Más allá del sello: por qué la producción orgánica comienza mucho antes de dejar de usar agroquímicos

La ingeniera agrónoma María Elena Chiappe, responsable de Desarrollo Comercial de Ecocert Argentina, explica que producir bajo normas orgánicas implica un cambio integral del sistema productivo. Desde el cuidado del suelo hasta la trazabilidad y las exigencias de cada mercado internacional, la certificación aparece hoy como una herramienta estratégica para acceder a nuevos destinos comerciales y generar valor agregado.
Audio: ingeniera agrónoma María Elena Chiappe– ECOCERT ARGENTINA.
Durante muchos años, la producción orgánica estuvo rodeada de conceptos simplificados que, aunque bien intencionados, terminaron generando más confusión que certezas. Para buena parte de la sociedad, producir orgánico significa simplemente dejar de aplicar agroquímicos. Sin embargo, detrás de esa imagen existe un entramado técnico, normativo y productivo mucho más complejo, donde cada decisión dentro del establecimiento forma parte de un sistema pensado para preservar el ambiente, garantizar la trazabilidad y ofrecer al consumidor una verdadera garantía de origen.
Ese fue el eje central de la conversación mantenida con la ingeniera agrónoma María Elena Chiappe, responsable de Desarrollo Comercial de Ecocert Argentina, quien sostiene que el primer desafío consiste precisamente en desmontar los mitos que todavía existen alrededor de la certificación orgánica.
«Muchas veces encontramos productores con prácticas muy cercanas a lo que exige la producción orgánica, pero es importante entender que, en Argentina, un producto solo puede denominarse orgánico cuando cuenta con la certificación correspondiente», explicó.
Lejos de ser una formalidad administrativa, esa certificación representa la validación de un proceso completo que involucra todas las etapas de la producción.
Un cambio de paradigma, no una receta
Uno de los aspectos más interesantes que dejó la entrevista es la idea de que la producción orgánica no debe entenderse como un listado de productos permitidos o prohibidos.
En realidad, se trata de un modelo de manejo donde el objetivo principal es construir sistemas agrícolas capaces de conservar los recursos naturales mientras producen alimentos de calidad.
Chiappe explica que la ausencia de agroquímicos de síntesis constituye apenas uno de los pilares del sistema.
La verdadera diferencia aparece en la manera en que se administra el suelo, se protege la biodiversidad, se planifica la fertilización y se toman decisiones pensando en la sustentabilidad de largo plazo.
«La norma no exige partir de un suelo perfecto. Lo que evalúa es que exista un manejo orientado a mejorar su fertilidad, conservar su estructura y potenciar su vida biológica», señaló.
Ese enfoque resulta especialmente relevante para regiones como el Alto Valle, donde la calidad del suelo representa uno de los principales activos de la producción frutícola.
El suelo deja de ser un soporte y pasa a ser un organismo vivo
Uno de los conceptos que atraviesa toda la entrevista es la mirada integral sobre el ambiente productivo.
En la agricultura convencional muchas veces el suelo aparece como un simple soporte físico para el cultivo.
En cambio, dentro del sistema orgánico, el suelo constituye un organismo vivo cuya salud determina buena parte del equilibrio del establecimiento.
Por esa razón, las prácticas destinadas a evitar la erosión, conservar la cobertura vegetal, incorporar materia orgánica y favorecer la actividad biológica ocupan un lugar central dentro de las auditorías de certificación.
No se trata solamente de producir una fruta diferente.
Se trata de producir dentro de un ecosistema más estable.
La biodiversidad también forma parte de la certificación
Otro de los aspectos que suele pasar inadvertido es la importancia que adquiere la biodiversidad.
Chiappe explica que la presencia de coberturas vegetales, cortinas forestales o diferentes especies dentro del establecimiento no
constituye un requisito obligatorio en todos los casos, pero sí refleja el espíritu con el que fueron concebidas las normas orgánicas.
Incluso el concepto tradicional de «maleza» cambia de significado.
Muchas especies consideradas habitualmente como competidoras pueden transformarse en aliadas para proteger el suelo, conservar humedad o favorecer la presencia de insectos benéficos
La producción orgánica, sostiene la especialista, invita a observar el establecimiento como un sistema donde todos los componentes interactúan y cumplen una función.
La certificación continúa dentro del empaque
Cuando la fruta abandona la chacra, el proceso está lejos de terminar.
Uno de los mayores desafíos aparece precisamente en la etapa industrial.
Empaques, frigoríficos y plantas elaboradoras deben garantizar que la identidad del producto orgánico nunca se pierda.
