Basura, aguas cloacales en canales de riego: la contaminación que amenaza con convertirse en un problema para todos

Sebastián Hernández, presidente de la Federación de Productores de Fruta de Río Negro y Neuquén, advirtió sobre el deterioro de los canales y desagües que atraviesan zonas urbanizadas y productivas. Durante una recorrida detectaron acumulación de residuos, aguas grises y materia fecal. “Los rionegrinos, los neuquinos también merecemos comer productos de calidad y no solamente al exportar”, sostuvo.

Audio de la entrevista a Sebastián Hernández, presidente de la Federación de Productores de Fruta de Río Negro y Neuquén,

Hay imágenes que deberían incomodar. No solamente porque muestran basura acumulada, canales obstruidos o agua convertida en un líquido oscuro y maloliente, sino porque detrás de ellas aparece una pregunta mucho más profunda: ¿hasta dónde estamos dispuestos a tolerar que los sistemas destinados a sostener la producción y el ambiente se conviertan en receptores de los residuos de las ciudades?

La advertencia fue formulada por Sebastián Hernández, presidente de la Federación de Productores de Fruta de Río Negro y Neuquén, luego de una recorrida realizada junto a productores por sectores del sistema de drenaje y riego en el Alto Valle.

El recorrido tuvo como punto de referencia el desagüe P2 y un canal secundario ubicado en el área del puente 83, entre Cipolletti y Fernández Oro. Lo que encontraron, según describió Hernández, volvió a poner sobre la mesa una problemática que lleva años creciendo al ritmo de la expansión urbana sobre las zonas productivas.

Botellas de plástico, telgopor, colchones, electrodomésticos y otros residuos aparecen retenidos en distintos sectores de los desagües. La situación se agrava cuando árboles caídos terminan funcionando como verdaderas barreras que acumulan basura y dificultan todavía más el escurrimiento.

Pero el problema no termina en los residuos sólidos.

Cuando el desagüe recibe lo que no debería recibir

Uno de los aspectos más delicados señalados durante la entrevista tiene que ver con la descarga de aguas residuales provenientes de sectores que no cuentan con infraestructura cloacal.

Hernández fue contundente al describir la situación observada en el sector del puente 83: allí, según explicó, existen viviendas sin cloacas y los líquidos provenientes de esos sectores terminan descargándose hacia los sistemas de drenaje.

La consecuencia es un escenario que combina aguas grises, aguas negras, materia fecal y residuos domiciliarios en un sistema que finalmente conduce buena parte de ese caudal hacia el río Negro.

En el sector mencionado por Hernández, el sistema de riego abastece aproximadamente entre 6.000 y 7.000 hectáreas comprendidas entre Fernández Oro y Allen, una superficie productiva de enorme importancia para el Alto Valle.

Por eso, cuando un canal se convierte en un lugar donde se arrojan residuos o cuando un desagüe termina recibiendo aguas contaminadas, el problema deja de ser exclusivamente ambiental.

También pasa a ser productivo, sanitario y social.

El riesgo que nadie debería esperar a comprobar

Durante la entrevista surgió inevitablemente una pregunta: ¿esta situación puede terminar afectando la exportación de fruta?

Hernández fue prudente. No aseguró que exista actualmente una consecuencia comercial o sanitaria concreta. De hecho, señaló que hasta el momento no recibieron reclamos vinculados con certificaciones o pedidos de mercados internacionales.

Pero también reconoció que el temor existe.

Y no es un temor menor para una región cuya economía tiene una fuerte orientación agroexportadora y cuyos productos deben cumplir exigencias sanitarias y de calidad tanto dentro como fuera del país.

La diferencia entre prevenir y reaccionar puede ser enorme.

Esperar a que aparezca un rechazo comercial, una observación sanitaria o un reclamo de un mercado para recién entonces actuar sería una forma particularmente costosa de abordar el problema.

La discusión debería ser anterior.

¿Qué calidad de agua queremos para producir? ¿Qué calidad de agua queremos para nuestras ciudades? ¿Qué imagen sanitaria queremos proyectar como región productora de alimentos?

Y hay una definición de Hernández que resume el alcance de la cuestión: “Los rionegrinos, los neuquinos también merecemos comer productos de calidad y no solamente al exportar”.

