Producir del otro lado del río: la ganadería ovina frente a la sequía y el aislamiento

Miguel Railen, productor ovino de la margen sur del río Negro, describe un escenario crítico: tres años de déficit hídrico, caminos rurales deteriorados y la paralización de la balsa que duplica distancias y costos. Un territorio que resiste, pero reclama condiciones básicas para seguir produciendo.
Audio de la entrevista al productor Miguel Railen
En la geografía productiva del Alto Valle, no todo se mide en hectáreas o cabezas de ganado. A veces, la diferencia entre sostener o abandonar una actividad se define por una balsa que cruza o no el río.
Del otro lado del río Negro, en la zona rural que conecta Villa Regina con el corredor hacia Ramos Mexía, unos 70 pequeños productores ovinos atraviesan una coyuntura que combina sequía prolongada, dificultades logísticas y creciente fragilidad económica. Miguel Railen es uno de ellos.
“El panorama sigue siendo de sequía. Ya van para tres años. No tenemos lluvias en los momentos que tienen que darse, y eso es crítico”, resume.
Sequía estructural y deterioro productivo
La problemática no es meramente coyuntural. Según relata, las precipitaciones registradas fueron extemporáneas: lluvias aisladas fuera del ciclo primaveral que no lograron recomponer el tapiz vegetal.
“El campo no se recupera. Los animales no se engordan, los terneros quedan chicos. La vaca no tiene leche porque come puro monte. No tenemos el rendimiento que debería tener el animal”, explica.
El efecto es directo sobre la estructura económica del pequeño ganadero: menor peso, menor calidad, menor ingreso. Si bien el mercado no es desfavorable en términos nominales, la hacienda llega en condiciones deficitarias. La ecuación se desequilibra.
En paralelo, algunos productores comenzaron a trasladar animales hacia chacras cercanas a la zona urbana, buscando alternativas de supervivencia. “Nos estamos rebuscando como podemos”, admite.
La balsa: infraestructura mínima, impacto máximo
Sin embargo, el factor que concentra mayor malestar no es únicamente climático. Es logístico.
La paralización de la balsa que conecta la margen sur con Villa Regina obliga a recorrer hasta 120 kilómetros cuando el cruce directo permitiría reducir el trayecto a la mitad.
“Nosotros hacemos 120 kilómetros cuando podríamos hacer 60. Eso encarece todo y rompe los vehículos. Lo que más nos urge es la balsa”, señala Railen.
El productor relata gestiones ante autoridades municipales y provinciales. Reconoce haber sido recibido por el gobernador, quien mostró “buena predisposición”, aunque hasta el momento no se concretaron soluciones. La situación, sostiene, excede lo presupuestario y se vincula a prioridades administrativas.
Más allá de los matices políticos, el dato objetivo es contundente: sin cruce operativo, la competitividad del pequeño productor se erosiona aceleradamente.
Caminos rurales y efecto colateral energético
Durante los últimos años, la actividad vinculada a la extracción de arena para la industria hidrocarburífera generó tránsito pesado en la zona. Según Railen, las empresas colaboraron en el mantenimiento de caminos mientras operaron allí.
Sin embargo, esa actividad ya está en proceso de traslado hacia la provincia de Neuquén. Con su partida, se diluye también ese aporte indirecto a la infraestructura.
“Ahora quedamos más solos que nunca. Los caminos los va a tener que seguir arreglando Vialidad”, advierte.
Hacia Ramos Mexía, describe tramos en buen estado hasta donde operaba la empresa, pero el deterioro es marcado más allá de ese punto, con sectores que según afirma no reciben mantenimiento hace varios años.
El resultado es un entramado logístico frágil: para acceder a servicios médicos o trámites, deben circular por caminos de tierra hasta Valle Azul o General Roca, con recorridos extensos y variables según el estado de los caminos.
Crédito, asistencia y límites financieros
Consultado sobre herramientas de apoyo, el productor reconoce la presencia de asistencia técnica veterinaria, pero descarta ayudas directas o provisión de forraje.
“Había créditos para gestionar, pero el crédito hay que pagarlo. ¿Con qué lo pagamos si los animales no rinden?”, plantea.
La lógica del endeudamiento, en un contexto de baja productividad y elevada incertidumbre climática, se percibe como un riesgo adicional más que como una solución.
Persistir en el territorio
A pesar del cuadro adverso, Railen no habla de abandono inmediato. Habla de insistencia.
“Seguimos adelante porque somos de allá, porque nos gusta y porque elegimos eso”, afirma.
Pero también desliza una advertencia demográfica: si la situación no mejora, la migración hacia el pueblo podría profundizarse. La ganadería ovina de la margen sur no es un enclave marginal: involucra decenas de productores y sus familias, eslabones silenciosos de la economía regional.
Una discusión de escala regional
El testimonio no apunta a la confrontación, sino a la visibilización de una realidad territorial que suele quedar fuera del radar urbano.
La ecuación es sencilla y estructural: sin agua no hay pasto; sin pasto no hay hacienda; sin infraestructura no hay competitividad.
En el debate sobre desarrollo regional, infraestructura rural y sostenibilidad productiva deberían formar parte del mismo diagnóstico. Porque producir del otro lado del río no es una consigna romántica: es una decisión económica que requiere condiciones mínimas para ser viable.
Mientras tanto, en la margen sur del río Negro, la espera continúa. La lluvia en marzo podría aliviar el cuadro forrajero. La reactivación de la balsa reduciría costos y distancias. Son variables concretas, no simbólicas.Y para unos 70 pequeños productores ovinos, pueden marcar la diferencia entre resistir o retirarse del territorio.








