Remolacha forrajera: la revolución silenciosa que comienza a transformar la ganadería patagónica

En Pomona, productores y técnicos observan con atención un sistema que ya logra hasta 4.000 kilos de carne por hectárea y promete redefinir la alimentación animal en los valles irrigados y zonas de cordillera
Por momentos, mientras describe cómo los animales arrancan la raíz directamente desde el suelo, la ingeniera Verónica Favere habla con el entusiasmo sereno de quien sabe que está observando algo distinto. No se trata solamente de un nuevo cultivo. Tampoco únicamente de una alternativa forrajera. Lo que comienza a emerger en distintos establecimientos de Río Negro es, quizás, una nueva lógica de intensificación ganadera para regiones donde el invierno históricamente fue sinónimo de restricciones alimenticias, altos costos y limitaciones productivas.
El próximo martes 12 de mayo, de 10 a 13 horas, el establecimiento Copahue de la firma Agrónica SA, en Pomona, será escenario de una jornada técnica organizada por INTA junto a AgroCultivos del Sur y KWS, donde productores, técnicos y estudiantes podrán observar a campo uno de los fenómenos que más interés comienza a despertar dentro de la ganadería regional: el aprovechamiento de la remolacha forrajera mediante pastoreo directo.
Pero detrás de la actividad técnica existe una historia mucho más profunda. Una historia de innovación, de productores que se animan, de tecnología aplicada y de una búsqueda permanente por producir más carne en menos superficie y con mayor eficiencia.
“Esta es la primera remolacha que hacemos en la zona bajo riego por aspersión”, explicó Favere durante la entrevista con Agrovalle. Hasta ahora, las experiencias regionales venían desarrollándose principalmente bajo riego por manto. En esta oportunidad, el cultivo ocupa 40 hectáreas implantadas bajo pivote central, una condición que, según la especialista, permite mantener al cultivo bajo un estrés hídrico mucho menor y favorece una expresión productiva más estable.
“Con el riego por aspersión uno va reponiendo permanentemente la demanda hídrica del cultivo. El suelo nunca está saturado ni en déficit. Eso hace que la planta se mantenga siempre en condiciones óptimas”, señaló.
Una fábrica de energía en pleno invierno
La magnitud del fenómeno comienza a comprenderse cuando aparecen los números.
Favere no duda al afirmar que la remolacha forrajera posee uno de los mayores potenciales productivos disponibles hoy para sistemas ganaderos intensivos.
“En invierno permite concentrar una alta cantidad de animales en poca superficie y con muy alta productividad”, sostuvo.
El dato impresiona incluso a productores experimentados. En experiencias recientes ya se registran planteos capaces de producir hasta 4.000 kilos de carne por hectárea, una cifra extraordinaria para sistemas pastoriles regionales.
“Yo no le diría a ningún productor que haga sus números pensando en 4.000 kilos. Pero sí puede proyectar tranquilamente 2.000 kilos de carne por hectárea como piso productivo”, explicó.
La comparación técnica permite dimensionar aún más el impacto.
Según Favere, la remolacha forrajera hoy ya iguala como mínimo los mejores rendimientos obtenidos con maíz para silo picado en términos de materia seca. Mientras los planteos tradicionales de maíz de alto rendimiento generan entre 17 y 20 toneladas de materia seca por hectárea, la remolacha posee un potencial que podría alcanzar las 40 toneladas.
Eso es muchísimo”, resumió.
Sin embargo, el verdadero diferencial aparece en la calidad nutricional.
La raíz posee un nivel energético prácticamente equivalente al grano de maíz, mientras que las hojas aportan proteína de alta calidad. En situaciones donde la relación hoja-raíz es adecuada, los animales pueden alimentarse exclusivamente con remolacha sin necesidad de suplementación adicional.
“Es un cultivo extremadamente energético y además un recurso forrajero de invierno, que es justamente cuando menos alternativas tenemos”, explicó.
El animal cosecha directamente
Uno de los aspectos más llamativos del sistema es su simplicidad operativa.
Los animales ingresan directamente al lote y consumen tanto las hojas como la raíz. Primero ramonean el follaje y luego, con el hocico, descalzan parcialmente la remolacha para ir consumiéndola en pequeñas porciones.
“Es muy vistoso ver cómo los animales aprenden rápidamente a comerla”, relató Favere.
Pero además, la experiencia ya permitió derribar algunos prejuicios históricos asociados al engorde pastoril.
“Hoy ya tenemos animales faenados que salieron directamente de comer remolacha y las medias reses tipificaron comercialmente muy bien. Incluso la grasa es blanca, como ocurre con animales alimentados a grano”, indicó.
Ese dato no es menor. Dentro de algunos segmentos comerciales persiste la idea de que los sistemas pastoriles generan grasa amarillenta, situación que suele afectar la percepción comercial de la res. Los resultados observados hasta ahora comienzan a desmontar también esa barrera cultural.
Productores que se animan a innovar
A medida que la entrevista avanza, Favere introduce otro elemento central: el rol humano detrás de la innovación.
La ingeniera reconoce que buena parte de lo aprendido hasta ahora no surgió exclusivamente desde los organismos técnicos, sino también desde productores que decidieron asumir riesgos y experimentar.
“Todo lo que hoy sabemos de remolacha en la zona es gracias a productores que se animaron”, afirmó.
En ese proceso aparecen perfiles muy característicos del agro argentino: productores pioneros, observadores silenciosos y un
grupo creciente que empieza lentamente a acercarse a la tecnología luego de ver resultados concretos.
“Siempre están los que hacen punta y después viene otro grupo mirando, observando cómo les va a los primeros”, describió.
La coyuntura ganadera también ayuda. Los buenos valores actuales de la hacienda generan un contexto de mayor predisposición a incorporar herramientas tecnológicas capaces de elevar productividad y márgenes.
Y los números parecen acompañar ese optimismo.
Según Favere, con costos cercanos a los dos millones de pesos por hectárea y productividades conservadoras de 2.000 kilos de carne, la rentabilidad potencial del cultivo resulta altamente competitiva incluso bajo escenarios de precios históricos y no necesariamente excepcionales.
Una jornada pensada desde la experiencia real
La actividad del próximo martes en Pomona buscará justamente mostrar esa realidad sin artificios ni discursos prefabricados.
La jornada será completamente a campo. Allí los asistentes podrán observar directamente cómo se organiza el pastoreo, cómo trabajan los operarios que manejan el eléctrico y cómo reaccionan los animales frente al cultivo.
Favere incluso pidió especialmente que participen los trabajadores encargados del manejo diario.
“Quiero que sean ellos quienes cuenten qué ven, qué dificultades encontraron y cómo fue la experiencia real”, explicó.
La decisión no es casual. En los sistemas ganaderos, muchas veces la verdadera validación tecnológica ocurre en la práctica cotidiana y no únicamente en los resultados experimentales.
Por eso, más allá de los datos productivos, la jornada probablemente también exponga otra cuestión de fondo: la creciente necesidad de construir una ganadería más eficiente, más intensiva y mejor adaptada a contextos climáticos y económicos cada vez más exigentes.
En silencio, mientras los animales arrancan remolachas desde el suelo en un lote de Pomona, quizás esté comenzando una de las transformaciones productivas más interesantes de la Patagonia ganadera.








