Exportar genética viva desde el Valle Medio: la apicultura que piensa a largo plazo

María Cristina Gómez, al frente de una cabaña apícola en Lamarque, explica por qué la abeja es clave para la producción, la ciencia y la seguridad alimentaria global. Desde Río Negro, exporta reinas a Europa y advierte: sin calidad, trazabilidad y conocimiento, no hay futuro para el sector.
Desde Lamarque, en el Valle Medio de Río Negro, María Cristina Gómez construyó un proyecto productivo poco común incluso dentro del universo agropecuario: una cabaña apícola dedicada a la producción y exportación de abejas reinas fecundadas, un negocio que no vende volumen sino genética, conocimiento y calidad sanitaria.
Su historia rompe varios lugares comunes. Llegó a la apicultura luego de jubilarse como docente, sin tradición familiar en el rubro, y hoy es parte de un reducido grupo de productores argentinos habilitados para exportar material vivo a Europa. Pero lejos del relato épico, Gómez pone el foco en otro aspecto: la apicultura como actividad estratégica, subestimada y poco comprendida.
La apicultura como decisión productiva y social
“Hay que querer lo que uno hace”, sintetiza. Para ella, la clave de la continuidad está en la pasión, pero también en la visión de largo plazo. “Uno tiene que entender hacia dónde va la producción, cómo evoluciona el sistema”, explica.
Su ingreso al sector se dio a través de un grupo de Cambio Rural del INTA, donde comenzó a formarse técnicamente. Fue allí donde comprendió el verdadero alcance de la actividad. “Sin la participación de las abejas en la polinización no habría alimentos. Ni frutas, ni hortalizas, ni semillas. La apicultura no es solo una producción, es un servicio ecosistémico”, subraya.
Esa dimensión social y ambiental fue determinante. “Trabajar en algo que beneficia al conjunto de la sociedad es importante. Eso fue lo que me terminó de convencer”, señala.
Genética, no commodity
A diferencia de la producción de miel, la exportación de abejas reinas no responde a lógicas de volumen. “No es vender un commodity, es vender genética”, aclara Gómez. En su cabaña Antünei trabajan con dos líneas principales: reinas Carniolas, de genética pura y gran adaptación a climas fríos, y Buckfast, un híbrido muy valorado por su resistencia y desempeño en zonas más templadas.
Las Carniolas fueron el punto de partida. “Las desarrollamos junto a Guillermo Huerta, del INTA Bariloche, pensando en la cordillera. Y curiosamente, mis primeras exportaciones fueron a Alemania, durante cinco años consecutivos”, recuerda.
Garantizar calidad genética en un insecto que se fecunda en vuelo no es sencillo. “Cada apicultor serio hace selección. Se busca mansedumbre, capacidad de postura, sanidad. La genética es la base del mejoramiento apícola”, explica.
Por eso insiste en que un apiario eficiente no se mide solo por cantidad de colmenas. “Un productor con pocas colmenas, bien manejadas y con buena genética, puede ser más eficiente que uno con muchas colmenas desparejas y pérdidas constantes”, afirma.
Exportar desde Argentina: controles, sanidad y trazabilidad
La exportación de reinas está fuertemente regulada. Las cabañas deben estar registradas y controladas por Senasa, con inspecciones periódicas y análisis sanitarios obligatorios antes de cada envío. “Sin esos certificados, el material no sale del país”, explica.
El transporte se realiza por vía aérea. Cada reina viaja identificada, acompañada por abejas nodrizas, con alimento y condiciones controladas de humedad y temperatura. “Es un trabajo extremadamente delicado. Si algo falla, se pierde todo”, detalla.
Hoy sus principales destinos son España, Italia y Francia. Europa valora especialmente a las abejas argentinas por dos razones clave: adaptación al frío y ausencia de africanización, una condición sanitaria que se convirtió en ventaja competitiva.
Un gigante invisible
Pese a su relevancia, la apicultura sigue fuera del radar productivo. “Argentina es el segundo exportador mundial de miel, con unas 3,5 millones de colmenas y exportaciones que rondan entre 85 y 100 mil toneladas”, enumera Gómez. Sin embargo, el consumo interno es bajísimo: entre 100 y 150 gramos per cápita al año.
“En Europa, Estados Unidos o Japón se consumen entre 2 y 3 kilos por persona. Por eso exportamos casi todo”, explica.
Estados Unidos concentra cerca del 65% de las exportaciones argentinas, en parte porque destina gran parte de sus colmenas a la polinización del almendro y enfrenta una fuerte mortandad de abejas. Europa absorbe otro 20%, con mercados cada vez más exigentes en calidad y trazabilidad.
El desafío que viene: calidad y valor agregado
Gómez advierte que el futuro no está garantizado. “Si bajan los aranceles, vamos a competir con más fuerza, pero eso exige hacer los deberes: buenas prácticas, trazabilidad, calidad real”, sostiene.
La miel, la cera, el polen, el propóleo, la apitoxina y el material vivo son todos productos exportables. “Pero hay que agregar valor, profesionalizarse y entender que el mercado ya no perdona errores”, remarca.
En Río Negro, se están desarrollando nuevas capacitaciones para formar apicultores, un paso clave para sostener el sistema. “Hay posibilidades, pero no son automáticas. La apicultura necesita conocimiento, disciplina y visión”, concluye.
Desde Lamarque, una cabaña apícola demuestra que la producción agropecuaria también puede ser ciencia, genética y estrategia, incluso —o especialmente— cuando no hace ruido.
Fotografías: María Cristina Gómez.










