Marcelo Mirás, el hombre que convirtió al vino patagónico en identidad: “Cuando alguien bebe una copa, está tomando la cultura de un pueblo”

El reconocido bodeguero rionegrino fue distinguido como “Ícono de la Vitivinicultura Patagónica” y reflexionó sobre el presente y el futuro del vino regional, el valor humano detrás de cada botella y el enorme potencial del enoturismo en Río Negro.

Audio de la entrevista al Enólogo Marcelo Miras

Hay reconocimientos que trascienden lo individual. Distinciones que no solamente premian una trayectoria, sino que simbolizan décadas de trabajo silencioso, visión estratégica y compromiso profundo con una actividad productiva que forma parte de la identidad de una región. Eso ocurrió en las últimas horas con Marcelo Mirás, uno de los nombres más influyentes y respetados de la vitivinicultura patagónica, quien fue distinguido como “Ícono de Patagonia”.

La noticia generó una fuerte repercusión dentro del sector porque no se trató de un reconocimiento institucional aislado, sino del reconocimiento de sus propios pares. Enólogos, productores y referentes vinculados al mundo del vino destacaron la trayectoria de quien ha sido protagonista de una de las transformaciones más importantes que vivió la vitivinicultura regional en las últimas décadas.

“Fue una muy grata sorpresa”, reconoció Mirás durante una entrevista con Agrovalle Radio. Pero detrás de la emoción personal apareció rápidamente otra dimensión: la colectiva.

“El hecho de que sea un reconocimiento de los pares de la misma región tiene para mí un significado muy especial y también el compromiso de seguir trabajando por la vitivinicultura de Río Negro y de toda la Patagonia”, expresó.

De los vinos masivos a la construcción de una identidad patagónica

Marcelo Mirás no solamente es bodeguero. También es testigo privilegiado de la evolución que atravesó el vino patagónico desde los años noventa hasta la actualidad.

En su mirada, hubo un punto de inflexión muy claro: el momento en que la región dejó de pensar únicamente en volumen y comenzó a construir identidad.

“En los años 90 hubo un giro muy importante. Se empezó a visualizar hacia dónde iba el consumo mundial de vinos y se entendió que había que apuntar a la calidad y a la identidad”, explicó.

Aquella transformación implicó recuperar viejos viñedos, implantar nuevas variedades adaptadas al territorio y avanzar hacia una viticultura de precisión. Un cambio profundo que hoy le permite a la Patagonia posicionarse en el mapa internacional con una personalidad propia.

“Hoy el consumidor puede acceder a vinos de muy buena calidad a precios relativamente acomodados, pero además con una identidad muy marcada”, sostuvo

“Lo más importante no son las bodegas: son las personas”

A lo largo de la charla, Mirás dejó varias definiciones de enorme profundidad conceptual, aunque probablemente una de las más potentes fue cuando habló del verdadero corazón del vino.

“Lo más importante que tiene cada región productora son las personas. Eso es lo que le da identidad”, afirmó.

Lejos de una mirada puramente comercial, el reconocido bodeguero entiende al vino como una expresión cultural. Una síntesis entre clima, suelo, trabajo humano, historia y arraigo.

En ese sentido recordó una frase del histórico ingeniero Alcides Llorente, referente fundamental de la vitivinicultura regional.

“Él decía que cuando uno bebe una copa de vino, se está tomando la cultura de un pueblo. Y realmente es así”, remarcó Mirás.

La definición resume buena parte de la filosofía que hoy impulsa al vino patagónico: no vender solamente una botella, sino transmitir una historia, una forma de vida y una identidad territorial.

Patagonia: una vitivinicultura diversa, extrema y cada vez más prestigiosa

Mirás destacó además que la vitivinicultura patagónica posee características únicas en el mundo. Desde el norte de la región hasta zonas cercanas a Santa Cruz, la producción se desarrolla en territorios diversos, pero unidos por una misma búsqueda: calidad.

“Patagonia es una tierra muy amplia y muy rica. Cada zona tiene su propia identidad, pero todas apuntan a vinos de calidad”, explicó.

En ese escenario, Río Negro ocupa un lugar histórico y estratégico. Con décadas de experiencia acumulada y un fuerte desarrollo técnico, el Alto Valle se consolidó como uno de los grandes motores de la vitivinicultura patagónica.

Factores como el clima, la amplitud térmica, el sistema de riego y las condiciones sanitarias naturales siguen siendo ventajas competitivas centrales para la región.

La apuesta fuerte al enoturismo: “Todavía no explotó”

Además de su rol como bodeguero, Marcelo Mirás preside actualmente la Ruta del Vino de Río Negro, una asociación que reúne a distintas bodegas y que busca potenciar el desarrollo turístico vinculado al sector.

En ese marco, confirmó la firma de nuevos convenios con hoteles y prestadores turísticos para fomentar el denominado “enogastroturismo”, un concepto que integra vino, gastronomía, paisaje y experiencias regionales.

“Estamos convencidos de que el enoturismo todavía en la región no explotó como esperamos que suceda”, afirmó.

Uno de los acuerdos más recientes fue firmado con los hoteles de Casino del Río, permitiendo beneficios cruzados entre hospedajes y bodegas adheridas.

La estrategia apunta a construir un circuito integral que involucre hoteles, restaurantes, agencias de turismo, transporte y producción regional.

Pero Mirás va incluso más allá del vino.

“La provincia tiene una matriz productiva extraordinaria desde el mar hasta la cordillera. No tenemos que enfocarnos solamente en el vino, sino también en todos los productos que tiene Río Negro y compartirlos con quienes nos visitan”, señaló.

Una actividad atravesada por la esperanza

En el tramo final de la entrevista, el histórico bodeguero también analizó el complejo escenario económico que atraviesa actualmente la vitivinicultura.

Sin dramatizar, habló de un “reacomodamiento global” del sector, sumado a las dificultades propias de la economía argentina. Sin embargo, sostuvo que la Patagonia tiene herramientas para adaptarse rápidamente gracias a la calidad de sus vinos y al perfil premium de su producción.

Y entonces dejó otra definición que probablemente explique el espíritu profundo de quienes trabajan la vid.

“El cultivo de la vid es una actividad de esperanza”, dijo.

“Todos los años pensamos que vamos a hacer el mejor vino y que vamos a tener la mejor uva. Esa esperanza es la que nos permite mirar el futuro con optimismo”.

En tiempos de incertidumbre económica, mercados cambiantes y transformaciones globales, Marcelo Mirás parece sostener una convicción simple pero poderosa: la vitivinicultura patagónica todavía tiene mucho por escribir.

Y quizás por eso el reconocimiento que recibió no solamente distingue a un hombre, sino también a toda una manera de entender el vino, el territorio y la identidad cultural de la Patagonia.

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