Biocontroladores en el Alto Valle: la revolución silenciosa que busca reducir hasta un 70% el uso de insecticidas

Desde hace más de dos décadas, el INTA Alto Valle desarrolla estrategias biológicas para combatir plagas clave de la fruticultura. Hoy, una pequeña avispa nativa emerge como pieza central de una transición productiva que combina ciencia, sustentabilidad y menor impacto ambiental.

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Audio de la entrevista a la ing. Silvina Garrido (INTA Alto Valle)

En la fruticultura del Alto Valle, donde durante décadas el control sanitario estuvo dominado por la lógica química, empieza a consolidarse todavía de manera silenciosa, pero cada vez con mayor respaldo técnico un cambio profundo en la forma de enfrentar las plagas.

No llega en forma de molécula sintética ni de una nueva pulverización. Llega volando.

Tiene menos de tres milímetros, el tamaño de una hormiga, y un comportamiento biológico capaz de alterar el equilibrio dentro del monte frutal.

“Lo que buscamos es integrar organismos vivos al manejo sanitario para disminuir el impacto ambiental y avanzar hacia sistemas cada vez más sustentables”, explica la ingeniera Silvina Garrido, investigadora del INTA Alto Valle y una de las referentes regionales en biocontroladores.

La escena puede parecer mínima: liberar pequeñas avispas en una chacra. Pero detrás de ese gesto hay más de veinte años de investigación, ensayos a campo y una transformación conceptual que empieza a redefinir el modelo sanitario de la fruticultura regional.

Del insecticida al organismo vivo

El trabajo del Centro Multiplicador de Biocontroladores CEMUBIO no nació de una moda ambiental ni de una tendencia pasajera.

“Desde 2004 venimos explorando especies y organismos que nos ayuden a combatir plagas integrándolos al manejo sanitario tradicional”, cuenta Garrido.

El objetivo fue siempre el mismo: reducir el impacto negativo que puede generar el uso inadecuado de insecticidas y avanzar hacia esquemas más equilibrados.

La principal obsesión técnica del equipo tiene nombre conocido en el Valle: carpocapsa, la plaga más importante de la fruticultura regional por su impacto económico y su relevancia cuarentenaria para los mercados internacionales.

Y frente a ella, el INTA eligió una estrategia particular: trabajar con especies nativas.

La ventaja de lo propio

En control biológico existen distintos modelos. Algunos importan enemigos naturales desde otros países para combatir plagas exóticas. Otros liberan organismos en pequeñas dosis buscando que se establezcan progresivamente en el ecosistema.

Pero el esquema que desarrolla el INTA Alto Valle es otro: control biológico inundativo.

“Liberamos grandes cantidades de biocontroladores cada 15 días para saturar el ambiente con organismos benéficos”, explica Garrido.

La protagonista de esa estrategia es una pequeña avispa nativa seleccionada por tres razones centrales: rusticidad, adaptación y capacidad de actuar sobre múltiples plagas.

“Es generalista. Puede atacar carpocapsa, grafolita y otras larvas que aparecen cada vez con más frecuencia en los montes”, detalla.

Ese concepto, que años atrás generaba reparos, hoy es visto como una fortaleza. Porque los nuevos esquemas sanitarios más específicos y menos agresivos modificaron el equilibrio biológico y permitieron que otras plagas secundarias comenzaran a ganar relevancia.

Cómo trabaja una avispa de tres milímetros

El mecanismo de acción combina precisión biológica y brutal eficacia.

Una vez liberadas, las avispas buscan activamente larvas ocultas dentro de frutos, brotes o refugios naturales. Cuando las

encuentran, las paralizan mediante una mordedura e inyección de veneno.

Después depositan sus huevos sobre ellas.

“La muerte de la plaga está prácticamente asegurada, ya sea por la paralización o por el parasitismo”, resume Garrido.

Además, las hembras liberadas ya llegan fecundadas, lo que acelera el proceso y permite una acción inmediata en el campo.

La transición no es instantánea, pero sí profunda

La incorporación de biocontroladores no implica abandonar automáticamente el manejo químico. El cambio es más complejo y exige una mirada mucho más integrada del sistema.

“Trabajar con herramientas de bajo impacto requiere mayor precisión, más monitoreo y ajustar muy bien las estrategias”, advierte Garrido.

No todos los fitosanitarios afectan a las avispas. Pero algunos sí. Por eso, la logística sanitaria debe replantearse: tiempos de aplicación, momentos de liberación y compatibilidades pasan a ser variables críticas.

Sin embargo, el potencial de transformación es enorme.

Los ensayos realizados por el INTA en chacras comerciales muestran resultados contundentes: luego de tres temporadas integrando biocontroladores con otras herramientas como confusión sexual el uso de insecticidas puede reducirse entre un 60 y un 70%.

“Eso es muchísimo en términos cuantitativos”, enfatiza la especialista.

Menos combustible, menos agua, menos emisiones

Pero el impacto no termina en la sanidad.

El uso de biocontroladores también empieza a dialogar con otras agendas estratégicas: huella de carbono, agricultura regenerativa y eficiencia ambiental.

A diferencia de una pulverización convencional, liberar avispas no requiere tractor, combustible fósil ni grandes consumos de agua.

“Mientras el monte está mojado o no hay piso para entrar con maquinaria, el biocontrolador sigue trabajando igual”, destaca Garrido.

La ecuación es contundente: menos aplicaciones químicas implican menos pasadas de tractor, menor consumo de diésel y menor emisión de gases de efecto invernadero.

En otras palabras, una pequeña avispa empieza a convertirse también en una herramienta climática.

El cambio cultural detrás de la técnica

Quizás el mayor desafío no sea biológico, sino cultural.

Durante décadas, el paradigma sanitario estuvo basado en intervenir rápidamente con insumos químicos frente a cada problema. El control biológico obliga a pensar distinto: entender dinámicas poblacionales, compatibilidades y tiempos ecológicos.

La lógica deja de ser exclusivamente correctiva para volverse sistémica.

Y ahí aparece una idea que atraviesa silenciosamente toda la conversación: el futuro sanitario de la fruticultura probablemente no dependa de reemplazar una herramienta por otra, sino de aprender a integrarlas.

Una transición que ya comenzó

Desde el INTA reconocen que el proceso todavía está en construcción. Los convenios con productores avanzan de manera gradual y requieren acompañamiento técnico permanente.

Pero la dirección parece clara.

El Alto Valle comienza a transitar una etapa donde la competitividad no estará definida únicamente por volumen o calidad de fruta, sino también por la capacidad de producir con menor impacto ambiental.

Y en ese escenario, los biocontroladores ya dejaron de ser una experiencia marginal de laboratorio. Empiezan, lentamente, a ocupar un lugar central en la discusión sobre cómo producir fruta en las próximas décadas.

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