La crisis golpea al corazón perero de Estados Unidos: Oregón enfrenta pérdidas millonarias y productores al borde del abandono

La principal región productora de peras frescas de Estados Unidos atraviesa una de las campañas más complejas de las últimas décadas. Restricciones hídricas, una severa infestación de psila, mercados saturados y retornos por debajo de los costos de producción conforman un escenario que amenaza la continuidad de numerosas explotaciones familiares y obligó a las autoridades estatales a solicitar asistencia federal.
Durante décadas, Oregón fue sinónimo de producción de peras de calidad en Estados Unidos. Hoy, ese liderazgo enfrenta uno de sus mayores desafíos. La combinación de factores climáticos, sanitarios y comerciales derivó en una crisis que está poniendo contra las cuerdas a cientos de productores del estado, responsable de aproximadamente el 85% de la oferta estadounidense de peras frescas.
Las estimaciones del sector indican que durante la campaña 2025 las pérdidas económicas alcanzaron los 45 millones de dólares en la región del Columbia River Gorge, una de las zonas frutícolas más importantes del país. En algunos establecimientos, los ingresos finales cayeron hasta un 50%, dejando a numerosos productores con márgenes negativos.
Lejos de tratarse de un problema aislado, la crisis expone la fragilidad que hoy caracteriza a muchas economías regionales dependientes de la fruticultura.
Un escenario construido por múltiples factores
El invierno presentó temperaturas superiores a las habituales, lo que redujo significativamente la acumulación de nieve en las montañas. Esa menor disponibilidad de agua terminó trasladándose a restricciones para el riego durante la temporada productiva, complicando el desarrollo de los montes frutales.
Pero las dificultades climáticas no fueron las únicas.
Los productores de los condados de Hood River y Wasco también enfrentaron una de las infestaciones de psila del peral más severas registradas en décadas. Este insecto afecta tanto a los árboles como a los frutos mediante la producción de melaza, una sustancia pegajosa que favorece el desarrollo de fumagina, deteriorando la calidad comercial de las peras y reduciendo drásticamente su valor de mercado.
La presión sanitaria incrementó los costos de manejo mientras disminuía el volumen de fruta comercializable, agravando aún más la situación financiera de las explotaciones.
Cuando vender no alcanza para cubrir los costos
A las dificultades productivas se sumó un problema de mercado igualmente complejo.
El cierre de una planta procesadora de Del Monte en Yakima, Washington, modificó el destino de una importante cantidad de fruta que originalmente iba a industrialización. Ese volumen terminó compitiendo dentro del mercado fresco, generando una sobreoferta y presionando los precios hacia abajo.
En paralelo, la abundante cosecha registrada durante 2024 incrementó los stocks disponibles, profundizando el desequilibrio entre oferta y demanda.
El resultado fue inédito para muchos productores: algunas variedades registraron liquidaciones finales nulas, mientras que las mejores estimaciones hablan de retornos cercanos a los 150 dólares por bin, muy lejos de un costo de producción estimado en alrededor de 300 dólares por esa misma unidad.
En términos simples, numerosos establecimientos vendieron su producción sin recuperar siquiera el dinero invertido para producirla.
Un sistema comercial que posterga las definiciones
La estructura comercial de la actividad también amplifica la incertidumbre.
Gran parte de los productores entrega su fruta a empaques, donde permanece almacenada mientras se comercializa a lo largo del año. El precio definitivo recién se conoce meses después, una vez descontados los gastos de acondicionamiento, conservación, logística y comercialización.
Ese mecanismo permite abastecer al mercado durante un período prolongado, pero también dificulta la planificación financiera de los establecimientos, especialmente en campañas donde los precios terminan muy por debajo de lo esperado.
El riesgo de perder productores
La gravedad de la situación llevó a las organizaciones del sector a advertir que numerosos establecimientos podrían no llegar a la próxima campaña.
Según expresaron representantes de Columbia Gorge Fruit Growers, muchos productores enfrentan crecientes dificultades para afrontar los costos operativos, acceder a financiamiento y sostener la actividad sin incrementar un nivel de endeudamiento que podría resultar imposible de revertir.
La preocupación ya dejó de ser exclusivamente económica para transformarse en un problema estructural que amenaza la continuidad de explotaciones familiares históricas.
La intervención del Estado
Frente a este escenario, la gobernadora de Oregón, Tina Kotek solicitó formalmente al Departamento de Agricultura de Estados Unidos la declaración de desastre federal para los condados de Hood River y Wasco.
El pedido busca habilitar herramientas extraordinarias de asistencia que permitan aliviar la situación financiera de los productores mediante créditos de emergencia y programas específicos de apoyo para cultivos especiales.
Las autoridades estatales advirtieron que, sin una respuesta rápida, numerosas explotaciones podrían desaparecer antes incluso del inicio de la cosecha 2026, con consecuencias económicas que alcanzarían no sólo a las familias productoras sino también a toda la cadena frutícola estadounidense.
Una crisis que trasciende las fronteras
Aunque el escenario ocurre en el principal polo perero de Estados Unidos, los desafíos que enfrenta Oregón encuentran numerosos puntos de contacto con otras regiones productoras del mundo.
La creciente variabilidad climática, las restricciones hídricas, la presión de nuevas plagas, el aumento sostenido de los costos y la dificultad para lograr precios que remuneren adecuadamente la producción conforman un conjunto de desafíos que hoy atraviesa buena parte de la fruticultura internacional.
La crisis de Oregón vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que también resuena en otras zonas productoras: cómo sostener la rentabilidad de un cultivo permanente cuando los riesgos productivos aumentan más rápido que la capacidad económica de quienes lo producen.
Para la Patagonia argentina, donde la actividad también enfrenta desafíos estructurales vinculados a los costos, la rentabilidad y el clima, la experiencia estadounidense ofrece una referencia que merece ser observada con atención.







