Horacio Vicci, el productor que decidió regalar fruta: “La chacra me da tres meses y me pide nueve”

Mientras avanza con la cosecha de manzanas, el productor frutícola que semanas atrás conmovió al país al donar y descartar peras por falta de rentabilidad vuelve a poner en palabras el drama silencioso de la fruticultura: costos que superan al precio de venta, productores cada vez más solos y una actividad que ve alejarse a las nuevas generaciones.
Audio de la entrevista al productor frutícola del Valle Medio, Horacio Vicci
Por estos días, mientras los cosechadores avanzan entre hileras de manzanas, Horacio Vicci camina su chacra con la serenidad de quien conoce cada árbol desde hace décadas. La temporada avanza entre la recolección de manzana Red, Granny Smith y algunas variedades nuevas, pero el recuerdo reciente de las peras que decidió enviar a industria, regalar y en parte descartar sigue latiendo como una herida abierta.
Aquella escena, que rápidamente se viralizó en redes sociales, expuso una realidad incómoda: producir fruta de calidad ya no garantiza sobrevivir económicamente.
Hoy, mientras la cosecha de manzanas atraviesa su tramo medio, Vicci vuelve a hablar. Y lo hace con la mezcla de orgullo, cansancio y honestidad que caracteriza a quienes han pasado la vida trabajando la tierra.
Donar fruta para que no se pierda
Semanas atrás, una parte de la producción de peras de su chacra fue destinada a industria. Otra, directamente donada.
Entre los destinos estuvo una escuela, donde la fruta llegó en forma de pequeños gestos que terminaron generando algo mucho más grande.
“Ver a los chicos felices, comiendo lo que uno produce, es algo que te acelera el corazón”, cuenta.
Las imágenes que recibió después de la donación todavía lo conmueven: niños con vasos llenos de fruta cortada, risas espontáneas y una directora agradecida por un gesto que, en términos económicos, quizás no resolvía nada, pero en términos humanos lo decía todo.
La iniciativa surgió casi de manera casual.
“Muchas veces uno está tan metido en la producción que no se da cuenta de que hay gente que realmente lo necesita. Un día lo vi en redes sociales y pensé que era el momento justo para colaborar con escuelas o hospitales”.
Las sandías que también donó fueron cortadas en cubos y repartidas como postre.
La escena simple, doméstica, profundamente humana dejó una marca en el productor.
“Te juro que se te pone la piel de gallina. Hay momentos en que uno se emociona”.
La manzana que hoy sostiene la temporada
Mientras tanto, la actividad en la chacra continúa. La cosecha de manzanas avanza con producciones moderadas, en parte afectadas por los eventos climáticos de la temporada.
“No hay mucha producción por los problemas climáticos que tuvimos, pero lo poco que hay se está defendiendo”, explica.
Los precios de la manzana Red apenas logran cubrir los costos de producción. No es el escenario ideal, pero al menos permite sostener la actividad.
Entre las variedades aparece también Evelina, una manzana aún poco conocida en el Alto Valle.
Pici tiene apenas unas 200 plantas.
“Debe haber entre 10 y 12 mil kilos. Es el tercer año que la tengo y está costando venderla porque nadie la conoce, pero es una manzana muy rica”.
La apuesta a nuevas variedades aparece como una estrategia de supervivencia. Una forma de explorar alternativas en un contexto que cada temporada se vuelve más incierto.
El problema estructural: producir para perder
Detrás de cada decisión productiva aparece una ecuación económica cada vez más difícil de sostener.
El productor lo explica con un ejemplo concreto.
Hace pocos días retiró del frigorífico 18 bines de pera William que habían permanecido apenas once días en frío.
La factura fue de 720.000 pesos.
“Solo por tener la fruta diez días en el frío ya estoy perdiendo más o menos cien pesos por kilo”, describe.
Si la fruta se vende a 300 pesos el kilo, la cuenta se vuelve evidente.
Después hay que restar el flete, la mano de obra, los insumos.
“Cuando te querés acordar, la fruta fue a pérdida”.
La paradoja es brutal: producir más no significa ganar más.
Muchas veces significa exactamente lo contrario.
Una cadena donde el productor queda solo
En el análisis de Vicci aparece una sensación compartida por muchos chacareros del Valle: el productor primario ocupa el eslabón más vulnerable de la cadena frutícola.
“El productor está cada vez más solo”, afirma.
Y lo dice sin dramatismo, casi como quien enuncia una verdad conocida.
Los pequeños y medianos productores sobreviven gracias a años de experiencia, resiliencia y una relación íntima con la tierra. Pero el relevo generacional parece cada vez más distante.
“La juventud está tomando otro rumbo”.
El dolor silencioso de una actividad sin herederos
La reflexión se vuelve más íntima cuando habla de su propio hijo.
“No sé qué va a hacer cuando yo no esté”, dice.
La respuesta que recibió alguna vez todavía le duele.
“Me dijo que el día que yo no esté va a vender la chacra porque esto no tiene futuro”.
La frase resume el drama de muchas familias frutícolas , proyectos productivos construidos durante generaciones que hoy enfrentan un horizonte incierto.
Pici lo admite con una mezcla de tristeza y orgullo.
“Costó tanto tener una chacra así… y ver que no es rentable duele”.
Una actividad que da tres meses y pide nueve
Cuando se le pregunta por los números, el productor sintetiza la ecuación con una frase que resume el drama económico de la fruticultura.
“La chacra me da tres meses y me pide nueve”.
Los ingresos se concentran en el corto período de cosecha, mientras que los gastos insumos, mantenimiento, mano de obra, impuestos se extienden durante todo el año.
“De lo que entra, la chacra misma se lleva casi todo de vuelta”.
El resultado es una actividad donde el margen para vivir, invertir o modernizar maquinaria se vuelve cada vez más estrecho.
“No quiero lástima”
A pesar de todo, Vicci insiste en algo que repite varias veces durante la conversación.
“No quiero que me tengan lástima”.
Su intención, aclara, no es generar compasión sino mostrar la realidad del productor frutícola.
La escena que describe al final de la charla lo resume con crudeza.
Hace pocos días entró a un comercio de su propio pueblo y vio un kilo de peras a 1990 pesos.
“Una pera chica, y a ese precio”.
La pregunta surge inevitable.
Si el consumidor paga casi dos mil pesos por kilo, ¿por qué el productor recibe apenas una fracción?
La respuesta, como tantas otras en la fruticultura argentina, sigue perdida en los laberintos de la cadena comercial.
El orgullo de seguir produciendo
A pesar del cansancio, de las cuentas que no cierran y del futuro incierto, Horacio Vicci no abandona.
“Ser productor es un orgullo”, dice.
El día de la charla era día de tormenta y mientras la tormenta comienza a descargar su furia sobre el Valle, la cosecha continúa.
Porque, incluso en medio de la incertidumbre, la tierra sigue pidiendo manos que la trabajen.
La fruta donada:











