Memorias de la Fruticultura

Elvio Ferraza: «Las chacras necesitaban un precio justo, no subsidios»
El ex presidente de la Cámara de Productores de Villa Regina, General Godoy, Chichinales y Valle Azul repasa doce años de dirigencia marcados por las asambleas multitudinarias, los tractorazos, las gestiones ante el Gobierno nacional y una convicción que aún sostiene: el futuro del Valle se construye con instituciones, educación y productores unidos.
Audio de la entrevista al productor Elvio Ferraza.
Hay hombres que miden el paso del tiempo por los años. Otros lo hacen por las cosechas.
Elvio Ferraza pertenece a esa generación de dirigentes rurales que aprendió que la fruticultura no terminaba en el alambrado de una chacra. Muy temprano comprendió que, además de producir fruta, había que defender a quienes la producían.
Su historia dirigencial comenzó mucho antes de ocupar la presidencia de la Cámara de Productores Frutícolas de Villa Regina, General Godoy, Chichinales y Valle Azul. Primero llegaron las comisiones escolares, el trabajo comunitario y la participación en instituciones intermedias. Después vendría la Cámara, donde permaneció doce años, desde vocal suplente hasta conducir la entidad durante tres mandatos.
«Siempre tuve interés por participar. Desde joven colaboraba en la escuela mientras ayudaba a mis padres en la chacra. Después llegó la Cámara y una cosa fue llevando a la otra», recuerda durante la entrevista concedida a Agrovalle.
Pero aquellos años no fueron sencillos.
La fruticultura atravesaba una de las etapas más complejas de su historia reciente y la dirigencia debía caminar permanentemente sobre una delgada línea entre las urgencias de los productores y las limitadas respuestas que ofrecía la política.
Gobernar escuchando a las asambleas
Si algo define la gestión de Ferraza es una palabra: asamblea.
No habla de decisiones personales ni de liderazgos individuales. Habla de productores reunidos discutiendo el rumbo de una institución.
«Yo hacía muchas asambleas. Nadie puede decir lo contrario. Siempre hice lo que la mayoría de los productores decidía.»
Sin embargo, admite que hubo una discusión que nunca abandonó.
La política de subsidios.
«Siempre estuve en desacuerdo. Sabía que no nos conducían a ninguna solución de fondo.»
La explicación llega casi como una clase de economía aplicada a la chacra.
Si producir una fruta costaba veinte y el Estado aportaba apenas una parte mediante subsidios ocasionales, el productor seguía perdiendo capacidad de inversión. La consecuencia fue silenciosa, pero devastadora: menos tecnología, menos renovación de montes frutales y, con el paso de los años, miles de productores fuera del sistema.
La imagen que utiliza para describir ese proceso es tan sencilla como contundente.
«Llegué a tener asambleas de seiscientos productores en la Cámara. Hoy no sé si llegan a cien o ciento cincuenta. Esa es la zaranda que quedó después de tantos años perdiendo plata.»
No habla solamente de números.
Habla de familias, chacras vendidas y una estructura productiva que fue perdiendo protagonistas con el paso del tiempo.
Treinta y cinco días sobre la ruta
Las protestas también forman parte de esa memoria.
Ferraza recuerda un tractorazo que se extendió durante treinta y cinco días y otro episodio, frente a la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner, cuando dirigentes frutícolas reclamaron respuestas durante una visita oficial a General Roca.
Aquel reclamo derivó en una promesa de reunión en Buenos Aires.
La convocatoria existió.
La respuesta nunca llegó.
«Nos tuvieron esperando toda la tarde en la Casa Rosada y después nos dijeron que no nos iban a atender.»
Más que una anécdota política, el episodio resume el clima que atravesaba la actividad.
«Era muy difícil negociar medidas de fondo. Lo único que conseguíamos eran paliativos.»
La escuela que comenzó con un ladrillo
Si hubo un proyecto capaz de cambiar el tono de la conversación fue la creación de la Escuela Agraria de Villa Regina.
Cuando Agrovalle acercó la propuesta a la Cámara de Productores, no todos estaban convencidos.
«Había quienes preguntaban para qué queríamos una escuela agraria.»
Ferraza decidió asumir esa discusión como propia.
Su argumento era simple.
La educación debía convertirse en una herramienta para que los hijos de productores y trabajadores rurales pudieran enfrentar una fruticultura cada vez más tecnológica.
Convocaron a instituciones, vecinos y organizaciones de la ciudad.
La respuesta superó las expectativas.
Así nació la Fundación que impulsó el proyecto y comenzaron las gestiones que terminarían obteniendo un aporte nacional de tres millones de pesos, el puntapié inicial para construir el establecimiento.
Recuerda especialmente el compromiso del entonces intendente Luis Albrieu, del Consorcio de Riego —que donó las tierras—, de la Cámara de Comercio, de la Fundación, del ingeniero Vetori, de la arquitecta Visconti y del exlegislador Bautista Mendioroz, entre muchos otros actores que hicieron posible la iniciativa.
Pero cuando se le pregunta qué significó personalmente aquella obra, la respuesta deja de lado cualquier protocolo.
«Nunca pedí nada para mí. Pero nunca tiré tanto como tiré para esa escuela.»
La frase resume una convicción.
Para Ferraza, la educación era una inversión que trascendía cualquier mandato dirigencial.
Y cuando mira el presente, no duda.
«La escuela nació con una estrella.»
El tren que pudo cambiar la logística
Entre los proyectos que quedaron inconclusos hay uno que todavía recuerda con entusiasmo.
Durante los últimos años de su gestión impulsó un esquema para transportar fruta por ferrocarril hasta el Mercado Central y el puerto de Buenos Aires.
Las pruebas demostraban que el costo podía reducirse entre un 30 y un 40 por ciento respecto del transporte por camión.
Incluso existía la posibilidad de que los propios productores comercializaran directamente su fruta en el Mercado Central.
Las vías fueron rehabilitadas.
Las pruebas se realizaron.
Pero el cambio de autoridades nacionales y provinciales terminó frenando la iniciativa.
«Creo que hubiera sido un golazo para los productores.»
No hay reproches.
Solo la sensación de una oportunidad que el tiempo dejó pasar.
Una nueva generación
A pesar de las dificultades que atravesó la actividad, Ferraza evita instalarse en el pesimismo.
Observa con atención a los jóvenes que hoy comienzan a hacerse cargo de las chacras familiares.
Ve ingenieros, profesionales y productores que entienden el valor de asociarse para producir y exportar.
Y allí encuentra una diferencia con su propia generación.
«El productor siempre fue muy individualista. Hoy veo muchos jóvenes que se están juntando para trabajar y exportar. Eso me parece muy positivo.»
Su mensaje para ellos es claro.
Que no abandonen la idea de construir en conjunto.
Porque la unión dice sigue siendo la herramienta más poderosa que tiene el productor.
Un legado que va más allá de una gestión
Doce años después de haber comenzado aquel recorrido institucional, Elvio Ferraza sigue convencido de que la fruticultura conserva un enorme potencial.
No desconoce las dificultades.
Las vivió desde adentro.
Pero tampoco acepta resignarse.
«Creo que la fruticultura tiene que volver a ocupar un lugar importante. No podemos pensar que solamente vamos a vivir de Vaca Muerta. Tenemos condiciones extraordinarias para producir buena fruta y llevarla al mundo.»
Son palabras que cierran una conversación sobre el pasado, pero que también interpelan al presente.
Porque, como ocurre con los buenos dirigentes, Ferraza habla de lo que fue, aunque en realidad está pensando en lo que todavía puede ser.











