Del laboratorio al monte frutal: el biocontrol patagónico que cruzó fronteras y posiciona al Alto Valle en la vanguardia biotecnológica

Desde el INTA Alto Valle lograron exportar insectos benéficos vivos a Uruguay para combatir plagas en manzanos. Detrás del hito hay casi dos décadas de investigación silenciosa, validación a campo y una apuesta estratégica por una fruticultura menos dependiente de agroquímicos.
La noticia tiene dimensión científica, tecnológica y también simbólica. Desde la Patagonia Norte salió hacia Uruguay el envío internacional de biocontroladores nativos desarrollados íntegramente en la región para ser utilizados en el control de plagas en montes frutales. No se trató de un producto químico convencional ni de un insumo industrial estandarizado: fueron organismos vivos, criados bajo estrictos protocolos biológicos, sanitarios y logísticos, destinados a intervenir en sistemas productivos reales.
Detrás de ese logro aparece el trabajo del equipo del INTA Alto Valle y particularmente de la ingeniera agrónoma Silvina Garrido, una de las referentes de un proceso que hoy comienza a visibilizarse, aunque lleva cerca de veinte años de desarrollo silencioso.
“Estamos muy contentos. Iniciamos las exportaciones de este biocontrolador nativo hacia Uruguay. Fue el primer envío en noviembre y logramos concretar siete exportaciones hasta abril”, explicó Garrido durante la entrevista con Agrovalle.
Uruguay evalúa actualmente la utilización de estos parasitoides para el control de grafolita en manzanos mediante liberaciones inundativas, una estrategia biológica que busca disminuir las poblaciones de plagas utilizando enemigos naturales en lugar de depender exclusivamente de insecticidas convencionales.
Una tecnología nacida en la Patagonia y validada a escala regional
El avance no ocurrió de manera aislada. La experiencia se desarrolló dentro de un esquema de cooperación latinoamericana impulsado por PROCISUR, (Programa Cooperativo para el Desarrollo Tecnológico Agroalimentario y Agroindustrial del Cono Sur ), donde distintos países validan bioinsumos con potencial de transferencia tecnológica hacia el sector productivo.
“Entre todos los desarrollos nacionales que había en Argentina fue seleccionado este biocontrolador bien nuestro, bien patagónico”, señaló Garrido.
La investigadora explicó que el trabajo incluyó viajes técnicos a Uruguay, diseño experimental conjunto y una compleja articulación institucional para poder habilitar la exportación de material biológico vivo.
Allí entraron en escena organismos provinciales y nacionales que debieron intervenir para garantizar el cumplimiento de normas sanitarias y ambientales internacionales. El desafío no era menor: cada envío debía asegurar pureza biológica, ausencia de contaminantes y estabilidad del material durante el traslado.
“Nos llevó casi un año entender todo el circuito normativo y logístico”, reconoció.
Exportar insectos vivos: una ingeniería invisible y extremadamente compleja
La dimensión técnica detrás de estas exportaciones revela hasta qué punto el control biológico exige precisión científica y operativa.
Los insectos son enviados en estados inmaduros, antes de emerger como adultos, dentro de sistemas refrigerados especialmente acondicionados. El cálculo biológico debe ser exacto: el desarrollo del organismo continúa durante el viaje y la emergencia ocurre recién al llegar a destino.
“Calculamos los tiempos para que nazcan en Uruguay. Eso evita el estrés del transporte y garantiza la calidad biológica”, detalló Garrido.
La logística fue uno de los mayores desafíos. Retrasos de vuelos, escalas y tiempos aduaneros podían comprometer semanas de trabajo biológico.
“El primer envío fue piloto y tuvo muchísimo estrés. Había que garantizar que el material llegara vivo y en condiciones óptimas”, recordó.
El resultado terminó siendo alentador: en apenas cuatro días el material pasaba del laboratorio patagónico al campo experimental uruguayo.
Mucho más que manzanas: tomate, nogal, cactus y hasta caña de azúcar
Uno de los aspectos más relevantes del desarrollo es su enorme capacidad de adaptación a distintos sistemas productivos.
Aunque la investigación nació asociada a la fruticultura regional, hoy las experiencias incluyen tomate bajo invernadero, nogales, cultivos de cactus en Santiago del Estero y trabajos articulados con instituciones de Tucumán vinculadas a caña de azúcar.
En tomate, por ejemplo, el INTA integró liberaciones de biocontroladores junto con técnicas de confusión sexual y trampas cromáticas para controlar polillas en invernaderos.
“Pretendemos seguir validando esta tecnología porque puede utilizarse también a campo”, explicó la investigadora.
En zonas de montaña o sistemas donde el ingreso de maquinaria pulverizadora es complejo como ocurre en nogales o cultivos de cactus estas herramientas adquieren todavía más relevancia.
“Hay lugares donde prácticamente no se puede aplicar fitosanitarios. Ahí estas tecnologías ayudan muchísimo”, afirmó.
Veinte años de trabajo silencioso
Lejos de cualquier lógica de resultados inmediatos, Garrido insistió varias veces sobre un concepto central: este presente es consecuencia de décadas de investigación paciente.
“Ahora lo contamos como un resumen, pero fueron muchos años de trabajo silencioso”, expresó.
La validación de técnicas biológicas exige estabilidad, continuidad y articulación territorial. Cada experiencia requiere comprobar eficacia, compatibilidad con sistemas productivos reales y adaptación a distintas condiciones ambientales.
En paralelo, el equipo construyó vínculos con investigadores de Chile, Cuyo y otras regiones argentinas que también avanzan en estrategias de control biológico para diferentes plagas.
El objetivo: una fruticultura menos dependiente de agroquímicos
Actualmente el sistema desarrollado por el INTA Alto Valle alcanza unas 250 hectáreas mediante convenios de vinculación tecnológica. Aunque la cifra parece pequeña frente a la dimensión productiva regional, Garrido remarca que se trata de la mayor experiencia argentina de control biológico inundativo en cultivos intensivos.
La meta es mucho más ambiciosa.
“Nuestra proyección es poder cubrir al menos 3000 hectáreas, especialmente aquellas que trabajan bajo certificación orgánica”, sostuvo.
Para eso el equipo trabaja en automatizar procesos de multiplicación biológica y acelerar la capacidad de producción.
La visión de fondo excede incluso a este biocontrolador específico. Según Garrido, la agricultura del futuro avanzará hacia sistemas integrados donde feromonas, extractos botánicos, microorganismos benéficos y enemigos naturales ocuparán un lugar central dentro del manejo sanitario.
“Los bioinsumos van a tener un rol central en pocos años”, aseguró.
Una región preparada para otro paradigma productivo
Quizás uno de los momentos más reveladores de la entrevista apareció cuando Garrido dejó el laboratorio para hablar del productor.
La investigadora destacó el valor de las jornadas a campo donde los chacareros comienzan a liberar parasitoides, monitorear poblaciones y comprender cómo el manejo de plaguicidas impacta sobre los enemigos naturales.
“Lo más interesante es cuando estas investigaciones trascienden la mesada del laboratorio y empiezan a validarse en chacras de productores”, reflexionó.
En esa frase aparece probablemente la verdadera dimensión del proceso que atraviesa hoy la fruticultura patagónica: la transición desde un modelo exclusivamente químico hacia sistemas más integrados, biológicos y ambientalmente sofisticados.
Y en ese escenario, desde un laboratorio del Alto Valle, la Patagonia acaba de demostrar que también puede exportar conocimiento, innovación y biotecnología aplicada al agro mundial.







