Apicultura en otoño: “La próxima temporada empieza ahora”, la mirada técnica y humana de David Riquelme

El productor apícola analizó el momento crítico que atraviesan las colmenas antes de la invernada y explicó por qué el manejo sanitario, nutricional y poblacional define el éxito de la próxima campaña.

Mientras gran parte del sistema productivo interpreta al invierno como una etapa de pausa, dentro de los apiarios ocurre exactamente lo contrario. Allí, lejos de detenerse, comienza uno de los momentos más sensibles y determinantes de toda la actividad apícola. Así lo explicó el productor apícola David Riquelme, quien en diálogo con Agrovalle trazó un análisis profundo sobre el manejo de las colmenas en la antesala de la invernada y dejó una definición contundente: “La temporada empieza ahora”.

Con años de experiencia en el trabajo con abejas y una mirada técnica construida desde el campo, Riquelme describió este período como un verdadero punto de inflexión productivo.

“Estamos en un momento crítico. Mucha gente cree que la invernada es un período pasivo, pero es todo lo contrario. Es cuando más tenemos que trabajar sobre la colmena, ajustar manejos y tomar decisiones que después van a definir cómo arrancará la próxima temporada”, sostuvo.

La afirmación no es menor. En esta etapa se define qué colonias tendrán capacidad de atravesar el invierno y cuáles difícilmente logren sostenerse. Por eso, el monitoreo aparece como la primera gran herramienta estratégica.

El diagnóstico como punto de partida

Para Riquelme, conocer el estado real de cada colonia es una condición indispensable antes de ingresar al invierno. Allí entra en juego la categorización de colmenas, un sistema que permite ordenar el apiario según la fortaleza poblacional de cada unidad.

“Cuando termina la última cosecha se deben hacer monitoreos. Ahí categorizamos las colmenas en uno, dos y tres, según la cantidad de cuadros cubiertos por abejas”, explicó.

Las colmenas de categoría uno con siete o más cuadros poblados son las más fuertes y las que tienen mayores probabilidades de

atravesar el invierno sin inconvenientes. Las de categoría dos, con cinco o seis cuadros, también pueden sostenerse correctamente. El verdadero problema aparece en las categorías tres.

“Las colmenas con menos de cuatro cuadros son las más débiles. Y ahí hay que tomar decisiones. Uno ama a las abejas, pero también hay que pensar la actividad de manera rentable. No siempre se puede salvar todo”, afirmó.

En esos casos, una de las estrategias más utilizadas es la fusión de colonias débiles.

“Muchas veces unimos dos categorías tres para formar una categoría dos. Se sacrifica una reina y se fusionan las poblaciones para lograr una colmena más fuerte y viable”, detalló.

El objetivo, según explicó, es claro: ingresar al invierno únicamente con colmenas fuertes y equilibradas.

“Lo ideal sería tener todos los apiarios en categoría uno y dos, sin categorías tres. Esa es la mejor base para llegar a primavera con colonias fuertes y listas para desarrollarse rápidamente”.

Varroa: el enemigo que sigue condicionando la actividad

En el plano sanitario, Riquelme fue categórico al señalar que la varroa continúa siendo el principal problema de la apicultura moderna.

“La varroa sigue siendo nuestro principal enemigo. No solamente por el daño directo que genera, sino porque transmite virus, bacterias y otras enfermedades que terminan debilitando muchísimo a la colonia”, advirtió.

El productor explicó que el control debe comenzar con monitoreos precisos, especialmente mediante el método del frasco, que permite medir el porcentaje de infestación.

“Debemos evaluar si estamos por encima del umbral para tomar decisiones. Y los tratamientos tienen que hacerse con productos habilitados y en el momento correcto”, indicó.

Riquelme también alertó sobre un fenómeno que preocupa cada vez más al sector: la resistencia de la varroa a determinados tratamientos sintéticos.

“En los últimos años se vio resistencia a algunos principios activos. Por eso es fundamental rotarlos y trabajar con estrategias integradas”, señaló.

Desde su experiencia, los mejores resultados los obtuvo combinando controles antes y después del invierno.

“El tratamiento de salida de invierno me dio muy buenos resultados. Bajó muchísimo la tasa de crecimiento de varroa y logré mantener niveles inferiores al 2% incluso en plena temporada”.

Nutrición: la base invisible de una colonia fuerte

Uno de los momentos más interesantes de la entrevista llegó cuando Riquelme abordó el rol de la nutrición, una dimensión muchas veces subestimada dentro del manejo apícola.

“Siempre se habla de cuatro pilares: manejo, genética, sanidad y nutrición. Pero para mí la nutrición es uno de los más importantes”, afirmó.

Según explicó, una abeja bien nutrida tiene mayor capacidad de resistencia frente a enfermedades y estrés ambiental.

“Si faltan reservas de miel o polen, tenemos que suplementar. La miel aporta carbohidratos y el polen es la proteína de la abeja”, explicó.

Entre las estrategias más utilizadas mencionó la alimentación con jarabe de azúcar y el uso de tortas proteicas cuando las reservas naturales son insuficientes.

“El jarabe se hace con dos partes de azúcar y una de agua. Eso ayuda a generar reservas para el invierno. Y cuando falta proteína, hay que suplementar con tortas proteicas”.

El cuerpo graso: la reserva biológica que sostiene la vida de la colmena

Riquelme también profundizó sobre un concepto poco conocido fuera del ámbito técnico: el cuerpo graso de las abejas.

“La abeja de invierno es distinta a la abeja de temporada. No tiene el mismo desgaste porque no sale constantemente a buscar néctar o polen. Entonces acumula reservas energéticas”, explicó.

Esas reservas se almacenan en los llamados cuerpos grasos, fundamentales para sostener la supervivencia invernal.

“Ese tejido graso y proteico le permite atravesar el invierno y llegar fuerte al final de la temporada para alimentar a las nuevas crías en primavera”.

Un invierno distinto y nuevas señales de alerta

En el tramo final de la entrevista, Riquelme dejó otra observación relevante: el impacto de los cambios climáticos sobre el comportamiento de las colmenas.

“No estamos teniendo los fríos intensos que deberíamos tener a esta altura del año. Y eso modifica la dinámica dentro de la colmena”, explicó.

Esa alteración climática obliga a monitorear permanentemente la evolución del apiario y ajustar manejos con mayor precisión.

Además, recordó la importancia de no intervenir innecesariamente durante el período más duro del invierno.

“No hay que abrir las colmenas en pleno invierno si no es necesario. Uno puede terminar haciendo más daño que beneficio, porque altera toda la organización interna de la colonia”.

La entrevista dejó una conclusión clara: la apicultura moderna exige cada vez más conocimiento técnico, capacidad de observación y manejo estratégico. Y en ese escenario, el otoño deja de ser un cierre para convertirse en el verdadero inicio de la próxima campaña.

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