La frase cambia el eje.

No se trata solamente de cuidar aquello que se vende al mundo. Se trata también de garantizar condiciones adecuadas para quienes viven, trabajan y producen en esta región.

Urbanización sin planificación: una tensión que ya no puede esconderse

La problemática expuesta por la Federación de productores de fruta vuelve a poner sobre la mesa otro debate: el avance de las urbanizaciones, barrios y loteos sobre las áreas productivas y su convivencia con una infraestructura de riego y drenaje diseñada para otra realidad territorial.

Hernández planteó la necesidad de discutir una normativa que contemple ese crecimiento urbano y establezca con mayor claridad cómo deben protegerse los canales, desagües y demás componentes del sistema hídrico productivo.

El planteo no apunta solamente a responsabilizar a quienes arrojan residuos. También interpela al Estado.

Porque si existen barrios que no cuentan con infraestructura adecuada, si hay sectores donde los canales atraviesan zonas densamente pobladas y si los consorcios encuentran dificultades para ingresar y realizar tareas de limpieza, el problema requiere planificación, infraestructura, controles y cumplimiento efectivo de las normas.

“No sirve de nada echarle la culpa a uno o al otro”, sostuvo Hernández. El desafío, según planteó, es encontrar soluciones y generar condiciones para que estas situaciones no vuelvan a repetirse.

Un sistema que necesita ser protegido antes de que sea tarde

Hay algo particularmente preocupante en esta historia: la basura no aparece de manera espontánea dentro de un canal.

Alguien la arroja.

Alguien decide que un colchón puede terminar en un canal. Que una botella puede quedar flotando. Que un electrodoméstico puede ser abandonado en una banquina. Que los residuos domiciliarios pueden terminar en una canal de riego porque resulta más sencillo que descartarlos correctamente.

Hernández contó que los productores encuentran cotidianamente residuos que no generaron y que terminan dentro de las chacras, o los sistemas de riego.

Es allí donde la discusión ambiental deja de ser una consigna y se transforma en una cuestión concreta de convivencia.

Una sociedad no puede pretender producir alimentos de calidad mientras contamina deliberadamente o por negligencia las estructuras que permiten producirlos.

Tampoco puede exigir a los productores estándares sanitarios cada vez más elevados y, al mismo tiempo, permitir que aguas residuales y residuos urbanos terminan incorporándose al sistema hídrico de una región agroindustrial.

No hay dos aguas: una para producir y otra para vivir

Quizás el mayor valor de esta advertencia sea precisamente ese: obliga a dejar de pensar el problema como una disputa entre productores y vecinos.

No hay dos sistemas separados.

El agua circula. Los residuos se trasladan. Los desagües desembocan en los ríos. Y los ríos forman parte de un mismo territorio del que dependen las ciudades, las chacras y las industrias.

Por eso, el problema planteado por Hernández no debería quedar reducido a una denuncia circunstancial ni a una recorrida que genera preocupación durante algunos días.

Necesita convertirse en una discusión seria sobre ordenamiento territorial, infraestructura cloacal, gestión de residuos, protección de los sistemas de riego y drenaje, controles y responsabilidades.

Y, fundamentalmente, sobre qué modelo de convivencia queremos construir en un territorio donde la expansión urbana y la producción agropecuaria están cada vez más cerca una de otra.

La advertencia está hecha

La Federación de Productores puso sobre la mesa una situación que puede observarse, fotografiarse y comprobarse en el territorio.

No hay que esperar a que una imagen de un canal contaminado se transforme en un problema comercial para tomarla en serio.

Tampoco alcanza con limpiar después de que la basura se acumuló.

La verdadera solución es impedir que llegue.

Porque proteger los canales de riego y los desagües no significa solamente proteger a una chacra. Significa cuidar una infraestructura indispensable para producir alimentos, preservar el ambiente y sostener la vida cotidiana de miles de personas.

Y en una región que pretende seguir siendo reconocida por la calidad y sanidad de sus frutas, hay una premisa que debería ser innegociable: el agua con la que producimos alimentos no puede convertirse en el lugar donde escondemos aquello que no queremos ver.

Difunde el contenido