Cerezas 2025-26: la campaña que expuso la fragilidad estructural del modelo exportador

Menos volumen, precios deprimidos y un “combo explosivo” para el sector

Audio de la entrevista a Aníbal Caminiti, gerente de la Cámara Argentina de Productores de Cerezas Integrados

La temporada cerecera 2025-2026 cerró con números que encienden señales de alerta. De acuerdo con el balance realizado por Aníbal Caminiti, gerente de la Cámara Argentina de Productores de Cerezas Integrados, las exportaciones argentinas no alcanzarán las 5.000 toneladas, muy lejos de las 8.100 toneladas despachadas en la campaña anterior.

La caída es contundente. Y, como explicó Caminiti en diálogo con Agrovalle, responde a una combinación de factores productivos, comerciales y estructurales que configuraron “un combo explosivo” para el sector.

El impacto ambiental: cuando el potencial no se expresa

La campaña previa había sido excepcional: clima estable, plena expresión productiva y un 56% del total exportado originado en Río Negro y Neuquén. Este año ocurrió lo contrario.

La región patagónica —que concentra el 90% de las cerezas exportadas por Argentina— sufrió eventos ambientales que redujeron significativamente la productividad. El dato es elocuente: se trabajó con costos pensados para producir 15 toneladas por hectárea, pero en muchos casos apenas se obtuvieron 7 toneladas, de las cuales se exportó cerca del 70%.

Ese desfasaje entre estructura de costos y volumen efectivo cosechado explica buena parte de la erosión de la rentabilidad. El productor afronta los mismos costos fijos, pero con menos fruta comercializable.

La consecuencia es directa: margen negativo en numerosos establecimientos.

La sobreoferta chilena y el nuevo escenario de precios

El segundo gran factor fue el contexto internacional. La sobreoferta de cerezas chilenas —que ya había comenzado a visibilizarse el año anterior— se consolidó como una tendencia estructural.

En los mercados internacionales, particularmente en la ventana temprana de noviembre y diciembre donde compite la Patagonia, el volumen chileno prácticamente se triplicó. El resultado fue previsible: precios más bajos y un mercado más exigente.

Caminiti fue claro: los valores internacionales difícilmente regresen a los niveles de años anteriores. La corrección de precios parece haber llegado para quedarse.

En este nuevo escenario, algunos exportadores argentinos ya evalúan retirarse de mercados como Estados Unidos, donde la fruta argentina enfrenta un arancel del 10% que deteriora aún más la competitividad.

Un fenómeno inédito: importaciones récord de cereza chilena

Si el frente externo fue complejo, el mercado interno tampoco ofreció alivio.

Entre noviembre y febrero ingresaron al país alrededor de 1.800 toneladas de cerezas chilenas, cuando el promedio histórico de los últimos cinco años rondaba las 200 toneladas. Es decir: se quintuplicó la media habitual.

La consecuencia es doble: presión sobre los precios internos y competencia directa en plena temporada local.

En términos personales —no institucionales—, Caminiti sostuvo que si bien cree en la apertura comercial, muchos países aplican mecanismos temporales de protección cuando su producción está en plena actividad. Estados Unidos, Reino Unido, Uruguay y Paraguay utilizan herramientas regulatorias para proteger a sus productores en determinadas ventanas.

El debate queda abierto.

El verdadero problema: el costo argentino

Más allá del clima y la competencia chilena, el dirigente apuntó al núcleo estructural del problema: el costo país.

Logística más cara que cruzar la cordillera, presión impositiva elevada, energía con IVA del 27%, costos laborales crecientes y gastos adicionales como CopexEU para exportar a Estados Unidos o los cánones vinculados a la barrera sanitaria patagónica.

Exportar por un puerto chileno puede resultar más económico que hacerlo por Buenos Aires. Transportar fruta desde la Patagonia al Mercado Central tiene un costo superior al flete desde Chile hacia Argentina.

La ecuación es contundente: Argentina compite consigo misma.

Fruticultura fuera de agenda

Caminiti amplió la mirada hacia la fruticultura en general. En 2024, la exportación de fruta fresca generó aproximadamente 650 millones de dólares. Detrás de esa cifra —que en términos macroeconómicos luce modesta— hay 150.000 puestos de trabajo distribuidos en economías regionales.

El dato más inquietante es la involución: desde 2008 a 2024 el ingreso de divisas por exportación frutícola cayó un 55%. Más industria, menos fruta fresca. Más volumen, menos valor agregado.

Según el dirigente, la fruticultura no ocupa un lugar estratégico en la agenda nacional, independientemente del signo político de los gobiernos.

Competitividad: moderación en el crecimiento

De cara al futuro, CAPCI no prevé un crecimiento explosivo. La tendencia histórica de expansión cercana al 10% interanual podría desacelerarse en un contexto de rentabilidad ajustada y falta de reformas estructurales consolidadas

La inversión en nuevas variedades —clave para ampliar ventanas tempranas y tardías— enfrenta trabas fitosanitarias y dificultades para importar material vegetal desde Chile debido a nuevas exigencias sanitarias.

Sin innovación varietal, la competitividad argentina se verá limitada.

Diferenciación: calidad, identidad y denominación de origen

No todo es adversidad.

La cereza argentina mantiene una reputación internacional sólida por calidad y perfil organoléptico. Cada vez más operaciones se realizan por canales directos con importadores, evitando subastas y defendiendo mejor el precio.

Además, el sector avanza en la implementación de una denominación de origen para las cerezas de Los Antiguos, con foco inicial en el mercado europeo, donde la cultura de valorización territorial está más desarrollada.

La apuesta estratégica es clara: calidad e identidad como diferencial competitivo frente a la masividad chilena.

Un sector pequeño, pero dinamizador

La cereza argentina es un segmento reducido dentro de la fruticultura nacional, pero altamente dinamizador en términos de empleo regional y generación de valor.

La campaña 2025-26 dejó una conclusión contundente: cuando la productividad cae y el mercado internacional se satura, la fragilidad estructural del modelo queda expuesta.

El desafío no es sólo climático ni comercial.

Es sistémico.

Y la pregunta de fondo es si la fruticultura argentina seguirá siendo una economía regional en retroceso o si logrará reconvertirse con políticas públicas, competitividad real y una estrategia clara de diferenciación internacional.

La próxima campaña comenzará a dar esa respuesta.

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