Aprender haciendo: la Escuela Agraria Alto Valle Este convirtió una jornada de esquila en una experiencia que dejó mucho más que lana

Durante dos jornadas, estudiantes de cuarto año participaron de una capacitación de Prolana sobre esquila, bienestar animal y acondicionamiento de lana. Para Mei Kamada y Nicolás Orofino, protagonistas de la experiencia, el desafío no estuvo solamente en aprender una técnica: también significó enfrentarse a los propios temores, comprender el valor de cada etapa de un proceso productivo y descubrir que la formación práctica puede abrir caminos hacia el futuro.

Audio de la entrevista al director Pedro Durán y los alumnos Mei Kamada y Nicolás Orofino.

Hay aprendizajes que se incorporan en un aula, entre apuntes, explicaciones y conceptos. Y hay otros que comienzan cuando el conocimiento se transforma en una acción concreta: cuando hay que sostener una herramienta, encontrar una posición adecuada, cuidar un animal y comprender que cada movimiento tiene consecuencias.

Eso fue, en buena medida, lo que vivieron los estudiantes de cuarto año de la Escuela Agraria Alto Valle Este durante dos jornadas de capacitación brindadas por integrantes de Prolana, que llegaron a la institución para trabajar junto a los alumnos sobre esquila, bienestar animal y acondicionamiento de lana.

La actividad se desarrolló en el marco del taller de ovinos a cargo de la profesora Florencia Chiavo y permitió que los estudiantes se enfrentaran, por primera vez, a una práctica que hasta entonces conocían fundamentalmente desde la formación teórica.

Para el director de la escuela, Pedro Duran, la propuesta llegó en un momento particularmente intenso para la institución. “Hemos tenido un comienzo de esta segunda parte del año muy movido”, explicó, en referencia a las distintas actividades que se desarrollan mientras la escuela vuelve a ingresar de lleno en el ciclo productivo.

En ese escenario, la capacitación representó una experiencia especialmente significativa para los estudiantes de cuarto año.

Del temor inicial a la práctica

Mei Kamada y Nicolás Orofino fueron dos de los alumnos que participaron de la jornada. Al reconstruir la experiencia, ambos ponen en palabras algo que probablemente haya atravesado a buena parte del grupo: el temor inicial de lastimar a los animales.

“Primero, un poco el miedo a todos era lastimarlos, a los animales acá en la escuela”, contó Mei.

La preocupación no era menor. Esquilar no consiste simplemente en retirar la lana. La tarea exige conocer la posición del animal, controlar los movimientos y utilizar correctamente la máquina para reducir riesgos tanto para la oveja como para quien realiza el trabajo.

Los capacitadores de Prolana fueron acompañando el proceso paso a paso.

“Nos fueron ayudando de a poco, nos decían las posiciones de cómo teníamos que voltear las ovejas, después teníamos que sostener la máquina para no lastimarla”, relató la estudiante.

La experiencia permitió comprender que la técnica y el bienestar animal no son cuestiones separadas. Forman parte de un mismo proceso.

El propio Nicolás lo explicó desde la práctica: “Siempre, en todo momento, tener atención tanto tuya como para los animales”.

Y allí apareció uno de los aprendizajes centrales de la jornada: el trabajo rural profesional requiere conocimiento, precisión y responsabilidad.

Una tarea que también exige esfuerzo físico

La experiencia tuvo además una dimensión que difícilmente pueda comprenderse por completo desde una explicación teórica: el esfuerzo físico que demanda la esquila.

Los estudiantes comprobaron que una oveja puede representar un desafío considerable para quien recién comienza. Mei contó que una persona experimentada puede realizar la tarea con rapidez, mientras que ellos demoraban entre diez y quince minutos por animal.

“Son 50 kilos que tenés que sostener con las piernas o incluso con tus brazos”, explicó.

Para quienes se encuentran dando sus primeros pasos en la actividad, la postura y el manejo del animal tampoco resultaron sencillos.

Nicolás recordó particularmente la incomodidad que le produjo trabajar agachado durante varios minutos, sumada a la necesidad de controlar la posición de las piernas para inmovilizar al animal correctamente.

“Bastante complejo toda la técnica”, resumió.

La dificultad, sin embargo, no opacó la experiencia. Al contrario: permitió dimensionar que detrás de una tarea que desde afuera puede parecer sencilla existe un conjunto de conocimientos que se construyen con práctica, paciencia y acompañamiento.

La lana también se aprende a mirar

La jornada no terminó con la esquila.

Una vez retirada la lana comenzó otra etapa fundamental: su acondicionamiento y clasificación.

Los estudiantes aprendieron que no toda la lana tiene el mismo destino ni el mismo valor y que una correcta clasificación resulta determinante para preservar la calidad del producto.

