Cuando el camino también golpea la fruta: productores reclaman una solución urgente para las rutas 22 y 151

La Federación de Productores de Fruta de Río Negro y Neuquén volvió a poner el deterioro vial en el centro de la agenda. Sebastián Hernández advierte que el problema ya no se limita al tránsito: impacta sobre los vehículos, la seguridad, la logística y, de manera directa, sobre la calidad de la fruta que sale de las chacras. “Somos los rehenes de toda esta situación”, sostuvo.
Audio de la entrevista a Sebastián Hernández, presidente de la Federación de productores de Fruta
Hay problemas que se pueden medir en kilómetros, en horas de demora o en pesos. Y hay otros que, además, terminan apareciendo dentro de un cajón de fruta.
El deterioro de las rutas nacionales 22 y 151 es, para la producción frutícola de Río Negro y Neuquén, una combinación de todos esos problemas. Pozos, desniveles, grietas y sectores completamente deteriorados forman parte de un escenario que el sector productivo observa con preocupación creciente mientras se acerca una nueva campaña.
La Federación de Productores de Fruta de Río Negro y Neuquén volvió a reclamar una solución definitiva para ambos corredores, considerados estratégicos para el movimiento de trabajadores, insumos, maquinaria y producción de la región. La entidad sostiene que la discusión sobre responsabilidades y un eventual traspaso de las rutas a las provincias no puede seguir demorando las obras que necesita el territorio.
Pero detrás del reclamo institucional hay una preocupación mucho más concreta: qué sucede con la fruta cuando el camino por el que debe trasladarse deja de ofrecer condiciones mínimas.
Cada golpe del camino también se siente en la fruta
Sebastián Hernández, presidente de la Federación, conoce ese recorrido desde adentro. Productores que se desplazan diariamente hacia las chacras, camiones que trasladan fruta, vehículos que conectan localidades y establecimientos de empaque, frigoríficos y centros de comercialización forman parte de un movimiento permanente que no puede detenerse.
Y ese movimiento necesita caminos.
“Hoy estamos cargando pallets en camiones donde sale la fruta y donde golpea y golpea y golpea”, explicó Hernández durante una entrevista con Agrovalle. El planteo no es menor: cada impacto provocado por las irregularidades del camino puede terminar afectando la calidad de una fruta que fue producida con meses de trabajo y que luego deberá enfrentar exigentes condiciones de comercialización.
La paradoja es evidente. Mientras el sector busca preservar calidad desde la chacra hasta el destino final, parte de ese esfuerzo puede verse comprometido durante el traslado.
La propia Federación advierte que el deterioro de las rutas incrementa los tiempos de viaje, el consumo de combustible y el desgaste de los vehículos, además de generar riesgos sobre las cargas. En el caso de la fruta, los golpes producidos por los pozos pueden afectar su calidad y, consecuentemente, su competitividad.
Una cosecha que ya empieza a mirarse desde la ruta
Para Hernández, el problema tiene además un componente temporal.
La actividad no puede darse el lujo de esperar a que llegue la cosecha para empezar a discutir qué hacer con los caminos. El deterioro, sostiene, se profundizó durante los últimos meses y las lluvias terminaron dejando todavía más expuesta la situación.
La preocupación mira hacia adelante.
La próxima campaña comenzará incluso antes de lo que muchos imaginan, con las primeras actividades vinculadas a cerezas y otros frutales de carozo. Después llegará el movimiento intenso de la fruticultura de pepita, con miles de cargas que deberán circular entre chacras, establecimientos de empaque y cámaras frigoríficas.
“Cuando nos demos cuenta, estamos enfrente de otra cosecha más”, planteó el dirigente.
La advertencia apunta a evitar que el problema vuelva a encontrarse con la producción cuando ya sea demasiado tarde.
El deterioro no termina en la ruta nacional
Hay otra consecuencia que preocupa al sector y que suele quedar en segundo plano.
Cuando una ruta nacional se encuentra en malas condiciones, el tránsito busca alternativas. Y ese tránsito termina desplazándose hacia rutas provinciales, caminos rurales y accesos que tampoco fueron diseñados para absorber semejante volumen de vehículos pesados.
Hernández señala justamente esa cadena de deterioro: una infraestructura nacional que pierde transitabilidad termina trasladando presión sobre el resto de la red vial.
