«Cuando la fruticultura era una sola voz»: Guillermo Colino revive la época en que miles de productores hicieron historia en el Alto Valle

El expresidente de la Cámara de Productores de Villa Regina, Godoy, Chichinales y Valle Azul reconstruye una de las etapas más intensas que vivió la fruticultura regional. Habla de asambleas multitudinarias, tractorazos históricos, familias enteras defendiendo las chacras y de una realidad que, con el paso de los años, fue cambiando hasta convertir una causa colectiva en una lucha cada vez más individual. Pero, lejos de quedarse en la nostalgia, deja un mensaje de esperanza para las nuevas generaciones.
Hay recuerdos que el tiempo desgasta y otros que permanecen intactos.
Guillermo Colino conserva los segundos.
Han pasado más de dos décadas desde aquellos años en los que presidió la Cámara de Productores de Villa Regina, Godoy, Chichinales y Valle Azul, pero todavía puede describir con precisión el murmullo de las asambleas repletas, el sonido de los tractores avanzando hacia la Ruta Nacional 22 y las interminables noches compartidas por cientos de familias que decidieron defender su forma de vida
No habla desde la nostalgia vacía. Habla desde la experiencia.
Porque fue uno de los protagonistas de una época en la que la fruticultura dejó de ser solamente una actividad económica para transformarse en una verdadera causa social.
«La unión de los chacareros era algo increíble«, resume, como si esa sola frase alcanzara para explicar aquellos años.
Y quizás alcance.
Porque detrás de esas palabras aparecen imágenes que hoy parecen pertenecer a otro tiempo.
Cuando producir fruta significaba perder dinero
Para comprender aquellas movilizaciones hay que regresar a fines de la década del noventa.
La crisis no golpeaba únicamente a los productores.
También alcanzaba al comercio, a la industria y a cada pueblo del Alto Valle.
Las chacras seguían produciendo, pero los números ya no cerraban.
Cada cosecha representaba una pérdida.
«Lo que producíamos valía menos que los costos. Trabajábamos para perder plata», recuerda Colino.
La desesperación fue empujando a los productores hacia un mismo lugar.
La Cámara.
Primero llegaban decenas.Después cientos.Hasta que el edificio quedó chico.
Las reuniones comenzaron a realizarse en el teatro del Círculo Italiano de Villa Regina.
Más de mil personas llenaban el salón.
Muchos permanecían de pie. Otros escuchaban desde afuera. No eran simples reuniones institucionales.
Eran verdaderas asambleas populares donde cada productor llevaba consigo la preocupación de sostener a su familia y salvar su chacra.
Allí se discutían ideas. Se debatían estrategias.
Y, sobre todo, se votaban decisiones que después todos respetaban.
«La confianza era total. Lo que resolvía la mayoría se cumplía», recuerda.
Los tractorazos que unieron al Alto Valle
Las decisiones tomadas en aquellas asambleas desembocaron en algunas de las manifestaciones más recordadas por la historia frutícola regional.Los cortes de ruta de los Tres Puentes no fueron simples protestas.Fueron el reflejo de una comunidad que entendía que el problema de un productor era también el problema del vecino, del comerciante, del transportista y de toda una economía regional.Durante varios días convivieron sobre la ruta miles de personas.No sólo productores.También estaban sus esposas. Sus hijos.Los abuelos.Los nietos.Las familias completas.
«Había fines de semana en los que llegábamos a ser unas dos mil personas», recuerda Colino.
La protesta tenía organización.
Nunca se impedía el paso de ambulancias.
Los colectivos circulaban.
Los servicios esenciales continuaban.
Pero había una decisión inquebrantable.
No abandonar la lucha.
Lo más llamativo, sin embargo, ocurría cuando llegaba el momento de levantar el corte.
«Después costaba que la gente se fuera.»
La explicación sorprende.
Durante aquellos días se generaban vínculos entre familias que muchas veces vivían a pocos kilómetros de distancia, pero que apenas se cruzaban durante el año.
La protesta también había construido comunidad.
Una dirigencia que trabajaba sin buscar protagonismo
Colino evita adjudicarse méritos personales.
Cada vez que habla de aquellos años vuelve a mencionar a quienes compartieron la conducción de la Cámara.
«Todos trabajaban. Nadie esquivaba las responsabilidades.»
