¿Quién producirá fruta en el Alto Valle dentro de veinte años? El desafío silencioso que preocupa al INTA

El recambio generacional dejó de ser una cuestión familiar para transformarse en un problema estructural de la fruticultura regional. Mientras desaparecen productores y envejece la población rural, el futuro de miles de hectáreas depende de que las nuevas generaciones encuentren motivos para quedarse.

Audio de la entrevista a Patricia Catoira, investigadora de INTA Alto Valle.

La fruticultura del Alto Valle atraviesa una crisis que suele medirse en toneladas producidas, costos crecientes, dificultades comerciales o pérdida de rentabilidad. Sin embargo, existe otro fenómeno menos visible, pero posiblemente más trascendente para el futuro de la actividad: la continuidad de quienes la hacen posible.

¿Quiénes producirán fruta dentro de diez o veinte años? ¿Habrá jóvenes dispuestos a asumir el desafío de gestionar las chacras familiares? ¿Qué ocurrirá con los establecimientos cuyos propietarios se acercan al retiro sin una sucesión planificada?

Estas preguntas fueron el eje de la charla-taller sobre empresas familiares frutícolas, continuidad y recambio generacional, organizada por INTA Alto Valle junto con las Cámaras de Productores de General Roca y Villa Regina y la Cámara Argentina de Fruticultores Integrados (CAFI).

Para Patricia Catoira, investigadora de INTA Alto Valle, la problemática ya no puede analizarse únicamente desde la dinámica familiar

«Hoy estamos frente a un problema estructural», afirmó.

Una fruticultura con menos productores y más envejecida

Los datos que maneja el equipo de investigación del INTA son elocuentes.

Actualmente, la fruticultura de pepita regional reúne alrededor de 1.500 productores sobre unas 35.000 hectáreas. Pero durante la última década desapareció cerca del 40% de esos productores, especialmente aquellos de menor escala, con explotaciones inferiores a las 20 hectáreas.

A esa realidad se suma otro indicador que genera preocupación: aproximadamente la mitad de los productores supera los 60 años.

«Estamos hablando de una población envejecida», explicó Catoira.

La investigadora aclaró que se trata de un fenómeno presente en buena parte de las regiones productoras de manzanas del mundo. Sin embargo, en el Alto Valle adquiere características particulares debido a la simultaneidad de varios procesos.

Por un lado, disminuye la cantidad de productores. Por otro, el recambio generacional se vuelve cada vez más selectivo. Ya no continúan todos los hijos ni todas las familias logran sostener la actividad. Además, la estructura productiva experimenta una transformación permanente, con unidades que desaparecen o son absorbidas por emprendimientos de mayor escala.

Detrás de cada chacra que deja de producir no sólo se pierde una explotación agrícola. También desaparece una historia familiar, un capital de conocimientos acumulados durante décadas y una forma particular de habitar el territorio.

La rentabilidad sigue siendo determinante

¿Por qué muchos jóvenes deciden no continuar el camino de sus padres?

La respuesta no admite simplificaciones, aunque la cuestión económica aparece como uno de los factores centrales.

Según explicó Catoira, la rentabilidad, el grado de capitalización de la empresa y las condiciones en las que se produce la transferencia son elementos decisivos.

No es lo mismo heredar una chacra con dificultades financieras que incorporarse a una empresa integrada, con empaque, cámaras frigoríficas, acceso a mercados y una estrategia comercial consolidada.

Tampoco es indiferente el acceso a financiamiento, tecnología e innovación.

Las nuevas generaciones buscan proyectos productivos que les permitan desarrollarse profesionalmente, incorporar herramientas digitales y aplicar conocimientos adquiridos en ámbitos académicos o técnicos.

Cuando existen esas oportunidades, las probabilidades de permanencia aumentan significativamente.

Una nueva generación con otra mirada

Uno de los aspectos más interesantes que surge de la investigación en curso tiene que ver con el perfil de los jóvenes que sí deciden permanecer en la actividad.

Lejos de reproducir exactamente el modelo tradicional, llegan con una mirada diferente sobre la gestión, el liderazgo y la organización empresarial.

Muchos poseen formación universitaria o técnica, incorporan tecnologías digitales, trabajan con información basada en datos y plantean nuevas estrategias comerciales.

Pero además existe un cambio cultural más profundo.

Las nuevas generaciones valoran de manera distinta la calidad de vida, el equilibrio entre trabajo y bienestar personal y las condiciones bajo las cuales desarrollarán su actividad profesional.

«Hay un cambio de paradigma respecto al trabajo», señaló Catoira.

Esa transformación genera, inevitablemente, tensiones dentro de las empresas familiares.

El desafío de transferir el mando

Uno de los conceptos que atravesó la jornada organizada por INTA fue el de la «transferencia de mando».

Allí aparece uno de los puntos más sensibles del proceso.

Mientras los productores mayores aportan experiencia, conocimiento práctico y décadas de aprendizaje construidas en el terreno, los jóvenes impulsan cambios, innovación y nuevas formas de gestión.

No se trata de una disputa entre modelos correctos e incorrectos.

Se trata, más bien, del encuentro entre dos generaciones que observan la actividad desde perspectivas diferentes.

En muchos casos, los jóvenes se incorporan formalmente a la empresa, pero encuentran dificultades para acceder a espacios reales de decisión.

La falta de autonomía, las resistencias al cambio o la demora en la delegación de responsabilidades suelen convertirse en factores de desgaste que terminan afectando la continuidad.

Hablar de sucesión antes de que sea tarde

Si hubo una conclusión clara durante el taller fue la necesidad de comenzar a discutir la sucesión mucho antes de que aparezcan los problemas.

Para Catoira, más importante que definir una edad específica es incorporar tempranamente el tema dentro de las conversaciones familiares.

Cuando la planificación se posterga durante años, muchas veces el traspaso ocurre en situaciones de emergencia: problemas de salud, limitaciones físicas o retiros forzados.

Para entonces, los hijos suelen haber construido otros proyectos de vida, desarrollado carreras diferentes o incluso radicarse fuera de la región.

La consecuencia es que la continuidad se vuelve más compleja y, en algunos casos, imposible.

Por el contrario, cuando existe diálogo temprano, participación progresiva y transferencia de conocimientos, las nuevas generaciones pueden decidir con mayor libertad si desean permanecer en la actividad y cómo hacerlo.

El futuro de la fruticultura también se juega dentro de las familias

Durante el encuentro realizado en la Estación Experimental Alto Valle participaron productores pertenecientes a terceras y cuartas generaciones de familias frutícolas.

Esa presencia permitió visibilizar una realidad que atraviesa a gran parte del sector.

La discusión sobre el recambio generacional no sólo define quién administrará una chacra en el futuro. También determina la capacidad de la región para conservar productores, sostener empleo, mantener el arraigo rural y preservar una identidad productiva construida durante más de un siglo.

Por eso, el desafío excede ampliamente los límites de cada familia.

La continuidad de la fruticultura regional dependerá, en buena medida, de que productores, instituciones y nuevas generaciones logren construir acuerdos capaces de combinar experiencia e innovación.

Porque la verdadera pregunta ya no es quién heredará la chacra.

La pregunta que comienza a interpelar al conjunto del sector es mucho más profunda: quiénes estarán dispuestos a seguir produciendo fruta en el Alto Valle cuando la generación actual ya no esté al frente de la actividad.

Difunde el contenido