Desde la precordillera al mundo: la miel como identidad, esfuerzo y conocimiento en la historia de David Riquelme

Apicultor de Chos Malal, en el norte neuquino, David Riquelme acaba de ser distinguido en la Expo Maciá, uno de los concursos internacionales más exigentes del sector. Detrás del reconocimiento, una historia de oficio silencioso, sensibilidad productiva y profundo respeto por la naturaleza.
Audio de la entrevista al productor apícola, David Riquelme
En la apicultura hay algo que no se ve a simple vista. No está en la superficie dorada de la miel ni en la prolijidad de un frasco etiquetado. Está en el tiempo, en la paciencia, en la lectura minuciosa de un ecosistema que nunca se repite. Está, sobre todo, en el vínculo íntimo entre el apicultor y sus abejas.
Desde ese lugar lejano a los flashes, pero profundamente conectado con la esencia de la producción emerge la historia de David Riquelme, apicultor de Chos Malal, quien acaba de alcanzar un reconocimiento de alto nivel en la Expo Maciá, posicionándose entre las mejores mieles del país y del escenario internacional.
Pero para él, el premio no es un punto de llegada. Es, más bien, una confirmación.
“Representa la alegría… y el reconocimiento al esfuerzo que uno hace en el día a día”, dice, con una sencillez que contrasta con la complejidad técnica y emocional que implica su trabajo.
El valor de lo invisible
Entrar entre los diez mejores en un concurso internacional no es un dato menor. Mucho menos cuando se logra en condiciones productivas adversas, en una región semiárida donde cada temporada está atravesada por la incertidumbre climática.
El norte neuquino, con su geografía de precordillera, inviernos secos y veranos cada vez más exigentes, impone límites claros. La falta de lluvias reduce la floración, y sin flores no hay néctar. Sin néctar, no hay miel.
Sin embargo, en ese escenario restrictivo, Riquelme logra destacarse.
“Esta temporada fue difícil. No hubo suficiente agua, el suelo no retuvo humedad y eso impacta directamente en la producción. Por eso, obtener este reconocimiento es impresionante”, explica.
La dimensión del logro no es solo personal. También es territorial. Porque cada premio, en definitiva, habla de un ecosistema, de una identidad productiva y de un entramado de saberes locales.
“Significa mucho para la zona, para los apicultores de acá. Coloca a nuestra ciudad a nivel internacional”, agrega.
La ciencia detrás del oficio
Hablar de miel es, muchas veces, simplificar. Reducirla a un color, a una textura, a un gusto. Pero detrás de cada variedad hay una arquitectura compleja, determinada por la composición florística, el suelo, el clima y el manejo apícola.
Riquelme lo explica con precisión técnica, pero también con vocación pedagógica.
“No hay mieles buenas ni malas. Hay mieles distintas, adaptadas a cada paladar”, afirma.
Las mieles oscuras, por ejemplo, suelen tener mayor concentración de minerales y compuestos fenólicos, lo que les otorga una estructura más intensa, mayor conductividad eléctrica y un perfil sensorial más robusto. Las claras, en cambio, se destacan por su delicadeza aromática y suavidad en boca.
Pero esa diferencia no es casual. Es el resultado directo del entorno.
“Cada flor produce un néctar distinto. Y la miel es, en definitiva, una síntesis de ese paisaje”, describe.
El arte de observar
Si hay algo que define a la apicultura, es la capacidad de observación. No como un acto pasivo, sino como una práctica activa, constante, casi intuitiva.
Riquelme lo plantea en términos absolutos: “Se necesitan los cinco sentidos al cien por ciento”.
El sonido de la colmena, el olor, el movimiento de las abejas, incluso su comportamiento frente a la presencia humana, son indicadores que el apicultor aprende a interpretar con el tiempo.
“Uno cree que sabe, pero siempre hay algo nuevo. Siempre hay algo que no está en los libros”, reconoce.
Y en esa frase se condensa una de las claves del oficio: la humildad frente a la naturaleza.
Entre la técnica y la emoción
La excelencia en apicultura no depende solo del campo. También se juega en la postcosecha: en la temperatura de almacenamiento, en el filtrado, en el cuidado extremo para no alterar las propiedades del producto.
“Podés tener una miel excelente y perder calidad por un mal manejo”, advierte.
Esa rigurosidad es la que permite competir en escenarios internacionales, donde cada detalle cuenta: desde la pureza hasta el perfil sensorial, pasando por la ausencia de contaminantes.
Sin embargo, más allá de la técnica, hay una dimensión emocional que atraviesa todo el proceso.
“Es una satisfacción familiar… es el esfuerzo de todos”, dice.
Porque detrás de cada logro hay horas de trabajo invisible, decisiones difíciles y una convicción que se sostiene incluso en los años adversos.
Una historia que interpela
En tiempos donde muchas actividades productivas atraviesan crisis estructurales, historias como la de David Riquelme recuperan una idea esencial: el valor del trabajo.
No como consigna vacía, sino como experiencia concreta. Como práctica cotidiana. Como construcción colectiva.
“Es un esfuerzo que debe ser visualizado”, sostiene él mismo, casi como un pedido y una declaración.
Y en esa frase final hay algo más que gratitud. Hay una necesidad profunda de reconocimiento, no solo para él, sino para todos los que, como él, sostienen desde el territorio una producción que combina conocimiento, sensibilidad y compromiso.
Desde Chos Malal, en el corazón de la precordillera neuquina, la miel de David Riquelme no solo conquista premios. También construye sentido.
Porque en cada gota hay algo más que néctar transformado: hay tiempo, hay territorio, hay historia. Y, sobre todo, hay una certeza que trasciende cualquier podio: que el esfuerzo, cuando es genuino, siempre encuentra su forma de ser reconocido.










