Frambuesas en el Alto Valle: una alternativa que pide ciencia, planificación y conocimiento del territorio

La producción de frambuesa comienza a ser observada con interés en el Alto Valle como una posible alternativa de diversificación frente a la necesidad de encontrar nuevos destinos productivos para superficies tradicionalmente vinculadas a la fruticultura de pepita. Pero antes de plantar, hay una condición indispensable: conocer el ambiente, elegir correctamente la variedad y diseñar el sistema productivo.

Audio de la entrevista a la ingeniera agrónoma Nazarena Spera.

Durante décadas, hablar del Alto Valle de Río Negro y Neuquén fue hablar de manzanas y peras. La identidad productiva de la región se construyó alrededor de esos cultivos y de una infraestructura que todavía constituye uno de sus principales activos: sistemas de riego, maquinaria, mano de obra especializada, establecimientos de empaque y estructuras de conservación y comercialización.

Pero el escenario cambió.

La pérdida de superficie productiva, la transformación del territorio, los costos crecientes y las dificultades económicas que atraviesa la fruticultura obligan a pensar alternativas. No necesariamente para reemplazar a las especies tradicionales, sino para diversificar, aprovechar superficies y generar nuevas oportunidades.

En ese escenario aparece un cultivo de pequeñas dimensiones, pero con una característica que puede resultar estratégica: la frambuesa.

La ingeniera agrónoma Nazarena Spera, integrante de IDC PATAGONIA, consultora privada especializada en soluciones técnico-científicas para la producción agrícola regional, analizó en diálogo con Agrovalle las posibilidades y limitaciones que tendría este cultivo en el Alto Valle.

Y su planteo es claro: hay potencial, pero no existe margen para pensar una nueva producción desde la intuición.

Un cultivo que podría encontrar su lugar en el Alto Valle

La frambuesa pertenece a la familia de las rosáceas y produce un fruto altamente valorado por sus características organolépticas, pero también extremadamente perecedero.

En Argentina, la superficie cultivada ronda las 200 hectáreas y la principal zona productiva se encuentra actualmente en la Comarca Andina, especialmente en El Hoyo y El Bolsón.

El Alto Valle aparece como un territorio diferente, pero con condiciones que podrían resultar favorables.

La planta necesita frío invernal para cumplir adecuadamente sus requerimientos y alcanzar una buena brotación. También se beneficia de temperaturas moderadas durante el crecimiento, acompañadas por noches frescas.

En ese aspecto, explica Spera, el ambiente del Valle presenta características compatibles con las necesidades fisiológicas del cultivo.

Existe además otra ventaja: el período libre de heladas es relativamente extenso. La frambuesa presenta una floración escalonada que puede extenderse desde la primavera hasta marzo, por lo que parte de su ciclo productivo puede escapar a determinados períodos de riesgo que resultan críticos para otros frutales.

Pero la oportunidad no termina en el clima.

El Alto Valle cuenta con algo que otras regiones productivas necesitarían construir desde cero: una infraestructura agrícola ya instalada.

Maquinaria, sistemas de riego, conocimiento de los productores y determinadas estructuras de poscosecha podrían ser aprovechados por una producción de frambuesa, reduciendo algunas de las barreras iniciales de incorporación.

No significa que el cultivo pueda trasladarse mecánicamente desde otra región. Significa que existe una plataforma sobre la cual investigar.

La velocidad también es un atributo productivo

Una de las características que vuelve atractiva a la frambuesa es su relativamente rápida entrada en producción.

A diferencia de los frutales de pepita o carozo, que requieren varios años para alcanzar niveles productivos importantes, la frambuesa puede comenzar a producir mucho antes.

La implantación puede realizarse con plantas a raíz desnuda provenientes de viveros certificados y, a partir del desarrollo de los primeros retoños, comienza a estructurarse la futura producción.

Dependiendo del tipo varietal elegido, puede existir incluso una cosecha temprana.

Las variedades tradicionales de una sola floración producen sobre cañas de segundo año, mientras que las denominadas remontantes o de primocaña pueden presentar producción sobre los brotes del mismo año.

Con un manejo adecuado, la producción se vuelve progresivamente más importante y, según la variedad y la tecnología aplicada, puede alcanzar niveles elevados hacia el cuarto y quinto año.

