tirar La Cosecha Antes Que Regalarla”: El Testimonio Del Productor Que Expuso Un Sistema Que No Funciona

Del video viral al testimonio en primera persona

Las peras caen al suelo, una tras otra. No están podridas ni golpeadas. Son grandes, verdes, perfectas. Fruta de mesa, lista para cualquier verdulería. Pero nadie las va a comer. La escena, registrada en un video que se volvió viral en las últimas horas, generó impacto, debate y también reacciones cargadas de prejuicio. En Agrovalle decidimos ir más allá de la imagen y escuchar de primera mano al protagonista de esa secuencia que resume el drama silencioso de cientos de pequeños productores frutícolas.

Audio de la entrevista al productor Horacio Vicci

Horacio Vicci tiene casi 65 años, es productor del Valle Medio de Río Negro y trabaja la tierra desde que era un chico. “Los ánimos están por el suelo, pero la vida sigue”, dice apenas arranca la charla. No habla desde la especulación ni desde la teoría. Habla desde la chacra.

Cuando el precio deja de tener sentido

El video no fue una puesta en escena ni un acto impulsivo. Fue el resultado de una decisión tomada después de hacer cuentas. “Me están ofreciendo entre 250 y 300 pesos el kilo de pera cuando el costo de producción es mucho más alto. No alcanzo a cubrir ni lo básico”, explica.

Pero el problema no es solo el precio. Es el riesgo. Es el tiempo. Es la incertidumbre. “Prefiero entregarla a la industria a 100 pesos y cobrar en una semana o quince días, antes que venderla a 300 pesos a un desconocido y correr el riesgo de no cobrarla, como ya me pasó”, resume.

La experiencia que marca un antes y un después ocurrió el año pasado: Horacio entregó toda su producción a un intermediario. Cobró apenas una parte mínima. El resto nunca apareció. “Fue una estafa muy grande. Casi nada cobré. Nada, diría yo”, reconoce.

La trampa de los intermediarios

Después de que el video se hiciera viral, apareció un supuesto comprador de Córdoba. Llegó a la chacra, elogió la calidad de la fruta y mostró interés. El entusiasmo duró hasta hablar de números. “Me ofreció 150 pesos el kilo. Hice la cuenta ahí mismo: el cajón no

llega a 3.000 pesos y yo tengo más de 2.800 pesos de costo solo en base, más mano de obra, flete, carga y descarga. Le dije que me estaba tomando el pelo”, relata.

Para Horacio, el quiebre del sistema es claro. “Al productor le pagan miseria y el consumidor la paga oro. El intermediario no arriesga nada, pone el precio que quiere, y el verdulero también. Así se rompe todo”.

La brecha es obscena: 300 pesos en la chacra, 4.000 o 5.000 pesos en la góndola. “De esta manera el consumidor tampoco compra. La fruta termina siendo un postre. Primero comprás pan, después, si sobra algo, fruta”, explica.

Producir sin red

Hoy Horacio trabaja 11 hectáreas, después de haber erradicado dos con la idea —todavía inconclusa— de reconvertir. Tiene tres hectáreas de pera Williams, una de Packham, tres de manzana, una y media de ciruela y cuadros en blanco que no puede volver a plantar: cada planta cuesta entre 12.000 y 15.000 pesos. Inalcanzable.

La reconversión, tan mencionada en los discursos, para él es una palabra vacía. “A mi edad, ¿reconvertir en qué? Un frutal empieza a rendir en tres o cuatro años. Ya voy a estar con un bastón. Animales no puedo, no tengo superficie. Pastura tampoco: si das el servicio, te llevan el 50 por ciento”, enumera.

Para llegar a esta temporada, vendió un auto. “Lo compré para que no se desvalorice el dinero y lo tuve que vender para poder arrancar. Siempre con la ilusión de que el año que viene mejore, pero la realidad es que vamos en decadencia”, admite.

La chacra como sostén social

Horacio no trabaja solo. Hoy tiene nueve empleados. Nueve familias que dependen de una chacra chica, manejada casi sin respaldo financiero. “Llega el sábado y tengo que ver de dónde saco la plata para pagarles. Prefiero no comer yo, pero que ellos lleven el pan a su casa”, dice, sin dramatizar.

Se levanta todos los días a las 5:30 de la mañana. Trabaja con su hijo. Pero la continuidad generacional está rota. “Mi hijo me dice: el día que vos no estés, yo esto lo vendo. Y es una pena”, confiesa.

Un sistema que expulsa

Horacio no pide subsidios ni milagros. Pide reglas. “Qué lindo sería que alguien diga: este es el costo de producción, este es el precio mínimo, y que nadie pueda aplicar más de un porcentaje razonable. Que todos facturen, que haya control. Pero eso hoy es imposible”, lamenta.

También cuestiona el rol histórico de las empresas exportadoras. “Durante años entregué toda mi producción. Los pagos eran malos, fui reduciendo. Terminé mal. Me liquidaron exportación a precios más bajos que el mercado interno”, recuerda.

No es desperdicio, es protesta

El video no muestra desperdicio. Muestra hartazgo. Muestra el punto exacto en el que producir deja de tener sentido económico y humano. “A los que critican sin saber, les digo: vengan, paguen 300 pesos el kilo, cosechen ustedes y donen. Yo dono a hospitales, a Cáritas, a la iglesia, a la gente del pueblo”, aclara.

Mientras habla, sigue cargando fruta. En pocos días saldrán más de 130 bines rumbo a la industria. El resto irá por el mismo camino.

Antes de despedirse, Horacio baja la voz. “Yo esto no lo voy a abandonar. Amo la tierra. Tengo las uñas llenas de tierra y me chupo los dedos porque amo la tierra y amo a mi Argentina”.

Las peras siguen cayendo. No porque no valgan. Sino porque, en algún punto del camino entre la chacra y la góndola, el sistema decidió que el productor ya no importa.

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