus puertas para compartir caballos, doma india, vinos, asados y paisaje.

Serán apenas 30 lugares.

La dimensión reducida no responde solamente a una cuestión de organización. También es coherente con la filosofía del lugar.

Hay experiencias que pierden su esencia cuando intentan convertirse en multitud.

Esta parece pensada para lo contrario.

Para mirar.

Para conversar.

Para caminar.

Para comer alrededor de un fuego.

Para escuchar a un caballo.

Para descubrir un vino en el mismo paisaje que le dio origen.

Y quizá, también, para recordar algo que la modernidad suele hacernos olvidar: que no todo tiene que suceder rápido.

Ribera del Cuarzo parece haber encontrado una manera singular de contar la Patagonia.

No desde la grandilocuencia.

No desde el espectáculo.

Sino desde la tierra.

Desde una barda.

Desde un viñedo pequeño que convive con el monte.

Desde un caballo que obliga a bajar la velocidad.

Desde una copa de vino que lleva dentro la geografía de un lugar.

Y desde la convicción de que, cuando todo parece haber sido descubierto, todavía existen territorios capaces de guardar un secreto.

Tal vez el verdadero lujo de esta experiencia no sea el vino.

Ni el caballo.

Ni siquiera el paisaje.

Tal vez sea el tiempo.

El tiempo de mirar.

El tiempo de escuchar.

El tiempo de comprender.

El tiempo que necesita un viñedo para convertirse en territorio y el territorio para convertirse en vino.

Eso es, en definitiva, lo que Ribera del Cuarzo parece querer celebrar en noviembre:

la posibilidad de volver, aunque sea por unos días, a vivir al ritmo de la naturaleza.

Una experiencia de cupos limitados

La propuesta tendrá una duración de tres días y contará con caballos lusitanos, actividades de doma india, gastronomía de campo y los vinos de Ribera del Cuarzo y del viñedo Araucana.

El encuentro tendrá un cupo de 30 participantes y requiere inscripción previa.

La información y las consultas pueden realizarse a través de las redes sociales de Ribera del Cuarzo y de Cristóbal, responsable de la propuesta de doma india.

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