La malla protege la fruta, pero la rentabilidad sigue siendo el mayor desafío

El presidente de la Cámara de Productores de Villa Regina, Godoy, Chichinales y Valle Azul, Mauricio Molinaro, valoró la nueva línea de créditos para instalar mallas antigranizo, aunque advirtió que el verdadero desafío de la fruticultura pasa por recuperar la capacidad de invertir. Entre costos crecientes, mercados lentos e incertidumbre, sostiene que la tecnología será indispensable, pero no alcanzará por sí sola para garantizar el futuro del productor.
Mientras el invierno comienza a adueñarse del Alto Valle y las plantas frutales atraviesan el período de reposo que cada año marca el ritmo de la producción, la fruticultura vuelve a mirar al cielo. No por la temporada de heladas que llegarán en las próximos meses, sino por un fenómeno que, campaña tras campaña, puede borrar en pocos minutos el trabajo de todo un año: el granizo.
En ese contexto apareció una noticia largamente esperada por el sector. El Gobierno de Río Negro y el banco Patagonia presentaron una línea de financiamiento destinada a facilitar la compra e instalación de mallas antigranizo, una herramienta que desde hace años los productores consideran fundamental para reducir riesgos y mejorar la calidad de la fruta.
La iniciativa fue bien recibida, pero lejos estuvo de despertar un optimismo ingenuo.
Mauricio Molinaro, presidente de la Cámara de Productores de Villa Regina, General Godoy, Chichinales y Valle Azul, celebra que finalmente exista una alternativa concreta para financiar este tipo de inversiones. Sin embargo, rápidamente introduce un matiz que atraviesa toda la conversación.
El crédito es importante.
Pero el problema de fondo sigue siendo otro.
«La verdad es que hace rato veníamos trabajando y pidiendo algún tipo de crédito para las mallas antigranizo», recuerda. El reclamo no responde a una necesidad reciente. Es una demanda histórica de una actividad que conoce demasiado bien cuánto cuesta una tormenta de apenas unos minutos.
Sin embargo, el dirigente evita caer en los discursos triunfalistas.
Porque sabe que, detrás del anuncio, cada productor hará sus propios números.
Y ahí aparecen las diferencias.
«Hay productores que lo podrán sacar, otros que no querrán hacerlo y otros que directamente no podrán», resume.
No se trata de falta de interés.
Se trata de realidad económica.
La decisión más difícil
Durante muchos años la discusión parecía sencilla.
Todos coincidían en que las mallas eran necesarias.
Lo complicado era encontrar la manera de pagarlas.
Hoy ese primer obstáculo empieza a tener una respuesta.
Pero inmediatamente aparece otro.
¿Vale la pena asumir una deuda importante cuando todavía persisten tantas dudas sobre la rentabilidad de la actividad?
Molinaro no responde con estadísticas.
Responde con escenas que observa todos los días mientras recorre las chacras.
Hay productores que sueñan con cubrir sus montes.
Otros prefieren invertir ese mismo dinero en comprar otra chacra ubicada en una zona menos expuesta al granizo.
Y también están quienes deciden seguir apostando al seguro agrícola porque los costos de instalar mallas simplemente resultan inalcanzables.
Es una fotografía que muestra la enorme diversidad de realidades que conviven dentro de la fruticultura regional.
Los 15.000 dólares que no cuentan toda la historia
Cuando se habla del costo de las mallas, suele mencionarse una cifra que ronda los 15.000 dólares por hectárea.
Pero para Molinaro ese número apenas representa el punto de partida.
Porque instalar una malla no significa terminar una inversión.
Significa comenzar otra.
Cada temporada hay que abrirla, volver a cerrarla, controlar tensiones, reemplazar materiales y realizar un mantenimiento permanente.
Con el paso de los años llega además un nuevo desembolso: cambiar completamente la cobertura.
Incluso relata experiencias de productores que terminaron gastando bastante más de lo previsto porque la estructura necesitó refuerzos que originalmente no estaban contemplados.
En otras palabras, la tecnología protege la fruta, pero también exige un compromiso económico permanente.
Una herramienta necesaria, aunque no suficiente
Uno de los aspectos que el dirigente rescata especialmente es el esquema de garantías previsto para esta línea.
