Radiografía Exportadora de Río Negro y Neuquén

Del vino de mesa al vino de identidad: una transformación silenciosa
Colaboración: Celeste Contreras
Consultora en comercio internacional
La vitivinicultura forma parte de la historia productiva de la Patagonia.
En el Alto Valle, todavía es posible encontrar estructuras que parecen pertenecer a otra época:
antiguas bodegas, grandes piletas de hormigón e instalaciones concebidas para un modelo productivo muy distinto al actual. Son vestigios de una etapa en la que el vino ocupaba un lugar central en la economía regional, bajo una lógica completamente diferente.
Durante gran parte del siglo XX, Río Negro y Neuquén estuvieron asociados a la producción de vino de mesa, en un esquema orientado al volumen y al abastecimiento del mercado interno. La ecuación era simple: grandes volúmenes, baja diferenciación y estructuras productivas adaptadas a esa escala.
Sin embargo, hacia fines de la década de 1990, ese modelo comenzó a mostrar signos de agotamiento.
La pérdida de competitividad, los cambios en los hábitos de consumo y la consolidación de otras regiones vitivinícolas impulsaron un profundo proceso de reconversión. Muchas de las superficies destinadas históricamente a la vid fueron reemplazadas por cultivos de peras y manzanas, que ofrecían mejores condiciones económicas y una inserción más clara en mercados internacionales.
Ese proceso no solo modificó la matriz productiva, también transformó el paisaje.
Las enormes piletas de fermentación —hoy, en muchos casos, abandonadas— son el reflejo de una etapa en la que el objetivo era producir más. Sin embargo, lejos de desaparecer, la vitivinicultura encontró un nuevo camino.
Algunas bodegas lograron sostenerse a través de procesos de adaptación, reorientando su producción hacia vinos de mejor calidad y valor agregado. Otras surgieron directamente bajo esta nueva lógica, apostando, desde el inicio, por propuestas diferenciadas. En este escenario conviven proyectos de gran escala, como Bodega del Fin del Mundo, Familia Schroeder o Humberto Canale —con presencia consolidada en el mercado interno y creciente proyección externa—, junto con bodegas más pequeñas o recientes, como Ribera del Cuarzo, que comienzan a ganar reconocimiento en circuitos especializados.
Hoy, la vitivinicultura patagónica no compite en volumen. Su fortaleza está en otro lugar.
Se posiciona a partir de atributos específicos: origen, clima, amplitud térmica, sanidad de la uva y un perfil enológico asociado a vinos más frescos, con buena acidez y una marcada expresión varietal. Estos atributos encuentran una recepción favorable en mercados como Estados Unidos, Brasil, Reino Unido y algunos países de Europa, donde crece la demanda por vinos con identidad territorial y producciones de escala limitada.
En este contexto, el posicionamiento no se construye únicamente desde el producto, sino también desde el relato que lo acompaña.
La Patagonia, como concepto, aporta un diferencial simbólico que trasciende lo estrictamente productivo. La idea de territorio, de condiciones naturales particulares y de producciones más acotadas se traduce en valor para determinados segmentos de consumidores, especialmente en mercados internacionales en los cuales la diferenciación se ha convertido en clave. Mientras otras regiones vitivinícolas profundizan los debates en torno a la rentabilidad y la reconversión, la Patagonia, parece haber consolidado otro esquema: menor escala, pero mayor foco en calidad, identidad y posicionamiento.
No se trata de un modelo industrial orientado al volumen, sino de una actividad que logró
diferenciarse y construir un posicionamiento propio.
La vitivinicultura en Río Negro y Neuquén ya no responde a la lógica que le dio origen. Se transformó en una actividad más acotada, aunque más estratégica en términos de valor agregado y diferenciación, alineada con tendencias globales de consumo que priorizan autenticidad, origen y calidad.
Las estructuras que alguna vez definieron el paisaje productivo hoy conviven con una nueva
generación de bodegas y proyectos. No como una continuidad lineal, sino como evidencia tangible de un proceso de transformación.
La vitivinicultura en la región no desapareció. Evolucionó.Y en esa evolución encontró una nueva forma de insertarse en los mercados internacionales.
En este punto, el desafío ya no es únicamente sostener estos proyectos, sino aprovecharlos como plataforma de proyección internacional.
La diferenciación ya está construida: origen, escala, identidad y calidad. El próximo paso será
consolidar ese posicionamiento y proyectarlo hacia mercados que valoran estos atributos, como Estados Unidos, Reino Unido o Emiratos Árabes Unidos, donde crece el interés por vinos con fuerte impronta de origen, producciones de menor escala y propuestas más selectas.
No se trata de producir más. Se trata de llegar mejor.
El potencial está en la región. El desafío es transformarlo en valor.









