Después del golpe: la tormenta que partió la campaña de cerezas y el testimonio más crudo de Aníbal Caminiti

La granizada que azotó el Valle Medio dejó escenas silenciosas en los galpones, cosechas interrumpidas y más de 400 toneladas perdidas en cuestión de horas. En una entrevista íntima y exhaustiva, el director de CAPCI, Aníbal Caminiti, reconstruye el daño, la fragilidad productiva, la amenaza sanitaria y un escenario donde la competitividad argentina vuelve a quedar expuesta. Un retrato de la fruticultura de precisión enfrentada a su mayor adversario: el clima.
El día después: cuando el Valle amanece distinto
Hay mañanas que no siguen el ritmo habitual del campo. En Chimpay, en el alma productiva del Valle Medio, la jornada siguiente al granizo no fue una más: fue ese día donde los tractores quedaron quietos, los galpones encendieron las luces, pero la fruta ya no estaba en condiciones de entrar. Un silencio técnico, casi quirúrgico, de esos que sólo quienes trabajan la fruta saben leer.
“En Valle Medio el impacto fue directo. Hubo establecimientos que debieron abandonar la cosecha en el acto”, resume Aníbal Caminiti, director de CAPCI, con una claridad que no deja margen para matices. No se trata de una tormenta más: es el tipo de evento que no solo derriba fruta, sino planificación, contratos, logística y expectativas construidas durante un año entero.
La doble herida: granizo y agua, un combo devastador
La granizada fue el primer golpe. Pero los 50 milímetros de lluvia, caídos en pocas horas, terminaron de sellar el daño. En cereza, el agua no es un episodio neutro: es una amenaza silenciosa.
“El agua sobre fruta madura es peligrosa. Cuando sale el sol, aparece la partidura; y la fruta partida es descarte, sin calidad comercial”, explica Caminiti.
La tormenta no solo marcó la superficie: cambió la composición interna de la campaña. Algunas chacras perdieron todo; otras, apenas una parte. Pero todas, incluso las menos afectadas, quedaron bajo la sombra de la incertidumbre.
400 toneladas perdidas y un retroceso que reconfigura la temporada
El cálculo inicial de CAPCI es categórico: 400 toneladas ya están perdidas por daño directo de granizo. Pero lo que viene puede sumar todavía más pérdidas.
Porque la partidura no se ve en el árbol: se revela en la línea de empaque. Recién ahí se sabrá cuánto más quedará fuera del circuito comercial.
Ya antes de este episodio la campaña venía debilitada. Las heladas de septiembre y octubre habían recortado los volúmenes esperados. “Estimábamos una merma del 30 por ciento respecto al año pasado. Ahora, con esta tormenta, algunos establecimientos ya están en una caída del 50 al 60 por ciento.”
En cereza, esos números no son porcentajes: son quebrantos.
El golpe laboral: cosechas suspendidas, empaques apagados
La fruticultura intensiva sostiene a cientos de familias. Y cuando un cultivo cae, el impacto es inmediato.
“En las empresas que dieron por terminada la campaña, se cerró la cosecha y se suspendió el trabajo en empaque”, detalla Caminiti. Los cosecheros vuelven antes a sus provincias. Las mujeres que trabajan en selección y empaque, muchas de ellas sostén de hogar, regresan a un calendario sin ingresos hasta enero.
Es la dimensión social menos visible del daño climático: los días sin fruta son días sin trabajo.
La amenaza que queda flotando en el campo: Drosophila suzukii
Pero la tormenta no termina cuando las nubes se van. Los frutos caídos o heridos son el escenario ideal para que se active una de las plagas más temidas de la fruticultura fina: Drosophila suzukii.
“No puede quedar fruta en planta. Hay que eliminarla o hacer aplicaciones específicas, porque la plaga se reproduce en frutos sobremaduros y heridos”, advierte Caminiti.
Un evento climático puede convertirse, en cuestión de días, en un problema sanitario mayor.
Mientras tanto, sigue el manejo obligatorio: podas en verde, fertilización, ordenamiento de planta, planificación del año próximo. El campo nunca se detiene, incluso cuando financieramente está herido.
Cerezas: el cultivo de precisión que no admite errores
Quien no conoce la cereza podría pensar que es un frutal más dentro del paisaje del Valle. Pero no: es una fruticultura quirúrgica, de detalle fino, de decisiones milimétricas.
“El costo de producir una hectárea de cereza es de tres a cinco veces mayor que el de una hectárea de pepita”, señala Caminiti.
Rinde menos, requiere más inversión, demanda más manejo. Y en un cultivo caro, el margen para absorber un daño climático es prácticamente inexistente.
“Con suerte, algunas empresas cubrirán los costos”, reconoce.
La infraestructura que no alcanza: techos de 50 mil dólares y mallas que pocos pueden pagar
La protección existe. Pero no es accesible para todos.
En Chimpay, por condiciones climáticas, no se usan mallas antigranizo convencionales; se usan techos. Y cada hectárea techada cuesta 50 mil dólares. Una inversión imposible de replicar en las 260 a 270 hectáreas cereceras de la zona.
La manta antigranizo es más barata, pero aun así implica 20 mil dólares por hectárea. Y en un sector que compite en los mercados más exigentes del mundo, el margen es tan corto que la decisión de invertir o no en protección puede definir la continuidad de una empresa.
“Tenemos costos internos altísimos: energía, impuestos, tasas, costos laborales. Competimos en desventaja”, resume Caminiti.
Contratos que caen porque la fruta no está
El mercado internacional no espera. Las exportaciones de cereza se construyen con precisión logística y un calendario agresivo. Pero sin fruta, los acuerdos se desarman.
“La mayoría de los contratos están supeditados a que esté la fruta. Si el evento climático la destruye, se cancelan”, explica Caminiti.
No hay lugar para negociar. El vacío lo marca el árbol.
La fragilidad de una economía que depende del cielo
Caminiti no dramatiza: describe. Y la descripción es suficiente para entender la magnitud del golpe.
“Trabajamos todo el año para una producción estimada. Pero tenemos un socio que no nos consulta: el clima. Cuando aparece un evento así, estamos a pérdida.”
La tormenta dejó cicatrices visibles en el Valle. Pero la más profunda quizá sea la certeza de que la fruticultura de precisión que define a la cereza patagónica necesita un sistema de protección, financiamiento y competitividad que esté a la altura de su complejidad.
Porque el futuro del sector no se juega sólo en los mercados externos. Se juega, sobre todo, en la capacidad de resistir el siguiente golpe del cielo.
La entrevista a Anibal Caminiti se encuentra disponible en todas nuestras plataformas de audio.








