Huella de carbono en la fruticultura: el Alto Valle empieza a medir su futuro

Con foco en mercados, cambio climático y competitividad, el INTA Alto Valle avanza junto a productores y empresas en la medición de la huella de carbono. Un dato clave: el sistema regional parte con ventaja, pero el desafío ahora es demostrarlo y escalar mejoras.

En la fruticultura del Alto Valle, el concepto de competitividad empieza a reconfigurarse. Ya no alcanza con calidad, sanidad y volumen: el mercado internacional comienza a exigir algo más difícil de ver, pero cada vez más determinante la huella de carbono.

En ese escenario, Sergio Romagnoli,licenciado en Gestión Ambiental y Master Science en Ingeniería Ambiental, referente del INTA Alto Valle, plantea con claridad el cambio de época: “Tenemos una misión que es impulsar la acción climática en la fruticultura. Es algo que está siendo demandado por clientes y organismos de control, y nuestro rol es acompañar a productores y empresas para que puedan estar a la altura”.

La afirmación no es retórica. Detrás hay trabajo concreto, datos en construcción y una estrategia que busca anticiparse a un requisito que, tarde o temprano, será condición de acceso a los mercados.

De la conciencia ambiental al dato medible

La reciente actividad desarrollada junto a productores vinculados a la empresa Jugos S.A. en Villa Regina forma parte de ese proceso. Allí, el equipo del INTA avanzó en la devolución de encuestas y en la construcción de una base de datos real sobre emisiones en sistemas productivos.

“Lo primero es entender qué es la huella de carbono, cómo se mide y dónde estamos parados. Ese diagnóstico inicial es clave”, explica Romagnoli.

La huella de carbono, en términos simples, permite cuantificar las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a una actividad productiva. En fruticultura, eso implica analizar cada decisión agronómica: desde el uso de maquinaria hasta la fertilización.

Pero hay un punto central que el especialista subraya: no se trata solo de medir lo que se emite, sino también de reconocer el potencial del sistema para capturar carbono.

“La fruticultura no solo genera emisiones. También tiene la capacidad de ser parte de la solución, a través del secuestro de carbono en los suelos, en los árboles, en las alamedas. Eso hay que medirlo y mostrarlo”, sostiene.

El dato estructural: el combustible explica casi todo

Uno de los hallazgos más relevantes del trabajo en campo tiene que ver con la composición de la huella.

“Entre el 60 y el 70% de la huella de carbono en fruticultura está explicada por el uso de combustible, principalmente gasoil”, detalla Romagnoli.

Este dato reordena el análisis técnico. Aunque muchas veces el foco se pone en los insumos químicos, en realidad el mayor impacto proviene de la mecanización del sistema: pulverizaciones, labores culturales y movimientos dentro del monte.

En segundo lugar aparecen los fertilizantes, especialmente los nitrogenados, por su emisión de óxido nitroso. Recién en un tercer escalón, y con menor incidencia directa, se ubican los fitosanitarios.

Sin embargo, hay una relación indirecta clave: el control de plagas intensivo implica más pasadas de tractor, y por lo tanto, más consumo de combustible.

Biocontroladores: una puerta indirecta a la reducción de emisiones

En este punto, las estrategias de control biológico comienzan a dialogar con la agenda climática.

El trabajo que el INTA viene desarrollando con biocontroladores particularmente en carpocapsa abre una vía concreta de reducción de la huella, aunque con una lógica de mediano plazo.

“Si logramos reducir dos o tres aplicaciones en una temporada, el impacto en el consumo de combustible es directo. Y eso se traduce en una menor huella de carbono”, explica.

Aún sin cuantificación definitiva, los resultados iniciales son alentadores. Pero Romagnoli es claro: no se trata de reemplazos inmediatos, sino de procesos progresivos que requieren estabilidad biológica en el sistema.

Una ventaja competitiva poco visibilizada

Quizás uno de los aspectos más relevantes y menos conocidos es la posición relativa del Alto Valle frente a otros competidores globales.

“Comparado con regiones como Sudáfrica, Estados Unidos o Nueva Zelanda, nuestra huella de carbono es aproximadamente la mitad”, afirma.

La explicación radica en características estructurales del sistema: menor intensidad de insumos y, fundamentalmente, el uso de riego gravitacional, que reduce significativamente el consumo energético.

Este dato abre una oportunidad estratégica. No solo para cumplir con futuras exigencias, sino para posicionar la fruta regional en un mercado cada vez más sensible a variables ambientales.

Del requisito emergente a la barrera comercial

Hoy, la huella de carbono todavía no define precios. Pero sí empieza a definir condiciones.

“Lo que se está pidiendo es que el productor esté trabajando en el tema, que tenga información, que pueda demostrar que conoce su sistema”, señala Romagnoli.

Normas como GlobalG.A.P. ya incorporan esta dimensión, y todo indica que en los próximos años el nivel de exigencia aumentará.

La preocupación, en este contexto, es clara: si el sistema no se anticipa, la huella de carbono puede transformarse en una barrera de acceso, especialmente para pequeños y medianos productores.

Por eso, el trabajo actual no es solo técnico, sino estratégico.

Medir para sostener el negocio

El desarrollo de una calculadora regional de carbono en la que el INTA ya está trabajando apunta precisamente a democratizar el acceso a esta información.

La lógica es sencilla pero profunda: lo que no se mide, no se puede gestionar. Y lo que no se puede mostrar, pierde valor en el mercado.

“El objetivo es que cualquier productor pueda cargar sus datos y conocer su situación. Eso va a permitir mejorar, pero también comunicar”, explica Romagnoli.

Una transición silenciosa pero inevitable

La fruticultura del Alto Valle, históricamente resiliente frente a crisis económicas y productivas, enfrenta ahora un desafío de otra naturaleza: adaptarse a una nueva lógica global donde producir también implica demostrar cómo se produce.

La huella de carbono no es una tendencia pasajera. Es, cada vez más, un lenguaje común en el comercio internacional.

Y en ese escenario, el Valle parte con una ventaja. Pero como toda ventaja, solo tiene valor si se la reconoce, se la mide y se la comunica.

El tiempo para hacerlo coinciden técnicos y productores es ahora.

La entrevista se encuentra disponible en todas nuestras plataformas de audio

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