De la norma al valor: cómo la certificación redefine la producción agroalimentaria en la Argentina

Orgánico, sustentabilidad y mercados exigentes: el rol silencioso pero decisivo de las certificadoras

Audio de la entrevista al Lic.Mario Passo Country Manager Argentina – Paraguay – Uruguay

En un escenario agroalimentario atravesado por nuevas demandas globales trazabilidad, sustentabilidad, inocuidad y responsabilidad social, hay actores que operan lejos del foco mediático pero resultan determinantes para que la producción llegue a destino. Son las certificadoras. Y dentro de ese universo, el caso de Ecocert y Ecocert Argentina sintetiza una transformación profunda del negocio agroexportador.

“Nosotros somos organismos de verificación y control”, define con precisión el licenciado Mario Passo Country Manager, Argentina – Paraguay – Uruguay. Pero detrás de esa definición técnica hay algo más: un engranaje clave que conecta producción, normativa internacional y mercados.

Una historia que nace con la ley orgánica argentina

El recorrido de Argencer no es casual ni reciente. Se remonta al año 91, en paralelo al surgimiento del marco normativo que ordenó la producción orgánica en el país.

“La empresa se inició de la mano de la ingeniera Laura Montenegro, que participó en el desarrollo de la normativa orgánica trabajando en Senasa”, recuerda Passo. Ese origen no solo le otorgó legitimidad técnica, sino también una identidad: acompañar el desarrollo de un modelo productivo diferenciado.

Aquel proyecto inicial entonces bajo el nombre Argencer evolucionó hasta integrarse, al grupo internacional Ecocert, una multinacional con presencia en 30 países, y cambia su denominación para reflejar su pertenencia al Grupo ECOCERT.

La trayectoria de ECOCERT ARGENTINA en el país esta, ahora más que nunca, en línea con la misión del Grupo ECOCERT

Hoy, desde Argentina, no solo se gestionan proyectos locales, sino también operaciones en Paraguay y Uruguay, consolidando una lógica de escala regional.

Certificar no es solo cumplir: es transformar el sistema productivo

Lejos de una mirada burocrática, la certificación implica, en la práctica, un cambio estructural en la forma de producir.

“El productor que quiere certificarse tiene que modificar su modelo de gestión”, explica Passo. Y en el caso de lo orgánico, ese cambio es radical: queda excluido el uso de insumos de síntesis química.

Pero el alcance va mucho más allá.

Ecocert trabaja bajo un criterio claro: solo certifica estándares vinculados a tres ejes centrales

– cuidado ambiental

– responsabilidad social

– inocuidad alimentaria

Esto se traduce en una amplia cartera de esquemas: certificación orgánica para mercados globales incluidos destinos altamente exigentes como China o Corea, protocolos de comercio justo como Fair for Life, agricultura regenerativa, normas para viñedos sustentables, estándares como GlobalG.A.P., sistemas de inocuidad industrial y hasta certificación de cosmética natural bajo el esquema Cosmos.

La certificación, en este sentido, deja de ser un requisito y pasa a ser una herramienta estratégica de posicionamiento.

El proceso: entre la exigencia técnica y la construcción de confianza

Uno de los aspectos menos comprendidos del sistema es su lógica operativa. A diferencia de lo que suele suponerse, la certificadora no “enseña” a producir bajo norma.

“El productor debe llegar con el sistema implementado. Nosotros verificamos”, aclara Passo.

El proceso comienza con una instancia clave: el análisis de viabilidad del proyecto. Luego se formaliza la relación contractual y se avanza hacia la auditoría en campo o planta. Allí, el auditor constata que lo declarado se cumpla efectivamente.

El resultado no es menor: un certificado anual que habilita el acceso a mercados y valida comercialmente el producto.

Ese ciclo se repite cada año. La certificación no es un trámite puntual, sino un compromiso continuo.

Un modelo que combina control con acompañamiento

Aunque su función es estrictamente técnica, la empresa reconoce una dimensión pedagógica en su trabajo.

“Tratamos de acompañar al cliente sin perder objetividad. Es un proceso educativo”, sostiene el director.

Esa dualidad control y acompañamiento resulta clave en contextos donde la certificación implica inversiones, cambios culturales y adaptación a normativas complejas.

La primera aproximación, incluso, es accesible: con datos básicos del proyecto (producto, superficie, ubicación y mercado de destino), la empresa puede elaborar una propuesta sin costo.

Pero hay un detalle que revela una filosofía de trabajo: el valor del contacto directo.

“Preferimos hablar con el productor, conocernos. Eso hace más eficiente todo el proceso”, subraya Passo.

Presencia territorial y lógica federal

En un país con fuerte diversidad productiva, la capilaridad territorial es determinante.

Ecocert Argentina opera en todo el país, con equipos técnicos distribuidos en regiones estratégicas: Alto Valle, Cuyo y el NEA, donde se concentra la actividad vinculada al té y la certificación forestal.

En el caso del Alto Valle territorio emblemático de la fruticultura, la empresa supo tener base operativa en Cipolletti y luego en General Roca, consolidando una presencia directa en el corazón productivo.

Mercados que ya no negocian estándares

Detrás del crecimiento de la certificación hay una realidad inexorable: los mercados internacionales han elevado la vara.

Ya no se trata solo de calidad comercial. Se exige trazabilidad, sustentabilidad verificable y cumplimiento normativo estricto.

En ese contexto, las certificadoras se convierten en garantes de confianza en cadenas cada vez más complejas.

Y para regiones como el Alto Valle, donde la exportación es columna vertebral, el rol de estos organismos deja de ser accesorio para convertirse en estructural.

La certificación, muchas veces percibida como un requisito externo, es en realidad un lenguaje común que ordena la relación entre producción y mercado.

En ese entramado, empresas como Ecocert no solo auditan: interpretan normas, traducen exigencias y, en definitiva, contribuyen a que la producción regional dialogue en igualdad de condiciones con el mundo.

Porque en la agroindustria contemporánea, producir bien ya no alcanza. Hay que demostrarlo. Y ahí, precisamente, comienza el verdadero valor de certificar.

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