En la entrevista, Spera menciona rendimientos del orden de las 12 toneladas por hectárea en condiciones productivas favorables.

Ese ingreso relativamente rápido en producción tiene otra consecuencia: permite que el productor aprenda el comportamiento del cultivo mientras la plantación avanza hacia su máximo potencial.

Y ese aprendizaje no es un detalle menor.

No alcanza con plantar: la cosecha cambia las reglas

La frambuesa comparte con la fruticultura tradicional muchas prácticas: fertilización, control de malezas, poda, conducción, monitoreo sanitario y cosecha.

Para un productor del Alto Valle, buena parte de ese conocimiento puede resultar familiar.

Sin embargo, hay un punto en el que la frambuesa exige una lógica diferente: la cosecha.

La fruta debe recolectarse prácticamente cada uno o dos días y el manejo tiene que ser extremadamente cuidadoso.

La razón está en su enorme sensibilidad en poscosecha.

Una frambuesa destinada al mercado fresco no puede esperar indefinidamente en una cámara. La velocidad entre cosecha, enfriamiento, distribución y consumo pasa a formar parte de la ecuación económica del cultivo.

Por eso, antes de plantar una hectárea, el productor debería responder una pregunta mucho más importante que qué variedad elegir:

¿A quién voy a venderle la fruta y qué infraestructura necesito para hacerlo?

Actualmente, uno de los principales destinos es el congelado individual, conocido como IQF. El mercado fresco representa otra posibilidad, generalmente asociada a valores comerciales superiores, pero requiere una logística mucho más exigente.

La fruta tiene que llegar con firmeza, color y calidad, y el tiempo entre la cosecha y el enfriamiento debe ser mínimo.

En consecuencia, la comercialización no puede pensarse después de la implantación.

Tiene que formar parte del proyecto desde el principio.

Las variedades: una decisión que no admite recetas importadas

Uno de los aspectos centrales de la entrevista es la elección varietal.

En frambuesa existen variedades de floración sobre cañas de segundo año y variedades remontantes o de primocaña, y cada una presenta características diferentes en cuanto a época de cosecha, tamaño de fruto, firmeza, productividad y destino comercial.

Entre las variedades de una floración mencionadas aparecen Tulameen, Glen Ample e Himbo Queen, mientras que entre las remontantes se destacan Himbo Top, Polka y Autumn Bliss.

La documentación técnica consultada confirma la presencia de estas variedades en evaluaciones realizadas en Patagonia. En particular, trabajos desarrollados en El Bolsón incluyeron Schönemann, Polka, Autumn Bliss, Tulameen, Himbo Queen, Himbo Top y Glen Ample.

Tulameen, por ejemplo, es reconocida por su fruta grande y buena calidad, mientras que Glen Ample también se caracteriza por frutos grandes y carnosos. Himbo Top es una variedad de primocaña de fruto grande, vigorosa y productiva.

Pero hay una advertencia fundamental detrás de todo esto.

Que una variedad funcione en otra región no significa automáticamente que vaya a comportarse de la misma manera en el Alto Valle.

Por eso, la propuesta de Spera no es avanzar directamente hacia grandes superficies, sino evaluar primero el comportamiento de los materiales en las condiciones específicas del Valle.

Es una diferencia sustancial entre experimentar y apostar.

El suelo: una condición que puede definir el resultado

El entusiasmo por una nueva alternativa productiva puede llevar a mirar solamente la parte visible del cultivo: la planta, el fruto, el precio y el mercado.

Pero la primera decisión ocurre debajo de la superficie.

Según explicó la ingeniera agrónoma, uno de los aspectos que debería analizarse especialmente es la materia orgánica de los suelos.

La frambuesa requiere condiciones edáficas exigentes y, de acuerdo con lo señalado en la entrevista, los suelos del Valle presentan en muchos casos niveles de materia orgánica que deberían ser mejorados antes de iniciar una plantación.

Eso implica que la preparación del terreno no debería reducirse a plantar.

El diagnóstico de suelo, la incorporación de materia orgánica, el manejo del agua y la planificación nutricional deberían formar parte del proyecto desde el comienzo.

