Fruticultura bajo presión climática: productores y empresarios piden crédito para invertir en mallas antigranizo

Granizo, viento y sol extremo dejaron de ser contingencias aisladas y pasaron a definir la rentabilidad del negocio frutícola. Un grupo de productores y empresarios del Alto Valle se organiza para reclamar financiamiento a largo plazo que permita proteger las chacras y sostener la actividad.
La escena se repite con una crudeza cada vez mayor: una tormenta intensa, pocos minutos de granizo y meses —o años— de trabajo que se pierden en silencio. En plena cosecha, una pedrada no sólo arruina la fruta: pulveriza inversiones, compromisos de pago y expectativas. Ese fue el disparador que terminó de ordenar una iniciativa que venía madurando en el sector frutícola del Alto Valle.
Productores integrados, empresarios y chacareros dedicados exclusivamente a la producción primaria comenzaron a reunirse para impulsar un pedido concreto: acceder a líneas de crédito a largo plazo, con tasas razonables y períodos de gracia, que permitan invertir en mallas antigranizo y otras tecnologías de protección.
“Vemos cómo año a año el factor climático nos afecta cada vez más. Ya no es lo mismo una pedrada en primavera que una en plena cosecha. Ahí se te desvanecen sueños, inversiones, responsabilidades y compromisos”, describió Marco Stelzer, productor y empresario frutícola, en diálogo con Agrovalle.
El clima como variable económica
Lejos de plantearlo como una discusión ambiental abstracta, Stelzer fue directo: el cambio climático ya se convirtió en una variable económica central para la fruticultura. Tormentas más frecuentes, granizo de mayor tamaño, vientos intensos y olas de calor están reconfigurando las reglas del juego.
“La malla no es sólo granizo”, explicó. “Protege del sol, atenúa el viento y hasta genera un microclima que ayuda frente a heladas. Hay variedades que, si se solean, directamente quedan fuera de exportación. Eso reduce mercados y precios”.
En ese sentido, la protección pasa a ser una herramienta estratégica: no sólo evita pérdidas, sino que mejora la calidad de la fruta, amplía los destinos comerciales y sostiene la rentabilidad.
Un pedido claro: financiamiento, no subsidios
Las reuniones ya comenzaron a tomar forma institucional. Hubo encuentros en la Cámara de Comercio Industia y producción de Villa Regina y en la Cámara de Productores fruitcolas de la ciudad reginense, con participación de referentes del sector y legisladores. De allí surgió un equipo técnico encargado de elaborar un proyecto que cuantifique el impacto de una granizada en plena cosecha, no sólo sobre el productor, sino sobre toda la economía regional.
“Queremos que quede bien claro: no pedimos subsidios, pedimos financiamiento”, remarcó Stelzer. “En cualquier zona productiva del mundo hay créditos blandos, a largo plazo, con dos años de gracia. No es algo ilógico ni regalado, es una herramienta para producir”.
La inversión no es menor: instalar malla antigranizo cuesta entre 10.000 y 12.000 dólares por hectárea. Sin embargo, el productor sostiene que el análisis debe ser integral. Menos gasto en seguros, menos fruta dañada por sol, mayor proporción de calidad exportable y mejores precios terminan cerrando una ecuación que hoy resulta imposible sin crédito.
“La fruta no es sólo cosecharla y venderla. Detrás hay mano de obra, empaque, frío, transporte, mercados. Toda una cadena enorme. Y hoy el que produce queda expuesto porque no puede afrontar solo estos riesgos climáticos”, advirtió.
Tecnología, competitividad y futuro
El planteo excede a la coyuntura. Para Stelzer, la discusión es de fondo: sin incorporación tecnológica, la fruticultura regional pierde competitividad frente a otros países donde el financiamiento productivo es una política sostenida.
“Invertir en mallas, riego por goteo y tecnología permite adelantar la entrada en producción de las plantas y mejorar la eficiencia. No podemos seguir esperando ocho o diez años para ver resultados si el mundo avanza más rápido”, señaló
En ese camino, el rol del Estado aparece como clave, ya sea como articulador con el sistema financiero, garante de líneas específicas o impulsor de políticas de largo plazo. “Necesitamos una mirada a cinco o diez años, bases sólidas para que las próximas generaciones quieran seguir en la actividad”, sostuvo.
Un valle que quiere seguir vivo
El impacto de cada contingencia no se limita a la chacra. En ciudades netamente frutícolas como Villa Regina, una mala cosecha repercute en el comercio, el empleo y la economía cotidiana. “Cuando pasa esto, se afecta hasta el negocio de la esquina”, resumió Stelzer.
Por eso, el mensaje final apunta a una advertencia y a una oportunidad. Sin herramientas financieras, la salida de productores se acelera. Con crédito adecuado, en cambio, la fruticultura puede adaptarse, protegerse y proyectarse.
“El valle está vivo, quiere iniciativas y quiere seguir avanzando. Pero no podemos solos”, concluyó.








