El pistacho, oro verde: la apuesta de largo plazo que Marcelo Ighani consolidó en San Juan

De Irán a San Juan: la historia de un cultivo que cambió la matriz productiva
En los años ochenta, mientras Argentina transitaba ciclos productivos erráticos y una fuerte dependencia de los monocultivos tradicionales, un joven estudiante de arquitectura recién llegado desde Medio Oriente empezó a hacerse una pregunta distinta: ¿por qué no producir pistacho en el país?
Ese joven era Marcelo Ighani. Había nacido en Irán —primer productor mundial de pistacho— y traía en la memoria productiva algo más que un recuerdo cultural. Traía conocimiento, intuición y una mirada de largo plazo. Hoy, décadas después, Ighani es uno de los referentes indiscutidos del cultivo en Argentina y el responsable de que San Juan se haya convertido en el epicentro del pistacho nacional.
Apostar cuando no había alternativa
“En San Juan el monocultivo nos llevaba a tener cuatro o cinco años malos y uno bueno. No había estabilidad”, resume Ighani. Esa falta de previsibilidad fue el motor para buscar alternativas productivas reales.
Luego de estudiar latitud, clima y suelos, encontró que el pistacho —junto con el azafrán— tenía condiciones óptimas en la provincia. No fue una decisión improvisada: pasaron más de doce años de investigación, pruebas y ajustes hasta dar con el paquete tecnológico correcto.
Hoy, el resultado está a la vista: más de 10.000 hectáreas implantadas, un cultivo en expansión constante y un modelo que empieza a atraer a productores de todo el país.
Un cultivo de largo plazo y alta estabilidad
El pistacho no es una producción de retorno inmediato. Requiere paciencia y planificación. La cosecha comienza a partir del quinto año, pero el dato clave es otro: un mismo árbol puede producir durante 80 años.
“Estamos hablando de dos o tres generaciones trabajando sobre la misma plantación”, explica Ighani. En tiempos de incertidumbre económica, esa previsibilidad se transforma en uno de los mayores activos del cultivo.
La inversión inicial ronda entre 25.000 y 30.000 dólares por hectárea hasta llegar a la primera cosecha, dependiendo del suelo, la disponibilidad de agua y la calidad del terreno. A partir de allí, los costos de manejo se reducen significativamente.
Rentabilidad en dólares y bajo costo operativo
Uno de los datos más contundentes que deja la experiencia productiva es la ecuación económica: el pistacho tiene una tasa interna de retorno superior al 20 por ciento en dólares.
“El gasto total entre una poda y otra no debería superar el 20 por ciento del valor de venta. Es decir, se gasta 20 para ganar 80”, resume el productor.
La mano de obra es intensiva solo en los primeros años, durante la formación del árbol. Luego, el manejo se vuelve altamente eficiente: mil hectáreas pueden administrarse con apenas diez personas.
Agua, sanidad y clima: por qué el pistacho se adapta
El pistacho es un cultivo profundamente adaptado a zonas áridas. Su raíz pivotante alcanza entre cinco y seis metros de profundidad, lo que le permite aprovechar la humedad subsuperficial y reducir la demanda de riego.
El sistema utilizado es riego por goteo, con un consumo aproximado de 250 litros diarios por árbol en los meses críticos de verano.
En materia sanitaria, la fortaleza es otro diferencial. Pertenece a la familia del quebracho y del pimiento molle, especies extremadamente resistentes. Las enfermedades son escasas y, en muchos años, no se realizan tratamientos.
Eso sí, el cultivo exige tres condiciones climáticas simultáneas: más de 800 horas de frío invernal, altas temperaturas estivales (promedios superiores a 27 grados) y bajas precipitaciones. Cuando esas variables se alinean, el pistacho responde.
Mecanización y tecnología importada
La cosecha está completamente mecanizada. Las máquinas provienen de Estados Unidos y se adaptan al tamaño del árbol según la edad de la plantación. En los primeros años se utilizan sistemas más cuidadosos para no dañar las plantas jóvenes.
La genética y el asesoramiento técnico también llegan desde universidades estadounidenses, líderes mundiales en el cultivo. “Con una foto por WhatsApp resolvemos cualquier problema técnico en minutos”, grafica Ighani.
Para el productor, este punto es clave: semillas certificadas, injertos correctos y personal idóneo en los primeros años son la base del éxito.
Mercado asegurado y sin excedentes
El pistacho es un producto global con demanda estructural creciente. No hay sobreoferta en el mundo. Todo lo que se produce se vende.
“El consumo crece porque la población aumenta y el espacio productivo es limitado. No hay sobrantes”, sostiene Ighani.
Argentina abastece al mercado interno y exporta, aunque el foco principal está puesto en el comercio exterior. El valor del kilo —entre 10 y 12 dólares— marca una diferencia sustancial frente a otros cultivos tradicionales.
¿Un cultivo estratégico para la Argentina?
Para Ighani, la respuesta es clara. Solo en San Juan, con 30.000 hectáreas implantadas, el pistacho podría triplicar la coparticipación provincial. Mendoza también aparece como una zona con enorme potencial.
Desde su vivero propio, provee plantas tanto para sus propios desarrollos como para nuevos inversores. Su filosofía es abierta: cuantos más productores haya, mayor será la capacidad de abastecer grandes compradores internacionales.
“Si un cliente pide dos millones de kilos, solo no puedo. Pero si somos muchos, vendemos todos”, explica.
Más que un negocio: una filosofía de vida
En un contexto económico complejo, el pistacho aparece como una rareza productiva: estabilidad, rentabilidad y horizonte.
“Trabajás menos con el cuerpo y más con la cabeza. Tenés tiempo para la familia. Eso también es calidad de vida”, reflexiona.
Mientras buena parte del agro pelea por sobrevivir a los vaivenes del mercado, el pistacho avanza en silencio. Verde, firme y con raíces profundas. Como la historia de Marcelo Ighani, el arquitecto que terminó diseñando uno de los cultivos más prometedores del país.
La entrevista la podes escuchar en todas nuestras plataformas de audio.