La rentabilidad de una plantación futura puede comenzar a definirse mucho antes de que aparezca la primera fruta.

El gran desafío del Alto Valle: el calor

Si el invierno puede jugar a favor, el verano puede convertirse en uno de los principales obstáculos.

La frambuesa es sensible a temperaturas elevadas y, cuando los registros superan aproximadamente los 32 a 35 °C, pueden aparecer daños importantes sobre la fruta y el follaje.

En el Alto Valle, las altas temperaturas estivales son una realidad recurrente.

Uno de los problemas más visibles es el daño por sol, que puede afectar directamente la calidad comercial de los frutos. También puede producirse daño sobre las hojas cuando las condiciones ambientales son extremas.

Aquí aparece uno de los puntos más interesantes de la propuesta: la posibilidad de que la frambuesa obligue a incorporar tecnologías como mallas de protección, sistemas de aspersión destinados a disminuir la temperatura y determinadas tecnologías de protección superficial podrían formar parte del sistema productivo.

Pero no cualquier producto sirve.

Para fruta destinada al consumo fresco, por ejemplo, no resulta viable trasladar automáticamente estrategias utilizadas en manzanas y peras, como determinados productos minerales que luego requieren ser removidos.

La alternativa planteada por la profesional apunta hacia tecnologías de protección como biofilms transparentes con protección frente a radiación ultravioleta.

Es decir: la diversificación también implica innovar en la manera de producir.

Una alternativa, no una promesa

Quizás allí se encuentre el aspecto más importante de esta conversación.

La frambuesa no aparece como una solución mágica para los problemas de la fruticultura regional.

Tampoco como un cultivo que pueda reemplazar de manera inmediata a las manzanas y las peras.

Su potencial está en otro lugar.

En superficies pequeñas. En proyectos diversificados. En productores que busquen complementar ingresos. En establecimientos hortícolas que quieran incorporar una nueva especie. En emprendimientos que puedan construir una estrategia de venta directa o desarrollar una cadena de frío acorde al volumen.

Y, sobre todo, en proyectos que puedan apoyarse en información local.

Ese último punto resulta particularmente relevante porque el Alto Valle necesita cada vez más conocimiento producido en su propio territorio.

Ciencia aplicada para decidir antes de plantar

El trabajo de IDCPATAGONIA se inscribe precisamente en esa lógica.

La consultora se presenta como un espacio dedicado a la investigación, el desarrollo y la consultoría aplicada a la producción agrícola regional, con profesionales especializados en diseño experimental, análisis de datos y evaluación agronómica de productos y tecnologías. También desarrolla ensayos a campo y en condiciones controladas y acompaña a empresas frutícolas del Alto Valle en procesos de diagnóstico y mejora productiva.

En ese contexto, el abordaje de una alternativa como la frambuesa adquiere otra dimensión.

No se trata simplemente de preguntarse si la planta crece.

La pregunta verdaderamente productiva es otra:

¿Puede crecer, producir con calidad, sostenerse económicamente y encontrar un mercado en las condiciones particulares del Alto Valle?

Responderla requiere ensayos, datos, seguimiento y años de observación.

Y quizás esa sea una de las grandes oportunidades que tiene hoy la región: transformar la necesidad de diversificar en conocimiento concreto antes de convertirla en una decisión irreversible.

Porque en agricultura, una hectárea plantada es una apuesta.

Pero una hectárea plantada después de investigar, medir y conocer el ambiente es una decisión.

El desafío que queda abierto

El Alto Valle está acostumbrado a producir fruta de pepita a escala y con una sofisticada estructura productiva. La llegada de nuevos cultivos no necesariamente significa abandonar esa identidad.

Puede significar ampliarla.

La frambuesa todavía tiene preguntas por responder en la región: comportamiento varietal, respuesta al calor, necesidades de protección, adaptación de los sistemas de conducción, requerimientos de suelo, costos de implantación, productividad real y, fundamentalmente, mercados.

Precisamente por eso merece ser estudiada.

Porque las nuevas alternativas productivas no nacen cuando se planta la primera hectárea.

Nacen mucho antes: cuando una región comienza a preguntarse qué puede producir, cómo puede hacerlo y qué conocimiento necesita para no equivocarse.

En el Alto Valle, esa discusión ya empezó

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