El resultado es un problema que deja de tener una sola ruta como protagonista y empieza a comprometer todo el sistema de circulación productiva del Alto Valle y de los valles irrigados.
La Federación sostiene que las rutas 22 y 151 son corredores esenciales para una economía regional que depende de poder mover su producción hacia los centros de consumo, distribución y exportación.
Seguridad: el otro costo que ya no puede ignorarse
En la entrevista, Hernández pone especial énfasis en un aspecto que trasciende la economía: la seguridad.
Habla de vehículos con neumáticos dañados, llantas quebradas y averías provocadas por los pozos. Pero también de accidentes y de la dificultad adicional que implica trasladar cargas productivas en condiciones viales deficientes.
El caso de los camiones que transportan bines resulta particularmente sensible. No se trata de una carga completamente rígida: los bines tienen una movilidad propia y requieren sistemas de sujeción específicos. En una ruta deteriorada, ese movimiento se vuelve todavía más complejo.
Para el dirigente, la combinación entre pozos, desniveles, banquinas deterioradas y tránsito pesado incrementa un riesgo que ya es visible cotidianamente.
Y detrás de cada camión hay personas.
Por eso el reclamo de los productores no se reduce a una cuestión de costos. La Federación habla de una emergencia vial que también compromete la seguridad de quienes utilizan diariamente estos corredores.
El impuesto al combustible y una pregunta que sigue abierta
Otro de los puntos planteados durante la entrevista está relacionado con los recursos destinados a la infraestructura vial.
Hernández cuestionó que continúe vigente una carga impositiva sobre los combustibles mientras las rutas atraviesan una situación de deterioro tan marcada. La Federación reclama que los recursos previstos por la Ley 23.966 y el Decreto 976/2001 sean utilizados para financiar las obras viales correspondientes.
La discusión sobre el eventual traspaso de las rutas nacionales a las provincias tampoco encuentra, según el dirigente, una resolución concreta.
“Somos los rehenes de toda esta situación”, resumió Hernández.
La frase condensa el malestar de un sector que observa cómo se suceden las conversaciones entre jurisdicciones mientras, en el terreno, los pozos siguen allí.
Mientras se discute quién debe arreglarlas, la producción sigue circulando
La Federación fue clara en su planteo: mientras las rutas 22 y 151 continúen siendo nacionales, la responsabilidad primaria sobre su mantenimiento, conservación y recuperación corresponde al Estado Nacional.
El eventual traspaso a las provincias podrá formar parte de una discusión política, jurídica y financiera. Pero para quienes todos los días deben transitar esos caminos, el problema tiene una dimensión mucho más inmediata.
La fruta no puede esperar.
Los trabajadores tienen que llegar a las chacras. Los insumos tienen que entrar. Los camiones tienen que cargar. Los bines tienen que llegar a los empaques. La fruta debe ingresar a las cámaras frigoríficas y finalmente salir hacia los mercados.
Todo ese circuito depende de una infraestructura que, hoy, el propio sector describe como seriamente deteriorada.
Una discusión que excede a los productores
Hernández entiende que el reclamo no debería quedar exclusivamente en manos de las organizaciones productivas.
Las rutas 22 y 151 no son utilizadas únicamente por quienes trabajan en la fruticultura. Son parte de la estructura cotidiana de una región donde las personas se trasladan permanentemente entre localidades por trabajo, educación, servicios, comercio y vida social.
Por eso el dirigente plantea que la sociedad en su conjunto debería involucrarse.
Porque una ruta deteriorada puede romper un neumático, provocar un accidente, retrasar una carga o deteriorar fruta. Pero también puede terminar convirtiéndose en el símbolo de una infraestructura que dejó de acompañar la dinámica económica y social de una región.
La producción frutícola hace tiempo que pelea por mejorar sus costos, sostener mercados y conservar competitividad. La propia Federación advierte que cada kilómetro recorrido en malas condiciones y cada incremento del costo logístico terminan debilitando esa capacidad competitiva.
El reclamo, entonces, tiene una lógica sencilla: si la fruta debe competir por calidad y precio en mercados cada vez más exigentes, no puede seguir pagando también el costo de una infraestructura vial que no está a la altura de la producción que transporta.
Y mientras las negociaciones continúan, las rutas siguen ahí.
También los pozos.
Y todos los días, por encima de ellos, sigue pasando la producción de Río Negro y Neuquén.
Nota enviada por la Federacion de productores a Vialidad Nacional:










