Hay escuelas que enseñan. Y otras que consiguen que sus alumnos siempre quieran volver

Ocho jóvenes que egresaron en 2024 podrían haberse quedado con los recuerdos de la secundaria. Sin embargo, eligieron regresar a la Escuela Agraria Alto Valle Este para trabajar de manera voluntaria en la Fiesta Provincial del Chorizo Casero. Detrás de esa decisión hay una historia que habla de educación, identidad y pertenencia.

Audio de la entrevista a Mateo Vertua, ex alumno.

Hay despedidas que nunca terminan de concretarse.

Cuando suena el último timbre, se entrega el diploma y llega el momento de la foto de egresados, la mayoría de los estudiantes comienza a escribir una nueva etapa lejos de las aulas que los acompañaron durante años. Es el ciclo natural de cualquier escuela.

Pero hay instituciones que dejan una huella tan profunda que el vínculo no termina el día de la graduación.

Simplemente cambia de forma.

Eso fue lo que ocurrió con Mateo Vertua y otros siete compañeros de la promoción 2024 de la Escuela Agraria Alto Valle Este. Podrían haberse reencontrado para un asado, un cumpleaños o una cena entre amigos. Sin embargo, eligieron otro motivo: volver a la escuela para trabajar.

Así nació la Peña “Puro Humo”, integrada exclusivamente por exalumnos que decidieron colaborar en la novena edición de la Fiesta Provincial del Chorizo Casero, uno de los eventos más representativos de la institución.

La decisión parece sencilla. En realidad, dice mucho más de lo que parece.

«Es una escuela secundaria muy buena, con un ambiente muy familiar. Además de los conocimientos, me llevo el grupo humano y los mejores recuerdos», cuenta Mateo.

Su relato no gira alrededor de materias ni de exámenes. Habla de campamentos, jornadas de trabajo, actividades organizadas por el centro de estudiantes y experiencias compartidas que, casi sin

darse cuenta, fueron construyendo algo que hoy resulta difícil explicar con una sola palabra.

Habla de pertenencia.

«Desde primer o segundo año uno empieza a participar y siente que forma parte de la escuela. Esas actividades hacen que quieras involucrarte cada vez más.»

La frase parece sencilla, pero encierra una de las mayores aspiraciones de cualquier proyecto educativo: lograr que los estudiantes no vivan la escuela como una obligación, sino como un espacio propio.

Quizá por eso, cuando la Fundación comenzó a organizar una nueva edición de la Fiesta Provincial del Chorizo Casero, ninguno necesitó demasiadas explicaciones.

Se llamaron entre ellos.
Preguntaron quién podía viajar.
Buscaron una receta.
Organizaron horarios.
Y volvieron.
No porque alguien se los pidiera.
No porque hubiera una recompensa.
Volvieron porque sintieron que era el momento de devolver una parte de todo lo que habían recibido.

«Siempre colaborábamos cuando éramos alumnos. Ahora queríamos hacerlo desde otro lugar. Es una forma de devolverle un poco de trabajo a la escuela.»

En tiempos donde muchas veces el éxito parece medirse por la velocidad con la que se deja atrás el lugar de origen, estos ocho jóvenes eligieron exactamente lo contrario: regresar.

Y ese gesto, silencioso y cotidiano, tiene una fuerza difícil de ignorar.

Porque detrás de cada chorizo que preparan durante largas jornadas de trabajo hay reuniones para definir recetas, compras, organización, coordinación y muchas horas compartidas.

«Lo importante es encontrar una buena receta, organizarse bien y trabajar en equipo. Después todo lo demás se aprende.»

Sin proponérselo, Mateo vuelve una y otra vez sobre la misma idea.

El trabajo colectivo.
No como un discurso.
Como una práctica.

Es el mismo espíritu que recuerda de los días en la huerta, del cuidado de los animales, de las tareas compartidas y de aquellas actividades donde cada estudiante entendía que el resultado dependía del esfuerzo de todos.

«Siempre decimos que la escuela es como una familia grande, donde todos trabajan para cumplir un objetivo.»

La definición ayuda a comprender por qué, apenas después de egresar, todavía sienten que ese lugar también les pertenece.

Mientras algunos continúan estudiando Ingeniería Agronómica, otros Veterinaria y varios eligieron caminos diferentes, todos coinciden en algo: la Escuela Agraria les dejó mucho más que conocimientos técnicos.

Les enseñó una manera de relacionarse con el trabajo, con los demás y con la comunidad.

Cuando se le pregunta qué le diría hoy al Mateo que ingresó por primera vez a la escuela, no habla de calificaciones, de materias difíciles ni de exigencias académicas.

Piensa unos segundos.
Y responde con una sinceridad desarmante.
«Le diría que disfrute cada momento. A veces uno no se da cuenta mientras lo está viviendo. Después entendés que esos son los recuerdos que realmente quedan.»
Quizá allí esté la explicación de este regreso.

Las escuelas suelen evaluarse por sus resultados académicos, por sus proyectos o por la cantidad de egresados que logran insertarse en el mundo laboral.

Todo eso es importante.
Pero hay otra forma de medir el impacto de una institución.
Más silenciosa.
Más difícil de cuantificar.
Consiste en observar qué hacen sus alumnos cuando ya no tienen la obligación de volver.

En la Escuela Agraria Alto Valle Este, ocho jóvenes respondieron a esa pregunta sin necesidad de pronunciar grandes discursos.

Simplemente regresaron.
No para buscar un título.
No para cumplir una obligación.
Sino para trabajar, compartir y sostener una tradición que consideran parte de su propia historia.
Y tal vez esa sea la cosecha más valiosa que una escuela pueda recoger.
Porque enseñar contenidos es una misión.
Lograr que, años después, alguien siga sintiendo ese lugar como su casa es algo mucho más profundo.
Es construir comunidad.
Y hay frutos que solo se comprenden cuando llega el momento de volver.

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