Eso significa evitar mezclas con mercadería convencional, mantener líneas diferenciadas o establecer turnos específicos de trabajo, además de asegurar procedimientos de limpieza cuando se utilizan las mismas maquinarias para ambos sistemas.
«La identidad y la integridad del producto deben mantenerse durante todo el proceso», explicó Chiappe, quien remarcó que la trazabilidad constituye uno de los pilares de la certificación moderna.
Un sello que abre puertas… pero cada mercado tiene su propia llave
Si existe un aspecto especialmente valioso para los productores exportadores, es el referido a las normas internacionales.
Lejos de existir un único estándar mundial, cada país desarrolló su propia legislación para los productos orgánicos.
Argentina mantiene equivalencia con la Unión Europea para la mayoría de los productos, mientras que Estados Unidos, Brasil, Japón, China, Corea o Taiwán poseen sistemas regulatorios específicos.
Esto significa que la estrategia comercial debe comenzar mucho antes de cosechar.
Antes incluso de iniciar el proceso de certificación, resulta indispensable conocer cuál será el destino comercial de la producción.
De esa decisión dependerá qué norma deberá certificarse y qué requisitos adicionales será necesario cumplir.
Para un país fuertemente exportador como Argentina, este aspecto deja de ser un detalle técnico para transformarse en una variable estratégica del negocio.
El costo no siempre es el principal obstáculo
Otro de los mitos que la especialista intenta derribar está relacionado con la idea de que la certificación orgánica solo es posible para grandes empresas.
Según explica, muchos pequeños emprendimientos desestiman la posibilidad incluso antes de realizar una consulta técnica.
Sin embargo, cada proyecto posee características propias y puede analizarse individualmente.
«Muchas veces el productor cree que no va a poder certificar o que el costo será inaccesible, cuando en realidad lo primero es informarse y evaluar cada caso», sostuvo.
La certificación deja entonces de verse únicamente como un gasto y comienza a interpretarse como una inversión vinculada al acceso a mercados con mayor valor agregado.
Tres años para cambiar una forma de producir
Quizá uno de los conceptos menos conocidos sea el período de transición.
Cuando un establecimiento proviene de un sistema convencional, la certificación no se obtiene de manera inmediata.
En cultivos perennes, como los frutales del Alto Valle, la normativa establece un período que puede extenderse hasta tres años.
Durante ese tiempo no solo desaparecen determinadas prácticas agronómicas.
También cambia la forma de observar el establecimiento, de planificar las intervenciones y de comprender el funcionamiento del sistema productivo.
Es un proceso de aprendizaje técnico, adaptación y mejora continua que prepara al productor para cumplir plenamente con los estándares exigidos por los mercados internacionales.
Una herramienta para competir en un mercado cada vez más exigente
La producción orgánica dejó hace tiempo de ocupar un espacio marginal dentro de la agricultura mundial.
Hoy representa uno de los segmentos con mayor crecimiento dentro del comercio internacional de alimentos, impulsado por consumidores que exigen información, transparencia y procesos productivos verificables.
En ese contexto, la certificación ya no constituye únicamente un reconocimiento ambiental.
También funciona como una herramienta comercial capaz de diferenciar productos, abrir nuevos mercados y construir confianza.
La entrevista con María Elena Chiappe deja una enseñanza que trasciende lo estrictamente técnico: producir orgánico no significa simplemente reemplazar un insumo por otro. Implica adoptar una nueva forma de entender la agricultura, donde el suelo, la biodiversidad, la trazabilidad y la responsabilidad ambiental pasan a integrar una misma ecuación.
Y quizá allí resida el verdadero valor del sello orgánico: no en la etiqueta que finalmente llega al consumidor, sino en todo el trabajo silencioso que comienza mucho antes de la cosecha y que convierte cada etapa del proceso en una garantía de calidad, transparencia y compromiso con el futuro.
Cinco conceptos que deja la entrevista
Orgánico certificado: en Argentina, un producto solo puede denominarse orgánico cuando cuenta con certificación oficial.
El suelo es protagonista: las normas promueven mejorar la fertilidad, conservar la estructura y potenciar la vida biológica.
Cada mercado tiene sus propias reglas: exportar exige conocer la normativa específica del país de destino.
La trazabilidad es obligatoria: el producto debe mantenerse identificado y separado durante todo el proceso productivo e industrial.
La transición requiere tiempo: en frutales, el paso desde un sistema convencional hacia uno orgánico puede demandar hasta tres años antes de obtener la certificación.










