Menos productores, más presión urbana: la fruticultura enfrenta un cambio de época en el Alto Valle

El presidente de la Federación de Productores advirtió sobre la pérdida sostenida de chacareros, la necesidad de tecnificación y el avance de la urbanización sobre tierras productivas. Planteó la necesidad de una legislación que resguarde el sistema productivo regional.
Los números difundidos recientemente por SENASA volvieron a poner sobre la mesa una realidad que desde hace años atraviesa a la fruticultura del Alto Valle. La cantidad de productores continúa reduciéndose y el fenómeno ya no puede explicarse únicamente por una coyuntura económica adversa.
Al analizar la desaparición de más de 1.200 productores en los últimos diecisiete años, el presidente de la Federación de Productores de Fruta de Río Negro y Neuquén, Sebastián Hernández, sostuvo que se trata de un proceso de larga duración vinculado a problemas estructurales que históricamente afectaron a la actividad.
«Durante décadas el reclamo fue siempre el mismo: rentabilidad, previsibilidad y reducción de costos. Hoy estamos viendo las consecuencias de esas dificultades que nunca lograron resolverse de manera definitiva», señaló.
Según explicó, la reducción del número de productores no implica necesariamente una disminución proporcional de la superficie cultivada. En muchos casos, productores que lograron sostenerse en actividad ampliaron su escala productiva incorporando chacras vecinas para alcanzar una dimensión que les permita afrontar inversiones tecnológicas, riesgos climáticos y costos crecientes.
«La matriz productiva cambió. Hoy se necesita una escala diferente para sostener un ciclo productivo y realizar inversiones en tecnología, malla antigranizo, riego por aspersión y nuevas variedades», afirmó.
La presión inmobiliaria sobre las chacras
Uno de los aspectos más relevantes planteados por Hernández es el avance de la urbanización sobre áreas históricamente productivas, especialmente en la región de Confluencia.
Cipolletti, Fernández Oro y Cinco Saltos aparecen como algunos de los sectores donde la expansión urbana modificó con mayor intensidad el paisaje productivo.
«Hay productores que reciben ofertas por sus tierras tres o cuatro veces superiores al valor agrícola de una hectárea. En una situación económica compleja, muchos terminan vendiendo», explicó.
Sin embargo, el dirigente advirtió que el problema excede la decisión individual de cada propietario. A su entender, la transformación de tierras productivas en desarrollos urbanos genera efectos que impactan sobre todo el sistema frutícola.
La convivencia entre barrios y explotaciones agrícolas suele derivar en conflictos vinculados al uso del agua, aplicaciones fitosanitarias, circulación de maquinaria y servicios urbanos, dificultando la continuidad de quienes desean seguir produciendo.
Por esa razón, la Federación impulsa la necesidad de avanzar en herramientas legales que permitan proteger las áreas productivas y ordenar el crecimiento urbano.
«No estamos en contra del desarrollo de las ciudades. Lo que planteamos es que debe existir planificación. La urbanización no puede avanzar sin considerar las consecuencias que genera sobre un sistema productivo que es estratégico para la región», sostuvo.
La rentabilidad sigue siendo el núcleo del problema
Hernández también abordó otro de los debates históricos de la fruticultura: la distribución del valor dentro de la cadena comercial.
Según indicó, el productor continúa siendo el eslabón más débil frente a empaques, exportadores y grandes canales de comercialización.
Además, recordó que la actividad enfrenta una elevada exposición climática y requiere inversiones cada vez más importantes para mantenerse competitiva.
Actualmente, una hectárea frutícola tecnificada puede demandar inversiones cercanas a los 50.000 dólares, una cifra que supera ampliamente el valor de mercado de muchas chacras de la región.
«Esa inversión sólo es posible si existe previsibilidad. Nadie toma decisiones a diez años cuando no sabe cuáles serán las condiciones económicas dentro de dos o tres temporadas», explicó.
Diversificar para sostener el sistema
Frente a este escenario, la Federación trabaja en propuestas orientadas a diversificar la producción regional y generar condiciones que permitan estabilizar la oferta, reducir los desequilibrios del mercado y ofrecer nuevas alternativas productivas.
La premisa, según Hernández, es que la defensa de la fruticultura no puede limitarse exclusivamente a preservar la producción actual, sino que debe incluir políticas que permitan proyectar nuevas inversiones y garantizar el uso productivo de la tierra.
En una región donde la presión urbana crece al mismo ritmo que disminuye la cantidad de productores, el debate parece desplazarse hacia una pregunta de fondo: cómo compatibilizar el desarrollo de las ciudades con la preservación de un sistema productivo que continúa siendo uno de los pilares económicos del norte patagónico.







