Una bacteria bajo estudio pone el foco sobre los desafíos invisibles de la poscosecha frutícola en el Alto Valle

El INTA Alto Valle investiga una nueva enfermedad detectada en peras y manzanas durante la conservación en frío. El hallazgo abrió una línea de trabajo inédita para la sanidad vegetal regional y revela la creciente complejidad tecnológica detrás de la fruta que llega a los mercados.

Aquí el audio de la entrevista a Aluminé Tudela, Ingeniera Agrónoma., doctora en Ciencia y Tecnología, INTA Alto Valle.

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En silencio. Sin síntomas evidentes durante la cosecha ni señales alarmantes en los primeros meses de almacenamiento. Así comenzó a manifestarse una nueva enfermedad bacteriana que hoy mantiene bajo estudio a los equipos técnicos del INTA en el Alto Valle.

La patología fue detectada en fruta de pepita durante la etapa de conservación en frío, principalmente en peras, aunque también se registraron casos en manzanas. Lejos de instalar un escenario alarmista, los investigadores destacan la importancia de haber identificado tempranamente el fenómeno y, sobre todo, el valor del trabajo articulado entre empaques, técnicos y laboratorios fitopatológicos de la región.

“Sacamos este boletín fitosanitario para alertar a los empaques, a la gente que está procesando la fruta y al sector de calidad, para que estén atentos a esta sintomatología y podamos seguir investigándola”, explicó Aluminé Tudela, Ingeniera Agrónoma., doctora en Ciencia y Tecnología, INTA Alto Valle en diálogo con Agrovalle.

La investigadora detalló que el comportamiento de esta enfermedad presenta características poco habituales para la poscosecha tradicional. Hasta ahora, el manejo sanitario en cámaras frigoríficas se concentraba principalmente en hongos y desórdenes fisiológicos. Sin embargo, este nuevo cuadro incorpora un componente distinto: una bacteria vinculada a podredumbres que aparecen luego de varios meses de guarda.

“En la poscosecha normalmente se utilizan desinfectantes y fungicidas. Nunca antes había habido una bacteria relacionada con una enfermedad de poscosecha de este tipo”, señaló.

Lo que ocurre meses después de la cosecha

Uno de los aspectos que más llamó la atención del equipo técnico es que los síntomas no aparecen inmediatamente. La enfermedad fue observada tras extensos períodos de conservación en frío, una etapa crítica para la cadena frutícola moderna.

Allí reside precisamente uno de los grandes desafíos: la fruta puede verse sana durante gran parte de su almacenamiento y recién manifestar la podredumbre tiempo después, incluso cuando ya fue procesada y embalada.

“Justamente al expresarse luego de varios meses de conservación en frío, pueden aparecer problemas en destino. Si no se detecta a tiempo, puede haber rechazos por podredumbre”, advirtió Tudela.

La sintomatología, además, puede confundirse fácilmente con otras enfermedades conocidas, especialmente con las podredumbres asociadas a Penicillium. Sin embargo, existen diferencias técnicas clave: la lesión presenta una podredumbre marrón y blanda, generalmente rodeada por un halo vítreo translúcido y sin presencia de micelio visible.

Según relató la especialista, existe incluso la posibilidad de que el problema haya permanecido inadvertido durante años.

“Suponemos que pudo haber pasado desapercibido o mal diagnosticado”, reconoció.

Ciencia regional y vigilancia colaborativa

Lejos de una lógica individual, la investigación avanza gracias a un entramado colaborativo entre el sector científico y los equipos de poscosecha de los empaques regionales.

Para el INTA, el fortalecimiento de esa comunicación fue determinante para detectar los primeros casos y comenzar a construir información epidemiológica.

“Cada vez más el personal de empaque se comunica con el área de fitopatología o de poscosecha del INTA. Gracias a eso pudimos acceder a esta problemática”, sostuvo Tudela.

Esa articulación permitió no sólo aislar el microorganismo, sino también identificarlo mediante estudios genómicos. El patógeno fue determinado como Rahnella aceris, una bacteria que hasta el momento no estaba reportada internacionalmente como causante de enfermedades en frutas de pepita.

El dato abre un escenario científico particularmente interesante: prácticamente no existe bibliografía específica sobre este comportamiento patogénico.

“No hay referencias internacionales de este caso en pepita. Es algo muy nuevo y todavía hay mucho por investigar”, indicó la investigadora.

Una hipótesis que apunta al campo

Aunque todavía no existen conclusiones definitivas sobre el origen de la enfermedad, el equipo técnico trabaja sobre una hipótesis que gana fuerza: la infección podría producirse en el campo y permanecer latente hasta manifestarse durante la conservación frigorífica.

La dispersión de los casos detectados en distintos empaques y lotes refuerza esa posibilidad.

“Yo me inclino a pensar que proviene del campo y que permanece latente hasta la conservación. Pero todavía necesitamos más tiempo y más datos para descartar causas”, explicó.

La complejidad epidemiológica obliga a reconstruir la historia completa de cada lote afectado. Allí aparece otro concepto central: la trazabilidad sanitaria.

Para los investigadores, conocer qué tratamientos recibió la fruta durante todo su ciclo desde la chacra hasta la cámara frigorífica será fundamental para comprender cuándo y cómo se produce la infección.

“Necesitamos saber qué le pasó al fruto durante toda su vida. Eso nos ayuda a eliminar incógnitas”, remarcó Tudela.

El nuevo mapa sanitario de la fruticultura

El fenómeno también se inscribe dentro de un contexto global más amplio. Según la especialista, en distintos países vienen aumentando los reportes de enfermedades bacterianas tanto en campo como en poscosecha, en muchos casos asociados a escenarios de variabilidad climática.

“A nivel mundial están aumentando las enfermedades de poscosecha y también los reportes de enfermedades bacterianas. Es un fenómeno que tiene relación con las variaciones climáticas que vivimos”, sostuvo.

Por el momento, el INTA no emitió recomendaciones específicas para productores debido a que aún no se conoce con precisión el momento de infección ni las condiciones predisponentes.

“Todavía estamos investigando. No sería adecuado hacer recomendaciones sin saber antes cómo ocurre el proceso”, aclaró.

Mientras tanto, el organismo continúa solicitando colaboración activa a empaques, técnicos y profesionales del sector para reportar síntomas compatibles y aportar información que permita acelerar las investigaciones.

En ese trabajo silencioso, muchas veces lejos de la visibilidad pública, se juega una parte decisiva de la competitividad frutícola moderna: entender qué ocurre dentro de una fruta meses después de haber sido cosechada.

Y quizás allí esté uno de los mensajes más relevantes que deja esta investigación: detrás de cada pera o manzana exportada existe una compleja red de conocimiento científico, vigilancia sanitaria y cooperación regional que trabaja permanentemente para anticiparse a problemas todavía desconocidos.

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