«El hombre que todavía escucha cantar a los pájaros»: la historia de Horacio Vicci, un productor que no se resigna

Hay hombres que hablan de la fruticultura con estadísticas. Otros lo hacen con balances, rindes o toneladas exportadas.

Horacio Vicci la cuenta de otra manera.

Audio de la entrevista al productor Hora Vicci.

La cuenta mientras poda sus manzanos en medio de las heladas del Alto Valle, haciendo cuentas para saber si alcanzará el dinero para enfrentar otra temporada. La cuenta con las manos curtidas de toda una vida entre perales y manzanos. La cuenta sin levantar la voz, sin buscar culpables fáciles y, sobre todo, sin pedir compasión.

«Lo mío no es dar lástima», aclara casi al final de la conversación. «Quiero que la sociedad sepa la realidad del productor.»

Esa frase resume una vida.

Mientras la chacra atraviesa los trabajos de invierno, Vicci observa con alivio las bajas temperaturas porque sabe que el frío también ayuda a controlar plagas. Sin embargo, inmediatamente vuelve la preocupación. Los insumos aumentan, el combustible vuelve a encarecerse y dentro de pocas semanas comenzará una de las etapas más costosas del año: la defensa contra las heladas.

La incertidumbre ya forma parte del calendario productivo.

Pero el verdadero golpe no llega con el clima.

Llega cuando aparecen las liquidaciones.

Hace apenas unas horas recibió el pago por fruta entregada varios meses atrás. El resultado fue desalentador: apenas 240 pesos por kilogramo, un valor que, según él mismo describe, ya ni siquiera alcanza para comprar un par de caramelos.

No habla con enojo.

Habla con la resignación de quien lleva décadas viendo repetirse la misma historia.

«No soy pretencioso», dice. «Si pudiera vender a 400 o 500 pesos el kilo, hoy ya estaría conforme.»
No pide hacerse rico.
Pide que el trabajo vuelva a tener valor.

La pelea silenciosa

Horacio pertenece a una generación que aprendió que producir fruta era mucho más que un negocio.

Era una forma de vivir.

Por eso le duele ver cómo las chacras desaparecen.

En los alrededores de la suya observa cientos de hectáreas abandonadas o erradicadas. Campos que alguna vez produjeron fruta hoy esperan otro destino.

Cada hectárea perdida no representa solamente árboles menos.

Representa familias, trabajadores, historias y una identidad que lentamente se va borrando del paisaje.

Él lo dice sin dramatizar.

Simplemente describe lo que ve todos los días.

Cuando la chacra era una gran familia

Hay un momento de la entrevista donde la economía queda en segundo plano.

Cuando recuerda su infancia, la voz cambia.

Habla de los padres trabajando junto a los hijos, de las cosechas compartidas, de las bolsas de harina que se almacenaban para pasar el invierno, del esfuerzo colectivo que sostenía cada hogar rural.

No idealiza aquellos tiempos.
Reconoce que también fueron años difíciles.
Muy difíciles.

Recuerda incluso haber pasado hambre siendo niño.

Recuerda salir a cazar pajaritos junto a sus hermanos para poder llevar algo a la mesa.

No lo cuenta buscando conmover.

Lo relata como quien abre un viejo álbum familiar y acepta que esa también fue parte de su historia.

Sin embargo, cuando mira hacia atrás, lo primero que rescata no es la pobreza. Es la unión.
«La familia trabajaba toda junta», recuerda
Y esa, para él, era una riqueza que hoy cuesta encontrar.

La riqueza que todavía conserva

Después de tantos años, después de tantas crisis y de tantas campañas difíciles, cualquiera imaginaría que Horacio hablaría solamente de pérdidas.

Pero ocurre exactamente lo contrario.

Cuando se le pregunta qué lo hace sentir verdaderamente en su lugar, no menciona tractores, ni cosechas, ni precios.

Habla del olor de la tierra mojada.

Del perfume de los frutales.

Del canto de las aves.

De caminar por la chacra y descubrir que alrededor sólo existe naturaleza.

En ese instante, el productor deja paso al hombre.

Y aparece alguien que sigue encontrando felicidad en las pequeñas cosas que el campo todavía ofrece.

Quizás por eso continúa.

No porque sea fácil.

No porque el negocio cierre.

Sino porque hay vínculos que no pueden medirse en una liquidación.

Mucho más que números

La historia de Horacio Vicci no pretende despertar lástima.

Pretende generar comprensión.

Porque detrás de cada cajón de fruta que llega a una verdulería existe alguien que pasó meses podando, regando, protegiendo la producción de las heladas, soportando aumentos de costos y esperando un precio que muchas veces nunca llega.

Su historia no representa únicamente a un productor.
Representa a una generación que todavía se resiste a abandonar la tierra.

Que sigue creyendo que una chacra vale mucho más que el precio de una hectárea.

Y que, pese a todos los golpes, todavía encuentra motivos para emocionarse cuando después de la lluvia vuelve ese inconfundible aroma a tierra húmeda. Tal vez allí, entre ese perfume, el silencio del campo y el canto de los pájaros, siga viviendo la verdadera esencia de la fruticultura de la región

productor Horacio Vicci
productor Horacio Vicci
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