La nueva generación del vino patagónico tiene nombre propio: Candela Banacloy y el reconocimiento a una juventud que apuesta por la tierra

Candela Banacloy recibió la distinción como Joven Promesa de la Enología.
La joven integrante de Antigua Bodega Patagónica, en Cervantes, fue distinguida por referentes de la vitivinicultura regional durante la selección de los 10 Íconos de la Patagonia. Su historia combina pasión, arraigo, tradición familiar y una mirada renovadora sobre el futuro del vino rionegrino.
Audio de la entrevista a Candela Banacloy.
En una época marcada por la migración de los jóvenes hacia las grandes ciudades y por la creciente desconexión entre las nuevas generaciones y las actividades productivas, la historia de Candela Banacloy ofrece un mensaje diferente. Un mensaje de arraigo, de continuidad y de futuro.
La joven integrante de Antigua Bodega Patagónica, establecimiento ubicado en la localidad de Cervantes, en pleno Alto Valle de Río Negro, fue una de las protagonistas de la reciente selección de vinos los «10 Íconos de la Patagonia», un encuentro que reunió a referentes de la vitivinicultura regional y que reconoció a quienes contribuyen a fortalecer la identidad de los vinos patagónicos.
Su nombre apareció junto al del prestigioso enólogo Marcelo Miras, una de las figuras más influyentes del vino argentino y referente indiscutido de la Patagonia. Para cualquier profesional sería un reconocimiento significativo. Para una joven que todavía transita los últimos pasos de su formación académica, adquiere una dimensión aún mayor.
«Fue muy emotivo. Marcelo es mi profesor, mi mentor y una persona a la que le debo gran parte de lo que aprendí. Compartir esa distinción con él fue un honor enorme», relató durante la entrevista con Agrovalle.
La emoción de Candela no surge únicamente del reconocimiento personal. Detrás de sus palabras aparece una historia profundamente ligada a la familia y a la producción regional.
Su vínculo con el vino comenzó mucho antes de elegir una carrera. Nació en un hogar donde las botellas, las conversaciones y la cultura vitivinícola formaban parte de la vida cotidiana. Su padre, apasionado por el vino, sembró una curiosidad que con los años terminaría transformándose en vocación.
«Mi camino por el vino es prácticamente de toda la vida. Cuando terminé la secundaria encontré la carrera de enología y desde el primer momento sentí que era lo mío», recuerda.
Hoy forma parte activa de Antigua Bodega Patagónica, un proyecto familiar que desde hace más de una década produce vinos en Cervantes y que se ha convertido en uno de los exponentes de la nueva vitivinicultura rionegrina.
Pero más allá de la técnica, los análisis y los procesos productivos, Candela representa una mirada diferente sobre el vino.
El desafío de acercar el vino a los jóvenes
Para ella, uno de los grandes desafíos de la nueva generación consiste en recuperar el carácter social y cultural del vino.
Lejos de los formalismos excesivos, apuesta a devolverle a la bebida su dimensión cotidiana, familiar y compartida.
«El vino tiene que volver a estar en las reuniones con amigos, en una cena, en un encuentro. Me gustaría que se deje de estigmatizar tanto. El vino es compartir, es historia y es unión entre personas», sostiene.
Su reflexión conecta con una preocupación creciente dentro de la industria. Mientras el consumo de vino enfrenta transformaciones culturales en todo el mundo, las nuevas generaciones aparecen como actores fundamentales para construir nuevas formas de acercamiento al producto.
En ese escenario, voces jóvenes como la de Candela adquieren una relevancia estratégica.
Una bodega familiar en el corazón del Alto Valle
Desde Cervantes, Antigua Bodega Patagónica elabora distintas variedades que incluyen Pinot Noir, Merlot, Malbec, Chardonnay y Sauvignon Blanc.
Durante el encuentro donde fue reconocida, la bodega también celebró otra noticia importante: uno de sus vinos fue seleccionado entre los Íconos de la Patagonia.
Se trata de su Merlot Gran Reserva, una etiqueta especial que hoy adquiere un valor simbólico adicional.
«Quedan las últimas botellas. Ese viñedo tuvo muchos problemas y lamentablemente ya no contamos más con esa uva. Por eso tiene un significado muy especial para nosotros», explicó.
La historia resume buena parte de la realidad productiva patagónica: detrás de cada vino hay años de trabajo, riesgos climáticos, inversiones y decisiones que muchas veces pasan desapercibidas para el consumidor.
Volver a conectar con la tierra
Quizás uno de los aspectos más interesantes del pensamiento de Candela sea su defensa de las actividades ligadas a la producción de alimentos.
En una sociedad cada vez más acelerada y digitalizada, reivindica el valor de trabajar con la tierra y comprender los procesos que permiten transformar una fruta en un alimento.
«Cuando uno participa de ese proceso y ve cómo una uva se transforma en vino, algo cambia. Hay una conexión que vuelve a aparecer. Creo que necesitamos recuperar ese vínculo», afirma.
Su mensaje adquiere especial relevancia en regiones como el Alto Valle, donde gran parte de la identidad económica, cultural y social está asociada al trabajo productivo.
El futuro que imagina
Cuando proyecta el futuro de la vitivinicultura patagónica, Candela no habla primero de exportaciones ni de mercados.
Habla de personas.
Sueña con bodegas llenas de visitantes, con consumidores orgullosos de los productos regionales y con vinos rionegrinos presentes en restaurantes, comercios y mesas de todo el país.
«Me gustaría que exista una mayor unión entre quienes vivimos en Río Negro y los productos que hacemos. Tenemos cosas muy buenas y debemos valorarlas más», reflexiona.
Su visión resume quizás la esencia de esta historia.
Porque el reconocimiento recibido por Candela Banacloy trasciende una distinción individual. Representa el surgimiento de una generación que no reniega de las tradiciones productivas, sino que busca reinterpretarlas para proyectarlas hacia el futuro.
En una Patagonia que permanentemente debate cómo generar desarrollo, arraigo y oportunidades para los jóvenes, historias como la suya demuestran que el futuro también puede construirse desde una bodega familiar, entre viñedos, barricas y la convicción de que producir sigue siendo una de las formas más nobles de transformar un territorio.