“Después de la esquila va el acondicionamiento de la lana”, explicó Nicolás. Allí comenzaron a diferenciar distintas categorías, entre ellas el vellón y el material que no reúne las mismas condiciones para ingresar a la industria.

Los propios alumnos participaron de la tarea de separación.

“Fuimos nosotros acondicionando, separando la lana, la que es vellón con la que no es vellón, la que está contaminada con orina  del animal. Todo eso lo hicimos nosotros”, relató.

También descubrieron que el estado sanitario del animal puede repercutir directamente sobre la calidad de la lana.

Una afección de la piel, por ejemplo, puede deteriorar un producto que originalmente proviene de un animal de una raza reconocida por su aptitud lanera.
En la escuela cuentan con distintas razas y entre ellas se encuentra el merino, que los propios estudiantes identifican como una importante raza productora de lana.

El aprendizaje, entonces, trascendió la técnica de esquilar: los alumnos comenzaron a comprender el proceso productivo como una cadena en la que cada eslabón importa.

Cuando hacer bien el trabajo también significa cuidar una oportunidad

Durante la capacitación, los estudiantes conocieron además una dimensión profesional que probablemente haya contribuido a modificar su percepción sobre el oficio.

Según explicaron, Prolana trabaja con matrículas para esquiladores y acondicionadores y establece responsabilidades vinculadas con la calidad del trabajo realizado.

Nicolás destacó que una tarea incorrectamente ejecutada puede tener consecuencias laborales concretas.

“Es tener el cuidado de hacer el trabajo para no quedarte sin trabajo”, expresó.

La frase, sencilla y directa, resume una enseñanza que excede ampliamente la actividad puntual: en el ámbito productivo, la calidad no es una abstracción. Se construye en cada procedimiento y puede determinar las oportunidades futuras de quien desarrolla una tarea.

Una experiencia que dejó huella

Para Nicolás, la actividad significó algo más que aprender una técnica.

“Fue una experiencia bastante divertida, en el sentido de que pudimos aprender, pudimos conocer un poco, porque es la primera vez que se hace esto y fuimos los primeros en hacerlo”, señaló.

Y agregó una definición que habla de la dimensión institucional que tuvo la jornada: “Fue como un paso enorme para nosotros y para la escuela”.

Mei coincidió en la valoración.

“A mí la verdad que me gustó mucho”, contó. Reconoció que la tarea resultó complicada por el esfuerzo físico, pero destacó especialmente el acompañamiento recibido durante las dos jornadas.

“Nos tuvieron mucha paciencia. Éramos uno tras otro y a todos nos explicaban lo mismo y con la misma paciencia”, relató.

Ese acompañamiento fue fundamental para transformar el temor inicial en confianza.

Incluso cuando aparecieron pequeños errores propios de quienes estaban realizando la actividad por primera vez, los capacitadores insistieron en la necesidad de mantener la calma y continuar aprendiendo.

El miedo más grande, reconocieron los estudiantes, había sido lastimar a una oveja.

Y quizás allí se encuentre una de las imágenes más elocuentes de toda la experiencia: jóvenes que comienzan una práctica productiva preocupados, antes que nada, por hacerla correctamente y por no dañar al animal que tienen delante.

Capacitarse también es empezar a pensar el futuro

A los 16 o 17 años, las decisiones sobre el futuro todavía están abiertas. Para algunos, comienzan a aparecer con claridad; para otros, permanecen como preguntas todavía sin respuesta.

Nicolás ya tiene una orientación definida. “Yo más o menos ya tengo decidido lo que voy a querer estudiar, que es veterinaria”, contó.

Y valoró que este tipo de experiencias puedan acercarlo a conocimientos que probablemente le resulten útiles en su formación posterior.

Mei, en cambio, todavía no sabe exactamente qué camino seguirá.

“Yo la verdad que todavía no sé qué estudiar, pero sí va a toda la parte animal seguramente”, explicó.

Dos respuestas diferentes frente a una misma experiencia. Una vocación que comienza a delinearse y otra que todavía busca su rumbo.

Pero ambas tienen algo en común: la posibilidad de descubrir intereses a partir del contacto directo con el trabajo.

El valor de una escuela que mira hacia el territorio

La formación agropecuaria adquiere una dimensión particular cuando se desarrolla en el mismo territorio donde existen las actividades productivas que los estudiantes estudian.

Nicolás lo expresó con claridad al referirse al papel de las escuelas agropecuarias de la región.

“Más que nada, la producción de la Patagonia se dedica a esto, todo lo que es cultivo, ganado, y creo que es algo importante y que se va a seguir haciendo en el futuro”, sostuvo.

