Chiche Apis sigue apostando a la chacra y a una producción que se sostiene en familia

Una tarde de sol, en plena floración y con una nueva temporada productiva por delante, Agrovalle visitó la chacra de Juan Carlos “Chiche” Apis, en General E. Godoy. Allí, entre montes de ciruelas, duraznos, pelones y peras, el productor repasó cómo se prepara para una campaña que, como cada año, tendrá en las heladas uno de sus principales desafíos.

En uno de los cuadros de ciruela, donde conviven unas diez variedades, la floración ya está a pleno. La expectativa es buena, aunque Chiche sabe que todavía falta atravesar una etapa crítica: las noches de heladas.

“Preparados estamos”, cuenta. Para la defensa incorporaron sistemas de riego por aspersión bajo el monte, una tecnología que, según explica, permite utilizar menos agua y trabajar con bombas de menor potencia. En una actividad donde cada recurso cuenta, el ahorro no es un dato menor.

Pero detrás de la tecnología aparece otra realidad cotidiana: el costo de producir. Una noche de defensa contra heladas puede demandar entre 50 y 70 litros de gasoil utilizando tractores, mientras que los equipos de mayor potencia pueden llegar a consumir alrededor de 100 litros.

Sin embargo, cuando habla de la chacra, Chiche rápidamente deja los números de lado y pone el foco en algo que considera mucho más importante: su familia.

“Yo tengo una satisfacción muy grande. Tengo mis tres hijos con nosotros, mi señora y yo, y estamos todos juntos trabajando”, relata.

Cada integrante tiene su función. Carolina de profesión contadora está al frente de la comercialización; Sebastián trabaja junto a él en el galpón y la chacra, mientras que Griselda, también contadora, se ocupa de la parte administrativa. Su esposa también tiene un papel fundamental en la organización contable.

Una verdadera empresa familiar donde el conocimiento acumulado durante décadas se combina con nuevas generaciones y nuevas herramientas.

Chiche también observa con preocupación las chacras abandonadas que todavía pueden verse en el Alto Valle. Pero al mismo tiempo rescata que algunos jóvenes están volviendo a mirar la producción como una posibilidad.

Su preocupación alcanza también a la pérdida de tierras productivas bajo riego que terminan transformándose en barrios. Para un productor que ha dedicado toda su vida a la chacra, ver desaparecer una superficie productiva tiene un significado que va mucho más allá del valor inmobiliario.

En materia sanitaria, la familia trabaja con tecnología de confusión sexual mediante dispensers, monitoreo con trampas y tratamientos complementarios para el control de carpocapsa. La fruta luego continúa su recorrido en el propio empaque y las cámaras frigoríficas, donde cuentan con tecnología para conservación y atmósfera controlada.

Desde allí, la producción llega a distintos mercados del país, entre ellos Rosario, Santa Fe, Bahía Blanca y Buenos Aires.

A los 80 años, Chiche Apis sigue recorriendo sus montes, mirando la floración, pensando en la próxima cosecha y trabajando junto a sus hijos.

En tiempos en que muchas chacras dejan de producir, su historia representa algo más que la continuidad de una explotación familiar: es el testimonio de una generación que todavía encuentra en la tierra un motivo para levantarse cada día y seguir produciendo.

Porque mientras haya productores que sigan plantando, trabajando y transmitiendo ese oficio a sus hijos, todavía habrá una posibilidad de que el Valle vuelva a florecer.

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