“Hay cuotas para comprar un calefactor, pero no para producir”: el fuerte planteo de Banacloy expuso la crisis de financiamiento que atraviesan las economías regionales

En medio de un intenso debate en la principal feria vitivinícola de Latinoamérica, el ministro de Producción de Río Negro advirtió sobre la falta de herramientas financieras para reconvertir y sostener la producción. El planteo abrió una discusión más profunda sobre el futuro del vino, la uva de mesa y las economías regionales argentinas.

La escena ocurrió lejos del brillo comercial de la feria. Sin pantallas gigantes, sin música ni presentaciones espectaculares. Apenas una sala pequeña, semiclandestina dentro de la Sitevinitech, en Mendoza, donde referentes de la vitivinicultura argentina terminaron protagonizando uno de los debates más crudos y sinceros sobre la realidad productiva del país.

Allí, entre dirigentes cooperativos, bodegueros, técnicos y funcionarios, emergió una discusión que rápidamente dejó de ser exclusivamente vitivinícola para transformarse en un retrato estructural de las economías regionales argentinas.

Y fue el ministro de Desarrollo Económico y Productivo de Río Negro, Carlos Banacloy, quien puso en palabras una problemática que atraviesa desde hace años a productores frutícolas, vitivinícolas y agroindustriales del interior: la imposibilidad de financiar la transformación productiva.

“Hay 36 cuotas para comprar un calefactor, pero no para comprar botellas, barricas o insumos”, lanzó el funcionario rionegrino durante el intercambio, en una frase que rápidamente sintetizó el clima de la discusión.

Una producción obligada a sobrevivir “a los ponchazos”

El debate se abrió tras una exposición técnica del economista Daniel Rada, quien analizó las nuevas tendencias globales de consumo, la caída del vino tradicional, el crecimiento de productos vinculados a hábitos saludables y las oportunidades para sectores como el mosto o la uva fresca.

Sin embargo, la conversación cambió de eje cuando comenzó a discutirse cómo puede adaptarse una actividad productiva a las nuevas demandas del mercado si no existen herramientas concretas de financiamiento.

Fue entonces cuando Banacloy tomó la palabra y trasladó el problema a la realidad cotidiana de productores y bodegueros.

El ministro sostuvo que gran parte del sector viene sosteniéndose mediante autofinanciamiento, endeudamiento privado y capitalización propia, en un contexto donde acceder al crédito productivo sigue siendo extremadamente difícil.

“Las transformaciones no se hacen solas. Necesitan inversión, tiempo y financiamiento”, fue el concepto de fondo que atravesó su intervención.

Desde la mirada regional, el planteo tuvo un fuerte eco en Río Negro y Neuquén, donde la reconversión productiva viene siendo una discusión permanente no sólo en la vitivinicultura, sino también en la fruticultura del Alto Valle.

La incorporación de tecnología, mallas, riego presurizado, nuevas variedades o sistemas de agregado de valor requieren inversiones que, para muchos productores medianos y pequeños, hoy resultan prácticamente inaccesibles.

La comparación con el mundo y el reclamo al sistema financiero

Durante el intercambio, Banacloy comparó la situación argentina con los esquemas de financiamiento que existen en Europa o Estados Unidos, donde las actividades agroindustriales cuentan con créditos de largo plazo, tasas subsidiadas y períodos de gracia para inversiones estratégicas.

En contraste, describió una Argentina donde el consumo encuentra financiamiento inmediato, pero la producción continúa enfrentando enormes restricciones para acceder al capital necesario.

La frase sobre las cuotas para comprar electrodomésticos terminó funcionando como una metáfora de un modelo económico donde según quedó expuesto en el debate el sistema financiero parece responder más rápidamente al consumo que a la inversión productiva.

El trasfondo: reconversión, nuevos mercados y caída del consumo

La discusión también dejó expuesto otro problema de fondo: la necesidad de reconvertir parte de la vitivinicultura argentina frente a un consumidor que cambió.

El avance de hábitos asociados a la vida saludable, la baja del consumo interno de vino y la necesidad de diversificar productos fueron temas reiterados por los distintos referentes del sector.

En ese escenario, reapareció una preocupación que Río Negro conoce desde hace años: la pérdida de competitividad de la uva de mesa y las dificultades para acceder a nuevas variedades y tecnologías.

Desde el sector cooperativo y empresario advirtieron que existen limitaciones estructurales para modernizar la actividad, incluso cuando el mercado internacional demanda otro tipo de productos.

Una discusión que excede al vino

Aunque el intercambio ocurrió en una feria vitivinícola, el trasfondo del debate fue mucho más amplio.

La falta de financiamiento, los problemas para sostener stocks, la dificultad para reconvertirse y la ausencia de políticas productivas de largo plazo son reclamos que atraviesan a numerosas economías regionales argentinas.

En el caso patagónico, la discusión conecta directamente con la crisis estructural que atraviesa la fruticultura, donde productores vienen denunciando desde hace años márgenes negativos, descapitalización y crecientes dificultades para invertir.

Por eso, más allá del vino, la discusión dejó una señal política y económica clara: sin financiamiento accesible, la reconversión productiva queda reducida a una capacidad de supervivencia individual.

Y en un escenario global cada vez más competitivo, eso puede terminar profundizando las asimetrías entre las regiones productivas argentinas y los países que sí sostienen políticas activas de desarrollo agroindustrial.

El desafío pendiente

El debate concluyó sin respuestas definitivas, pero sí con una coincidencia transversal: la necesidad de construir herramientas más eficaces para sostener la transformación productiva.

Funcionarios, cooperativistas, empresarios y técnicos coincidieron en que el problema ya no pasa únicamente por diagnosticar las crisis, sino por encontrar mecanismos concretos que permitan financiar el cambio.

Porque mientras los mercados evolucionan, los hábitos de consumo se transforman y la competencia global se intensifica, gran parte de las economías regionales argentinas sigue intentando adaptarse con herramientas insuficientes y estructuras cada vez más tensionadas.

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