Sanidad en frutales: las enfermedades que no se ven y el riesgo silencioso que deja la lluvia

El INTA advierte sobre infecciones latentes, aumento de inóculo y la necesidad de monitorear lote por lote tras una campaña marcada por la humedad

Audio de la entrevista al ingeniero agrónomo Jonatan Lago (INTA)

En fruticultura, no todo termina cuando se levanta la última fruta del monte. A veces, lo más determinante ocurre después, en silencio, lejos de la foto de la cosecha. Esa es la advertencia que deja el ingeniero agrónomo Jonatan Lago, del INTA Alto Valle, al analizar una temporada atravesada por lluvias persistentes que, más allá de su impacto inmediato, podrían condicionar el equilibrio sanitario del próximo ciclo.

“Muchas veces la cosecha es la última imagen que se toma del estado sanitario de un lote. Pero cuando aparecen lluvias en cosecha y poscosecha, pueden generar un aumento de inóculo que impacta directamente en la temporada siguiente”, explica, con una claridad que interpela tanto al productor como al sistema en su conjunto.

La campaña, atravesada por eventos de precipitación relevantes en milímetros y, sobre todo, en duración de humedad foliar, configuró un escenario técnicamente delicado. Las denominadas “horas de hoja mojada” clave en epidemiología vegetal se transformaron en el factor determinante para el desarrollo de enfermedades en frutales de pepita.

Lo que no se ve: infecciones que aparecen después

Uno de los aspectos más sensibles que dejó la temporada fue la aparición de infecciones latentes, particularmente en el Valle Medio. Se trata de procesos que no se manifiestan al momento de la cosecha, pero que emergen durante el almacenamiento en frío, comprometiendo la calidad comercial de la fruta.

“Son infecciones que ocurren justo antes de la cosecha, pero no llegan a visualizarse. El hongo sigue su desarrollo y, después de 30 días en frío, aparecen los síntomas. En algunos casos, con más del 30% de la fruta afectada”, detalla Lago.

El dato no es menor. No se trata de un fenómeno generalizado, pero sí lo suficientemente significativo como para encender alertas

en términos de manejo sanitario fino. Es, en definitiva, una expresión concreta de cómo el clima puede alterar procesos invisibles que terminan impactando en la rentabilidad.

Un mapa sanitario heterogéneo

La campaña también volvió a poner en evidencia una realidad estructural del sistema frutícola regional: no hay un único escenario sanitario.

En el Alto Valle, históricamente con menor presión de inóculo, no se registraron daños significativos de sarna del peral en fruta a cosecha. En cambio, en el Valle Medio, sí hubo incidencia visible, mientras que en Río Colorado con condiciones climáticas más predisponentes se mantiene la preocupación por la sarna del manzano.

“Son situaciones completamente distintas. No se pueden hacer recomendaciones generales. Cada lote tiene su historia sanitaria, su nivel de inóculo y requiere una estrategia específica”, subraya el técnico del INTA.

Esta heterogeneidad obliga a abandonar recetas universales y avanzar hacia un manejo cada vez más ajustado, localizado y basado en información real de campo.

Mancha marrón: más silenciosa, pero persistente

Otro punto relevante de la campaña fue el comportamiento de la mancha marrón del peral. Si bien los daños en fruto fueron bajos, la incidencia en hoja alcanzó niveles importantes.

Lejos de ser una contradicción, se trata de una característica propia de la enfermedad. “La hoja es más susceptible que el fruto. Por eso, aunque no haya impacto visible en la producción, el patógeno sigue activo y acumulando inóculo”, explica Lago.

Ese detalle técnico es clave: lo que no afecta hoy al rendimiento puede condicionar mañana la sanidad del monte.

El concepto clave: acumulación de inóculo

Si hay una idea que atraviesa todo el análisis es la de acumulación de inóculo. Es decir, la cantidad de patógeno presente en el sistema al finalizar la temporada.

“Cuanto mayor es el inóculo, más difícil es el control. Es una cuestión de probabilidad: a mayor cantidad de esporas disponibles, mayor riesgo de infección cuando se dan las condiciones”, sintetiza.

En términos prácticos, esto redefine el enfoque productivo: el final de campaña deja de ser un cierre y pasa a ser el punto de partida del siguiente ciclo.

Suelos saturados, plantas estresadas

Las lluvias también dejaron otro frente de atención: el anegamiento en suelos con drenaje deficiente, especialmente en sectores del Valle Medio y Río Colorado.

El exceso hídrico no solo favorece enfermedades radiculares, como las asociadas a fitóftora, sino que genera un estrés fisiológico profundo. La falta de oxígeno en el suelo debilita las defensas de la planta y abre la puerta a patógenos oportunistas, especialmente aquellos que provocan cancros y muerte de ramas.

“Cuando la planta se estresa, pierde capacidad de defensa. Y en un contexto de humedad, esos patógenos tienen más posibilidades de avanzar”, advierte Lago.

Monitorear para anticiparse

Frente a este escenario, el mensaje del INTA no es alarmista, pero sí contundente: el monitoreo en esta etapa es decisivo.

No se trata de recorrer el monte de manera general, sino de hacerlo con criterio: priorizando lotes con antecedentes, variedades más susceptibles como Williams o Abate Fetel y sectores con condiciones predisponentes.

“El objetivo es llegar a la próxima temporada con información. Saber qué hay en cada lote permite diseñar estrategias más eficientes, ni excesivas ni insuficientes”, sostiene.

Más que una campaña: un aprendizaje acumulativo

Lejos de instalar preocupación, el enfoque técnico apunta a capitalizar lo ocurrido. La sanidad vegetal, en un contexto climático cada vez más variable, exige una mirada dinámica, en permanente actualización.

“Todos los años aprendemos. Hay situaciones que no se dan durante varias campañas y reaparecen. Por eso es importante ponerlas sobre la mesa y no subestimarlas”, reflexiona.

En esa línea, la campaña deja una enseñanza central: en fruticultura, lo invisible también produce. Y muchas veces, lo que no se observa a tiempo, es lo que define el resultado final.

La sanidad ya no puede pensarse como una respuesta reactiva frente a la enfermedad instalada. Es, cada vez más, una construcción anticipada, donde el conocimiento fino del lote, el monitoreo oportuno y la lectura inteligente del clima se convierten en herramientas estratégicas.

Porque en el monte, como en la economía del productor, lo que no se ve también cuenta. Y en años como este, puede ser determinante.

La entrevista al ingeniero agrónomo Jonatan Lago se encuentra disponible en todas nuestras plataformas de audio.

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