Y, especialmente, recuerda a Rodolfo Felixevich, a quien define como uno de los grandes impulsores de las movilizaciones que permitieron conseguir ayuda económica para los productores.
Era, dice, un hombre de decisiones firmes.
De los que aparecían cuando más hacía falta.
Ese espíritu colectivo, sostiene, fue la verdadera fortaleza de la institución.
No existían dirigentes separados de los productores.
Eran los propios chacareros quienes discutían, votaban y encabezaban cada medida.
El día en que la fruticultura comenzó a cambiar
Pero ninguna historia permanece inmóvil.
Para Colino existe un punto de inflexión muy claro.
Después de la crisis de 2001.
Poco a poco comenzaron a desaparecer productores.
Algunos vendieron sus chacras.
Otros las alquilaron.
Muchas explotaciones frutícolas fueron reemplazadas por forrajes o ganadería.
El paisaje productivo empezó a modificarse.
Y con él también cambió la vida institucional.
«La fruticultura dejó de ser una causa colectiva y pasó a convertirse en un problema individual», explica, sin necesidad de decirlo con esas palabras exactas. Es la conclusión que atraviesa todo su relato.
Hoy, asegura, sería imposible volver a reunir a miles de productores como ocurría entonces.
No solamente porque son menos.
También porque cambió la realidad económica y social del sector.
Sin embargo, todavía hay futuro
Quien espere un discurso pesimista se equivoca.
A sus años, Colino mantiene intacta la confianza en quienes hoy continúan trabajando la tierra.
«Los jóvenes tienen voluntad.»
La frase aparece con convicción.
Cree que la fruticultura familiar sigue teniendo enormes posibilidades.
Que los productores jóvenes incorporan tecnología, buscan nuevos mercados y entienden los desafíos del presente.
Pero insiste en una condición.
Necesitan herramientas.
Necesitan financiamiento.
Necesitan políticas públicas que acompañen la reconversión productiva.
«No veo falta de ganas. Lo que falta son las condiciones para que puedan crecer», sostiene.
Una obra que también quedó como legado
Entre los recuerdos aparece otro motivo de orgullo.
Durante su presidencia comenzó el proyecto para ampliar la sede de la Cámara de Productores.
En aquel momento apenas existían las oficinas originales.
A partir de gestiones institucionales se logró incorporar el terreno lindero y poner en marcha una obra que las siguientes comisiones terminarían de completar.
Hoy ese edificio es uno de los símbolos institucionales de la producción regional.
Y Colino habla de él con la misma satisfacción con la que recuerda las grandes movilizaciones.
Porque entiende que ambas cosas responden a una misma lógica.
Pensar en el futuro.
Construir para quienes vendrán después.
La experiencia como patrimonio
Hay un momento de la conversación en que la emoción reemplaza al análisis.
Cuando se le pregunta qué dejaron aquellas generaciones.
No habla de los tractorazos.
Ni de las asambleas.
Ni siquiera de los logros obtenidos.
Habla de la experiencia.
«Los mayores ya nos advertían que la fruticultura iba a empezar a achicarse, y no se equivocaron.»
Por eso insiste en que ese conocimiento no puede perderse.
Propone volver a reunir productores.
Aunque sean pocos.
Simplemente para conversar.
Para intercambiar ideas.
Para que los más jóvenes escuchen a quienes llevan décadas recorriendo las chacras.
Porque está convencido de que las soluciones vuelven a aparecer cuando la gente se encuentra.
Y esa, quizás, sea la enseñanza más profunda que dejaron aquellos años.
La memoria también produce futuro
La historia de Guillermo Colino no es únicamente la historia de un expresidente de una cámara de productores.
Es el testimonio de una generación que entendió que la defensa de la fruticultura no podía hacerse en soledad.
Que descubrió que una asamblea podía cambiar el rumbo de una protesta.
Que una ruta podía convertirse en símbolo de unidad.
Y que una institución valía tanto por sus paredes como por la confianza que era capaz de generar entre quienes la integraban.
Hoy el Alto Valle es otro.
Hay menos chacras.
Menos productores.
Menos asambleas.
Pero escuchar a protagonistas como Colino permite comprender que la identidad frutícola de la región no nació solamente de la producción de peras y manzanas.
También se construyó con solidaridad, participación y un profundo sentido de pertenencia.
Porque, como demuestra su relato, hubo un tiempo en que defender una chacra era defender a toda una comunidad.