Que el productor no deba hipotecar la chacra para acceder al financiamiento representa, según su visión, uno de los mayores avances de la propuesta.
Pero vuelve a insistir sobre una idea que repite varias veces durante la entrevista.
No todos parten del mismo lugar.
Mientras algunos establecimientos podrán aprovechar la oportunidad, otros todavía arrastran dificultades financieras provocadas por campañas complicadas y demoras en los cobros.
Cada chacra vive una realidad distinta.
Y cada productor deberá decidir hasta dónde puede comprometerse.
El futuro ya empezó
Hace apenas unos años las mallas eran vistas como una tecnología reservada para algunos establecimientos.
Hoy esa percepción comenzó a cambiar.
Molinaro cree que la discusión dejó de ser si conviene o no incorporarlas.
La verdadera pregunta pasa por cuándo será posible hacerlo.
Además de proteger frente al granizo, explica, también reducen los daños provocados por el exceso de sol, un aspecto que cada vez pesa más sobre la calidad de la fruta.
Y no es la única innovación que aparece en el horizonte.
Las aplicaciones mediante drones, nuevas herramientas de manejo y otras tecnologías empiezan lentamente a ganar espacio en las chacras.
Todavía requieren ajustes, validaciones y mayor desarrollo.
Pero la dirección parece inevitable.
La fruticultura del futuro será mucho más tecnológica que la actual.
Una actividad que sigue trabajando
Pese a todas las dificultades económicas, Molinaro encuentra motivos para el optimismo cuando observa el trabajo cotidiano.
En la zona que representa la Cámara, asegura que la poda muestra un avance importante y destaca la incorporación de nuevos trabajadores capacitados gracias a los cursos realizados durante este invierno por el INTA.
No desconoce que existen regiones más golpeadas ni que algunos establecimientos atraviesan situaciones complejas.
Pero sostiene que el productor sigue haciendo lo que mejor sabe hacer.
Trabajar.
Incluso cuando el contexto no acompaña.
El verdadero problema aparece cuando llega el momento de vender
Hay una parte de la conversación donde el crédito deja de ser protagonista.
Y probablemente sea la más importante de toda la entrevista.
Molinaro habla de un mercado interno que perdió dinamismo.
De exportaciones que avanzan más lentamente de lo esperado.
De empresas que demoran los pagos.
Y de productores que, frente a ese panorama, dudan antes de asumir nuevas inversiones.
La incertidumbre económica terminó instalándose como un componente permanente del negocio.
Por eso, cuando se le plantea que muchas veces el granizo simplemente deja al descubierto una rentabilidad que ya venía debilitada, su respuesta es inmediata.
«Sí, eso es cierto.»
No hace falta agregar mucho más.
En apenas tres palabras resume una preocupación que atraviesa a buena parte de la fruticultura regional.
Seguir apostando
A la presión comercial se suman dos costos que, según Molinaro, no dejan de crecer: combustible y energía.
Son gastos imposibles de evitar.
Se utilizan para combatir las heladas, mover la maquinaria, realizar aplicaciones y sostener cada tarea dentro de la chacra.
Por eso reclama políticas que contemplen esta realidad y permitan aliviar una estructura de costos que sigue aumentando.
Aun así, evita caer en el desaliento.
Habla del pequeño productor con respeto.
Lo describe como alguien que continúa luchando, adaptándose e incorporando mejoras cada vez que puede.
También reivindica el trabajo silencioso de las entidades que representan al sector y aprovecha la oportunidad para convocar a una mayor participación.
«La Cámara está abierta para todos los productores. Necesitamos que se acerquen, que participen y que aporten ideas», señala.
Más que un crédito
La nueva línea para financiar mallas antigranizo probablemente marque un punto de inflexión para muchos establecimientos.
No porque resuelva todos los problemas de la fruticultura.
Sino porque representa una señal.
Una señal de que invertir en protección y tecnología empieza a ocupar un lugar central en la agenda del sector.
Pero la entrevista con Mauricio Molinaro deja una enseñanza todavía más profunda.
Las mallas pueden proteger la fruta del granizo.
Lo que todavía necesita protección es la rentabilidad del productor.
Y mientras esa ecuación no termine de equilibrarse, cada inversión seguirá siendo mucho más que una decisión técnica: será, ante todo, un acto de confianza en el futuro de la fruticultura.








