Del cielo al monte: AEREAL Patagonia lleva la tecnología de los drones a una nueva generación de aplicaciones en frutales

El emprendimiento liderado por Esteban Lagger fue seleccionado entre más de mil inscriptos del programa Emprendedores Río Negro 2026. Desde el Alto Valle desarrolla servicios de pulverización con drones y plantea una mirada pragmática sobre una tecnología que empieza a ganar espacio en la producción regional.
Audio Esteban Lagger
Hay tecnologías que llegan al campo para reemplazar lo conocido. Y hay otras que, antes que sustituir, vienen a resolver aquello que durante años pareció difícil de compatibilizar.
En la fruticultura del Alto Valle, donde el riego por inundación forma parte de la dinámica cotidiana de las chacras y donde las condiciones del suelo muchas veces determinan cuándo puede ingresar una máquina, los drones agrícolas encontraron un espacio particular.
No se trata solamente de volar.
Se trata de aplicar.
Y, sobre todo, de hacerlo con precisión.
Ese es el camino que viene recorriendo AEREAL Patagonia, el emprendimiento encabezado por Esteban Lagger, que recientemente fue seleccionado para avanzar en el programa Emprendedores Río Negro 2026, impulsado por Banco Patagonia y Fundación Nobleza Obliga, junto con instituciones provinciales.
La selección adquiere una dimensión especial para el proyecto: según explicó Lagger, fueron más de mil los emprendimientos que participaron de la convocatoria. Para una empresa que trabaja con una tecnología relativamente reciente en los montes frutales de la región, atravesar esa instancia representa también el reconocimiento a una actividad que comienza a dejar de ser una curiosidad tecnológica para convertirse en una herramienta productiva.
“Trabajar con drones en frutales es algo novedoso”, señaló Lagger durante una entrevista con Agrovalle. Y allí aparece una de las claves de la experiencia de AEREAL Patagonia: llevar una tecnología desarrollada para la agricultura de precisión a una realidad productiva con características propias.
Cuando el riego y la aplicación dejan de competir
Uno de los principales argumentos que encuentra Lagger para explicar el crecimiento de esta tecnología está en una situación muy concreta del Alto Valle. El riego.
En una chacra tradicional, la aplicación con tractor y el riego por inundación pueden entrar en conflicto. Si el suelo está ocupado por el agua, una máquina terrestre no puede desplazarse de la misma manera. El productor debe entonces administrar tiempos y oportunidades.
El dron introduce otra posibilidad.
Al no necesitar desplazarse sobre el suelo, puede realizar una aplicación mientras la superficie se encuentra regada.
“Una de sus principales ventajas es poder tomar el riego y a su vez poder realizar la aplicación”, explicó.
La diferencia también aparece en la capacidad operativa. De acuerdo con la experiencia que relató Lagger, una aplicación con dron puede alcanzar aproximadamente entre tres y cinco hectáreas por hora, mientras que en una aplicación convencional con tractor se trabaja alrededor de una hectárea en ese mismo período.
Pero el valor de la herramienta no está solamente en la velocidad.
Hay algo menos visible y, quizás, igual de importante: los datos.
Cada vuelo puede dejar registrado el recorrido, la altura, la velocidad, el horario y el producto aplicado. Para el productor, esa información significa comenzar a construir una trazabilidad de las labores que hasta ahora no siempre quedaba documentada con ese nivel de detalle.
La tecnología, entonces, no solamente interviene sobre el monte. También empieza a construir una memoria digital de lo que sucede dentro de él.
Un dron no es simplemente un tractor que vuela
Hay una idea que atraviesa toda la conversación con Lagger y que merece ser destacada: el dron no está pensado, al menos por ahora, como un sustituto absoluto de la maquinaria convencional.
Su planteo es bastante más prudente.
“Hoy en día te diría que el dron no viene a reemplazar la máquina”, sostuvo.
La explicación tiene que ver con la propia arquitectura de las chacras del Valle. Álamos ubicados en los límites de los cuadros, rebrotes que ingresan dentro de las parcelas y determinadas configuraciones del monte pueden dificultar el trabajo aéreo.
Incluso existen aplicaciones que, por sus características, todavía pueden realizarse con maquinaria terrestre.
Por eso, para AEREAL Patagonia, el futuro inmediato parece estar en la complementariedad. Dron y tractor.
No necesariamente uno contra el otro.
Cada herramienta utilizada allí donde presenta una ventaja.
La situación se vuelve todavía más evidente durante períodos de lluvias o cuando se realizan tareas de defensa contra heladas. Un suelo embarrado puede impedir el ingreso de una máquina convencional, mientras que el dron mantiene su capacidad de operar.
Es una ventaja que no nace de la tecnología por sí misma, sino de su adaptación a una necesidad concreta del productor.
Menos agua, más precisión
Quizás uno de los cambios conceptuales más importantes está en la manera de entender la pulverización.
Mientras las aplicaciones convencionales trabajan con altos volúmenes de agua, Lagger explica que el dron se encuadra dentro de una lógica de ultra bajo volumen.
Y eso obliga a cambiar también la forma de medir la eficacia.
“No es comparativa”, explicó al diferenciar ambas tecnologías. Mientras el tractor puede trabajar con volúmenes cercanos a los
3.000 litros por hectárea, en el dron el parámetro fundamental pasa por los impactos por centímetro cuadrado.
La pregunta ya no es solamente cuántos litros se utilizaron.
La pregunta es dónde llegaron las gotas.
Y cuántas llegaron.