Para el estudiante, contar con una base de conocimientos desde la escuela puede convertirse en una herramienta para la carrera que cada joven decida emprender y también en una forma de mantener un vínculo con aquello que aprendió en su lugar de origen.

Una escuela que también se construye fuera del aula

Mientras los alumnos avanzan en su formación, la institución atraviesa simultáneamente sus propios desafíos.

Duran explicó que la situación económica también alcanza a la escuela y que durante este año el avance de la construcción de nuevas aulas se ha visto condicionado por la necesidad de conseguir mayores recursos.

“De a poquito hemos tenido que frenar alguna parte de la obra”, señaló. Pero aclaró que se trata de una pausa y no de un abandono del proyecto.

“En cuanto podamos recaudar más fondos retomamos, porque no es tanto lo que falta, por suerte”, sostuvo el director, manteniendo la expectativa de que durante el próximo año puedan mostrar un avance mayor.

Al mismo tiempo, la escuela continúa ampliando sus posibilidades productivas.

La institución consiguió dos lotes en comodato que serán destinados principalmente a la producción de forraje, una necesidad que surge del crecimiento del plantel de animales.

Uno de esos terrenos, ubicado muy cerca de la escuela, ya está siendo acondicionado y próximamente permitirá que los estudiantes comiencen allí sus prácticas y sus primeras producciones.

El segundo predio, ubicado en la zona de Villa Alberdi, también espera su turno para incorporarse al trabajo productivo de la institución.

Así, mientras los alumnos aprenden a esquilar, clasificar y acondicionar lana, la propia escuela continúa haciendo algo parecido: construir, acondicionar, ordenar recursos y generar las condiciones para que el aprendizaje pueda seguir ocurriendo.

Aprender para ser más libres

Hay una enseñanza que atraviesa toda esta experiencia y que quizá sea más importante que la propia técnica de esquila.

La capacitación les permitió a los estudiantes descubrir que aprender un procedimiento implica también aprender a observar, a tener paciencia, a aceptar el error, a corregirlo y a comprender que la calidad de un trabajo depende de la responsabilidad con la que se realiza.

Pero también les permitió mirar un poco más lejos.

Porque capacitarse no significa solamente prepararse para conseguir un empleo. Significa ampliar el campo de posibilidades.

Para una escuela rural, esa tarea adquiere un valor todavía mayor. Cada conocimiento que se incorpora puede transformarse en una herramienta para continuar estudiando, para desarrollar una actividad productiva, para construir una vocación o simplemente para tomar mejores decisiones frente al futuro.

Y en ese punto, la jornada de esquila deja de ser solamente una actividad del taller de ovinos.

Se convierte en una experiencia formativa.

Una escuela que se sostiene entre todos

La historia de estos dos días también habla de algo que muchas veces no aparece en las fotografías ni en los registros de una jornada: detrás de cada práctica, de cada capacitación y de cada oportunidad de aprendizaje existe una institución que necesita ser sostenida.

La Escuela Agraria Alto Valle Este no solamente enseña. También produce, organiza, proyecta, busca recursos, mantiene sus espacios y procura ampliar las posibilidades de formación de sus estudiantes.

En ese camino, resulta justo valorar el trabajo de la Fundación y de todos aquellos que acompañan y sostienen el proyecto educativo, porque mantener una escuela de estas características no es únicamente conservar un edificio: es preservar un espacio donde el conocimiento puede encontrarse con el trabajo, donde la teoría puede transformarse en experiencia y donde los jóvenes pueden comenzar a imaginar su propio futuro.

Y también corresponde detenerse en los estudiantes.

En Mei, en Nicolás y en tantos otros jóvenes que se animan a aprender algo que al principio parece difícil; que enfrentan el temor de equivocarse; que preguntan, practican y vuelven a intentarlo.

Porque una escuela se construye con paredes y aulas, pero fundamentalmente se construye con personas.

Con docentes que enseñan. Con instituciones que acompañan. Con familias y comunidades que sostienen. Con organizaciones que acercan conocimiento. Y, sobre todo, con estudiantes dispuestos a aprender.

La lana que aquellos jóvenes clasificaron después de la esquila seguramente seguirá su camino como parte de un proceso productivo.

Pero hay algo que quedó en la escuela y no se puede medir en kilos ni clasificar por calidad: la experiencia de haber aprendido haciendo.

Y quizá allí esté el verdadero sentido de una educación agropecuaria: entregarles a los jóvenes herramientas para que puedan mirar el territorio que habitan no solamente como un lugar donde vivir, sino también como un espacio donde aprender, trabajar, crear oportunidades y, si así lo eligen, construir su futuro.

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