El desafío invisible de la fruticultura: cuando el futuro de una chacra depende tanto de las personas como de la producción

Un taller del INTA Alto Valle propone herramientas para fortalecer la comunicación, ordenar los roles y planificar el recambio generacional en las empresas familiares agropecuarias. La investigadora Patricia Catoira advierte que el mayor desafío de muchas explotaciones no está únicamente en la tecnología o en los mercados, sino en lograr que las distintas generaciones puedan construir acuerdos para sostener el proyecto familiar.
Audio de la entrevista a Patricia Catoira, investigadora del INTA.
Hay desafíos que no aparecen en los balances económicos, ni se miden en toneladas cosechadas, ni se resuelven incorporando una nueva máquina o una tecnología de precisión. Son desafíos silenciosos, muchas veces invisibles, pero capaces de definir el futuro de una empresa agropecuaria.
En el Alto Valle, donde la inmensa mayoría de las chacras nacieron como emprendimientos familiares, la continuidad de esas empresas depende cada vez más de la capacidad de dialogar entre generaciones, distribuir responsabilidades, planificar el retiro de quienes condujeron durante décadas la producción y abrir espacio a quienes deberán escribir el próximo capítulo de la historia frutícola regional.
Con esa premisa, el INTA y la Cámara de Productores de Villa Regina organizaron el taller «Herramientas prácticas para la continuidad de la empresa familiar agropecuaria», una propuesta que busca poner sobre la mesa un tema que durante años quedó relegado frente a las urgencias productivas.
Mucho más que una empresa
Para la investigadora del INTA Alto Valle, Patricia Catoira, una empresa familiar posee una característica que la diferencia de cualquier otro modelo empresarial.
No solamente la familia es propietaria de la explotación. También participa activamente de la gestión, toma decisiones y proyecta la transmisión del negocio hacia la siguiente generación.
En la fruticultura regional esa característica adquiere una dimensión especial.
Durante décadas, las chacras familiares fueron el modelo predominante de organización productiva y constituyeron la base sobre la que se desarrolló la economía del Alto Valle.
«Cuando hablamos de continuidad de la fruticultura, en realidad estamos hablando de la continuidad de miles de empresas familiares que dieron origen a esta actividad», explicó Catoira durante una entrevista con Agrovalle.
Un dato que obliga a mirar hacia adelante
La preocupación no es teórica.
Los números muestran un escenario que exige comenzar a planificar el futuro.
Actualmente la fruticultura regional reúne alrededor de 1.500 productores, pero perdió cerca del 40 % de ellos durante la última década. A ese proceso se suma otro dato igualmente significativo: más de la mitad de los productores supera los 60 años de edad.
Detrás de esas cifras aparece una pregunta inevitable.
¿Quién continuará produciendo dentro de diez o veinte años?
Pero para Catoira la discusión no debe limitarse únicamente al reemplazo generacional.
El verdadero desafío consiste en garantizar que las empresas existentes logren sostenerse en el tiempo sin perder el conocimiento acumulado durante décadas.
Cuando el mayor problema no está en la chacra sino en la comunicación
En el sector agropecuario suele concentrarse la atención sobre la productividad, las heladas, la rentabilidad, los mercados internacionales o la incorporación tecnológica.
Sin embargo, la experiencia del equipo técnico del INTA muestra una realidad diferente.
Muchas veces los conflictos que ponen en riesgo la continuidad de una empresa no nacen en el monte frutal sino alrededor de una mesa familiar.
«Los principales desafíos muchas veces están en las personas», sostuvo la investigadora.
La distribución de los roles, la forma en que se toman las decisiones, el ingreso de los hijos a la empresa, la planificación del retiro de quienes la condujeron durante años y la dificultad para conversar determinados temas terminan generando tensiones que, si no se abordan a tiempo, pueden afectar el funcionamiento de toda la organización.
Dos generaciones, dos maneras de mirar el mismo negocio
Uno de los aspectos más interesantes de la entrevista fue la descripción de las diferencias que hoy conviven dentro de una misma empresa familiar.
Por un lado aparecen productores con décadas de experiencia, formados a partir del conocimiento práctico y del aprendizaje cotidiano en la chacra.
Del otro lado surgen hijos y nietos con formación universitaria, mayor familiaridad con las herramientas digitales y una visión distinta sobre la innovación, la gestión y el liderazgo.
Lejos de presentar esa diferencia como un problema, Catoira la entiende como una oportunidad.
El desafío consiste en construir acuerdos que permitan combinar la experiencia acumulada con las nuevas herramientas que ofrece la tecnología.
«No se trata de romper con los saberes heredados, sino de integrarlos con nuevas formas de producir, gestionar y liderar», sintetizó.
El legado también se aprende
Durante años se pensó que el patrimonio familiar estaba compuesto exclusivamente por la tierra.
Sin embargo, la investigadora propone ampliar esa mirada.
En una empresa agropecuaria también se heredan conocimientos, formas de trabajar, valores, vínculos con los trabajadores, experiencia comercial y una identidad profundamente ligada al territorio.
Ese legado no puede transmitirse únicamente mediante una escritura o una sucesión.
Necesita tiempo, diálogo y espacios donde distintas generaciones puedan escucharse y construir una visión compartida del futuro.
En ese punto aparece uno de los conceptos centrales del taller: generar conversaciones que permitan transformar el recambio generacional en un proceso planificado y no en una situación de crisis.
Un taller pensado para la realidad del Alto Valle
La propuesta se desarrollará en dos encuentros presenciales, los días 4 y 11 de agosto, de 9 a 12, en la Agencia de Extensión Rural del INTA Villa Regina.
El primer encuentro estará orientado a comprender la dinámica de la empresa familiar, analizar los distintos roles, reconocer fortalezas y detectar aspectos que requieren mejoras.
La segunda jornada estará dedicada a herramientas concretas de comunicación, liderazgo, negociación y resolución de conflictos, con el propósito de favorecer conversaciones más efectivas entre quienes comparten la conducción de la empresa.
El futuro comienza mucho antes del próximo recambio
Quizá la reflexión más profunda que deja la entrevista sea que la continuidad de una empresa familiar no depende exclusivamente de la rentabilidad ni de la incorporación de tecnología.
Ambas dimensiones son imprescindibles.
Pero ninguna innovación alcanza todo su potencial cuando las decisiones se paralizan por la falta de diálogo, cuando los roles no están claros o cuando las diferencias entre generaciones terminan imponiéndose sobre los objetivos comunes.
En una región donde miles de chacras fueron construidas gracias al esfuerzo de varias generaciones, pensar el futuro también significa aprender a conversar.
Porque, en definitiva, las empresas familiares no solamente producen fruta.
También producen historia, identidad, pertenencia y un legado que merece encontrar continuidad mucho más allá de quienes hoy tienen la responsabilidad de conducirlas