Ese cambio de perspectiva es fundamental cuando se habla de frutales, donde la arquitectura de la planta presenta un desafío mucho mayor que el de un cultivo extensivo.
Según la experiencia de AEREAL Patagonia, con una correcta parametrización el dron puede distribuir el producto de manera homogénea desde el tercio inferior hasta el tercio superior de la planta. Pero llegar a ese resultado requiere conocimiento.
No alcanza con comprar un equipo y hacerlo despegar.
El tamaño de la gota: entre la cobertura y la deriva
En una aplicación aérea, el tamaño de la gota se convierte en una variable decisiva.
Una gota demasiado grande puede perder capacidad de desplazamiento y penetración. Una demasiado pequeña puede generar una nube susceptible de deriva.
Lagger lo resume de manera sencilla: hay que encontrar el punto de equilibrio.
La gota debe desplazarse lateralmente y penetrar en la estructura del árbol, pero sin transformarse en una niebla que pueda abandonar el objetivo de aplicación.
Para ello también entran en juego las condiciones meteorológicas.
La empresa trabaja preferentemente con viento nulo o muy bajo y reconoce que, cuando las condiciones cambian, la regulación del tamaño de gota adquiere todavía mayor importancia.
La velocidad del vuelo también debe ser parametrizada.
En frutales, sostiene Lagger, no se trata simplemente de volar más rápido para cubrir más hectáreas. La prioridad es alcanzar una buena cobertura en todo el árbol. Es allí donde la tecnología deja de ser una cuestión de potencia y pasa a ser una cuestión de conocimiento.
La precisión empieza a mirar hacia la inteligencia artificial
AEREAL Patagonia también trabaja con drones multiespectrales, una tecnología que permite obtener imágenes de alta resolución y generar información sobre el estado de los cultivos.
El siguiente paso es mucho más ambicioso: utilizar esos datos para generar mapas de aplicación variable y avanzar hacia intervenciones diferenciadas dentro del lote.
La tecnología ya permite acercarse a ese escenario. Sin embargo, Lagger introduce una cuota de cautela.
En cultivos extensivos, explica, la agricultura de precisión mediante estas herramientas está mucho más desarrollada. En frutales, todavía falta avanzar.
Y esa afirmación resulta particularmente interesante porque muestra que la innovación no necesariamente consiste en presentar una tecnología como terminada, sino en reconocer aquello que todavía debe mejorarse.
La inteligencia artificial aparece en ese horizonte.
La posibilidad de que una máquina pueda detectar dónde está el problema, interpretar esa información y posteriormente orientar la aplicación hacia los sectores que realmente lo necesitan todavía representa un desafío mayor para la fruticultura.
Pero el camino ya comenzó.
De almendros y nogales a peras, manzanas y cerezas
La experiencia de AEREAL Patagonia no se limita a un solo cultivo.
Actualmente la empresa trabaja con almendros, nogales, frutales de carozo, pepita, cerezas y también con distintos cultivos hortícolas como frutilla, zapallo, cebolla y papa.
La diversidad permite entender que el dron no es una herramienta vinculada exclusivamente a un tipo de producción, sino una plataforma cuya eficiencia depende, en buena medida, de cómo se parametrice para cada cultivo y situación.
Allí vuelve a aparecer un concepto central: no es solamente saber volar un dron; hay que saber aplicar.
La capacitación como parte de la tecnología
AEREAL Patagonia ofrece actualmente servicios de pulverización y cuenta, según explicó Lagger, con cinco drones agrícolas y un equipo multiespectral.
Pero también comercializa equipos y brinda capacitación, repuestos, servicio posventa y asesoramiento.
En ese punto, el emprendimiento incorpora una dimensión que suele quedar en segundo plano cuando se habla de innovación: el conocimiento necesario para utilizarla correctamente.
Lagger diferencia dos aprendizajes.
Por un lado, la capacitación vinculada a la operación del dron y los requisitos correspondientes para pilotearlo. Por otro, una formación específica orientada a la aplicación en frutales.
Porque despegar, volar y aterrizar son una cosa.
Pulverizar correctamente es otra.
La diferencia parece sencilla, pero es fundamental para entender hacia dónde debería avanzar la incorporación de esta tecnología en el sector.
Una herramienta que todavía está escribiendo su propia historia
La selección de AEREAL Patagonia en Emprendedores Río Negro 2026 llega en un momento en que los drones empiezan a ocupar un lugar cada vez más visible en la conversación productiva.
Pero quizás lo más interesante de la experiencia sea que la innovación no aparece planteada como una ruptura con todo lo anterior.
Lagger no habla de jubilar al tractor.
Habla de complementarlo.
No presenta al dron como una solución universal.
Reconoce sus límites.
No plantea que la agricultura de precisión en frutales ya alcanzó su madurez.
Admite que todavía falta avanzar.
Y esa mirada, lejos de quitarle valor a la tecnología, probablemente sea una de sus mayores fortalezas.
Porque la verdadera innovación no consiste en incorporar una máquina porque es nueva. Consiste en demostrar que puede resolver mejor un problema concreto.
En las chacras del Alto Valle, donde el agua, el suelo, el clima, la disponibilidad de mano de obra y los tiempos de cada labor forman parte de una ecuación cada vez más compleja, los drones empiezan a ocupar un lugar dentro de esa búsqueda.
Desde el cielo, una nueva herramienta observa los montes.
Ahora el desafío será demostrar, aplicación tras aplicación, que esa mirada también puede transformarse en eficiencia, precisión y mejores decisiones para quienes producen.Y ese proceso recién está comenzando.









