Producir orgánico en el Alto Valle: entre la convicción, la crisis y el cooperativismo.

José García, productor frutícola de General Roca, expone las tensiones de un modelo que apuesta a la calidad, pero choca con costos, clima y falta de reglas claras

La cosecha frutícola ya está en marcha en el Alto Valle y, como ocurre desde hace varios años, avanza en un contexto de alta incertidumbre. Para José García, productor frutícola orgánico de General Roca e integrante de una cooperativa con más de nueve décadas de historia, el inicio de temporada combina una buena calidad de fruta con un escenario estructural cada vez más adverso para el productor primario.

“Dentro de todo, la cosecha viene relativamente bien. Hay zonas con menos unidades, pero la calidad es buena”, resume García. Sin embargo, la tranquilidad dura poco. El impacto del clima vuelve a marcar diferencias profundas entre productores que lograron esquivar el granizo y aquellos que vieron cómo “el esfuerzo de todo un año se pierde en cinco o diez minutos”.

El peso de producir en caída libre

El productor no esquiva el diagnóstico de fondo. La fruticultura del Alto Valle, asegura, atraviesa una caída prolongada que se profundizó en los últimos años por el aumento sostenido de los costos, la presión impositiva y la pérdida de rentabilidad. “Venimos bastante mal los últimos años, el productor primario está en caída, y cuando encima se suma una desgracia climática es muy lamentable”, señala.

A esa fragilidad estructural se suman problemas locales que golpean fuerte en zonas como General Roca. Uno de ellos es la proliferación de cotorras, una plaga que avanza sin control. “Es infernal la cantidad que hay y el daño que hacen. Comen yemas, fruta, nogales verdes, destruyen todo. Se intentó reducir bajando nidos, pero no hubo respuestas concretas”, explica.

Producción orgánica: más exigencias, menos incentivos

García produce bajo sistema orgánico, una elección que hoy describe con crudeza. “La producción orgánica prácticamente no tiene diferencia de precio con la convencional. Hace algunos años el orgánico pagaba un 40 o 50 por ciento más, hoy estamos igual a igual, pero con costos más altos”, afirma.

El manejo sin insumos químicos de síntesis implica protocolos estrictos, monitoreos permanentes y certificaciones exigentes. “Tenés análisis de suelo, de tallos, de fruta, controles uno, dos o tres veces al año. Si encuentran una no conformidad, se cae no solo tu producción, sino la de toda la cooperativa”, detalla.

A eso se suma una dificultad técnica creciente. “La planta necesita nutrientes. Al no poder usar fertilizantes químicos, las defensas bajan, aparecen enfermedades y se pierden kilos. He tenido que reconvertir plantaciones porque se secaron”, reconoce. Esa pérdida de rendimiento empujó a varios productores a abandonar el sistema orgánico y volver al convencional.

El rol clave del cooperativismo

En ese escenario, el cooperativismo aparece como una de las pocas herramientas de contención. García integra una cooperativa histórica del Alto Valle, que define como “muy transparente”, aunque advierte que sostenerla requiere orden, controles y reglas claras para todos los socios.

“El cooperativismo es ayuda mutua. El que tiene 100 kilos y el que tiene un millón cobra lo mismo si la calidad es la misma. Eso en otras partes del mundo funciona muy bien”, explica. En el Alto Valle, en cambio, quedaron pocas cooperativas en pie. “Muchas se fundieron por manejos turbios. Los resultados están a la vista”, dispara.

La ventaja del trabajo colectivo es clara: volumen, protocolos y acceso a mercados. “Tenemos 14 protocolos de exportación que facilitan la comercialización. Comprar productor por productor es inviable para los mercados grandes”, resume.

Mercados externos y consumo interno ausente

La fruta orgánica del Alto Valle tiene destino casi exclusivo en el exterior. Europa, Estados Unidos y algunos países de Asia concentran la demanda. El mercado interno, en cambio, sigue siendo marginal. “No estamos preparados ni concientizados para consumir orgánico. Hay nichos muy pequeños en Buenos Aires o Córdoba, pero es ínfimo”, sostiene.

García cree que el modelo orgánico debería pensarse a escala territorial. “Si hubiera bloques de producción orgánica, se reducirían costos y el uso de químicos. Pero hoy tenés chacras orgánicas rodeadas de convencionales y abandonadas, que son focos de plagas”, advierte.

Chacras abandonadas y ausencia del Estado

Uno de los reclamos más firmes del productor apunta a la falta de políticas para erradicar chacras abandonadas. “Hay chacras con tres, diez o veinte años sin producir que son hospedero de plagas. No hay una ley que obligue a erradicar. En otros países te multan si abandonás una zona productiva”, compara.

A eso suma el avance del loteo y los planes de vivienda sobre tierras bajo riego. “Después le ponen condiciones al productor que quedó al lado. Es absurdo. Estamos desperdiciando un paraíso productivo”, lamenta.

Producir sin saber cuánto se va a cobrar

Quizás el punto más crítico del testimonio de García sea la incertidumbre comercial. “El productor nunca sabe cuánto va a cobrar su fruta. Todavía no tenemos el precio final de la cosecha pasada. Trabajamos a la deriva”, afirma.

El año pasado, recuerda, la fruta para industria bajó su precio en relación con la temporada anterior. “Todo tiene precio menos la fruta. Nadie pone un piso, nadie hace nada. Las entidades perdieron fuerza porque quedamos muy pocos productores”, describe.

Un legado que resist

A pesar del diagnóstico duro, García no baja los brazos. “Voy a seguir mientras pueda, por el legado de mi padre y mis abuelos. Esto es lo que elegimos”, dice. Reconoce que no tiene sucesores y que el riesgo acompaña al productor los 365 días del año, incluso después de cosechar.

“Producir fruta es producir alimentos, generar trabajo. La tierra bajo riego tiene que estar produciendo algo. Hoy la estamos abandonando”, concluye.

Su testimonio sintetiza el dilema del Alto Valle: un territorio con condiciones naturales excepcionales, productores con conocimiento y vocación, pero atrapados en un sistema que no paga en tiempo y forma, no ofrece previsibilidad y empuja a la actividad a una lenta pero persistente retirada.

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