Vaca Muerta genera dólares, pero no desarrollo: la advertencia que deja el boom energético

Producción récord, exportaciones en marcha y una pregunta incómoda: por qué la renta no se traduce en infraestructura, competitividad ni bienestar social

Audio de la entrevista al Lic. Adolfo Storni.

Vaca Muerta avanza. Produce más petróleo y más gas, suma infraestructura, proyecta exportaciones y consolida a la Argentina como un actor energético relevante. Los números acompañan, las inversiones siguen y el sector muestra una dinámica que contrasta con la fragilidad general de la economía nacional. Sin embargo, detrás del entusiasmo por el boom hidrocarburífero, emerge una discusión que empieza a incomodar: el desarrollo energético no está logrando transformarse en desarrollo territorial ni social.

El diagnóstico lo aporta el licenciado Adolfo Storni, reconocido empresario del sector y especialista en energía, pero la conclusión excede su mirada técnica. Vaca Muerta funciona. Lo que no termina de funcionar es el Estado y su capacidad para convertir renta en desarrollo real.

Un sector que avanza, pese a todo

“El año volvió a ser positivo”, resume Storni. Aun con precios internacionales del petróleo en niveles bajos entre 58 y 62 dólares, el sector logró sortear amenazas que hace apenas dos años parecían determinantes. Financiamiento, macroeconomía e infraestructura comenzaron a alinearse.

Argentina, explica, logró normalizar parcialmente el acceso al crédito, algo indispensable para una actividad intensiva en capital. Las empresas se financian con deuda, bonos y préstamos, y el flujo inversor sigue activo. El único factor que hoy introduce ruido es el precio, insuficiente para un negocio que exige obras permanentes y de gran escala.

Pero incluso ese riesgo no detiene la marcha general del proyecto.

Infraestructura: el cuello de botella que empieza a ceder

Durante años, el principal límite de Vaca Muerta no fue la producción, sino el transporte. Gasoductos saturados, oleoductos insuficientes y una matriz pensada para importar energía en lugar de exportarla. Ese esquema empieza a quedar atrás.

Según Storni, entre fines de 2027 y comienzos de 2028 el gas de Vaca Muerta comenzará a fluir de manera sostenida hacia plantas en Río Negro y mercados externos, con exportaciones adicionales desde el primer trimestre de 2028. Las obras están en marcha y no presentan, por ahora, contratiempos relevantes.

Esto también impacta en el mercado interno. Los históricos faltantes invernales, aclara, ya no responden a problemas de producción, sino a picos puntuales de consumo. “Estamos hablando de horas o pocos días, no de crisis estructurales”, sostiene.

La paradoja del surtidor: producimos más, pagamos más

Uno de los mayores malestares sociales aparece cuando la producción crece, pero el precio del combustible no deja de subir. Storni no esquiva la respuesta: casi la mitad del precio final son impuestos.

El esquema vigente fija el precio del crudo al valor internacional, suma costos de refinación, logística mayormente por camión y una carga fiscal que no da señales de reducción. El resultado es una paradoja difícil de explicar para el ciudadano común: un país productor con combustibles caros en términos de ingresos.

Y aquí aparece un punto clave del análisis: el problema no es el precio de la energía, sino la debilidad estructural de la economía argentina.

Energía relativamente barata, economía frágil

Comparada con países vecinos, la energía en Argentina sigue siendo competitiva. El gas, la electricidad y los combustibles están por debajo de los valores regionales. El conflicto surge cuando esos costos se miden contra salarios bajos, informalidad y una estructura productiva endeble.

“Argentina tiene apenas seis millones de trabajadores privados formales”, señala Storni. El resto del sistema se sostiene con empleo público, informalidad y transferencias. En ese contexto, cualquier costo se vuelve pesado.

Esta fragilidad impacta de lleno en las economías regionales. Galpones de empaque, frigoríficos y productores afrontan tarifas altas, cargos de potencia durante todo el año pese a trabajar solo algunos meses y un esquema regulatorio poco flexible. “Hay un problema de diseño, no solo de precios”, advierte.

Dos modelos productivos, una desigualdad evidente

El contraste entre energía y fruticultura expone una falla profunda del modelo de desarrollo. Para Storni, ambos sectores pueden convivir, pero lo hacen bajo reglas muy distintas.

La energía tiene un esquema más ordenado, con una renta distribuida entre provincias, municipios, trabajadores, empresas de servicios y operadores. La fruticultura, en cambio, arrastra décadas de distorsiones: presión impositiva, falta de acuerdos comerciales, costos laborales elevados y un productor que termina siendo la variable de ajuste permanente.

“En la fruticultura todo ajusta por el productor. Nunca por el Estado”, sintetiza.

Mucha renta, impacto social limitado

El cierre deja una definición tan clara como incómoda. Vaca Muerta es clave para la macroeconomía, mejora el balance energético, aporta divisas y fortalece la solvencia fiscal. Pero no es, por sí sola, una solución para el empleo, la pobreza ni el desarrollo local.

Y ahí aparece la pregunta que atraviesa todo el debate neuquino:

si la energía genera dólares, superávit y recursos fiscales, por qué persisten déficits tan graves en infraestructura, servicios básicos y calidad de vida.

Vaca Muerta no falla. Produce y seguirá produciendo.

Lo que sigue fallando es la capacidad del Estado para transformar esa renta en desarrollo territorial, competitividad regional e inclusión social.

El desafío ya no es energético. Es político.

La entrevista la pude escuchar en todas nuestras plataforma de audio.

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