“Entre el respaldo y los desafíos: Molinaro renueva su gestión en la Cámara frutícola”

La Cámara frutícola más representativa del corredor central del Alto Valle renueva conducción sin competencia, en un contexto atravesado por granizo, falta de mano de obra y una preocupante desmovilización de productores
La escena es, en sí misma, un síntoma. Sin listas alternativas, con una participación escasa y en medio de una de las coyunturas más adversas de los últimos años, Mauricio Molinaro fue reelegido como presidente de la Cámara de Productores Frutícolas de Villa Regina, Chichinales, General Godoy y Valle Azul. Una institución clave dentro del entramado regional, que nuclea a una de las mayores concentraciones de productores del Alto Valle, y que hoy enfrenta un doble desafío: sostener la actividad y recuperar representatividad.
El nuevo mandato tendrá una duración de dos años. Pero más allá del dato formal, lo que emerge del propio testimonio del dirigente es una realidad mucho más compleja: continuidad sin disputa, gestión sostenida por un núcleo reducido y un sector que parece haber perdido parte de su capacidad de involucramiento colectivo.
“Al no presentarse lista, seguimos en otra gestión más”, sintetizó con naturalidad, aunque la frase deja entrever una pregunta más profunda: ¿hay hoy vocación real de conducción dentro del sector?
Continuidad con matices: una conducción que incorpora recambio, pero sin ruptura
Molinaro no habla de una renovación estructural, pero sí de una apertura gradual. La nueva comisión mantiene buena parte del esquema anterior, aunque incorpora algunos perfiles más jóvenes.
Ese recambio, todavía incipiente, aparece más como una necesidad que como una transformación consolidada. La definición de roles se terminará de ajustar en la primera reunión formal de comisión.
El mensaje, sin embargo, es claro: no hay ruptura, hay continuidad con ajustes.
Granizo, incertidumbre y asistencia: una agenda marcada por la emergencia
Si algo define el inicio de este nuevo período es el contexto. La última temporada dejó secuelas profundas, con eventos de granizo que golpearon de lleno a buena parte de la producción.
“La caída de piedra fue muy grande y afectó al productor. Es preocupante cómo se va a llegar a la próxima cosecha”, advirtió.
En ese escenario, la prioridad de la Cámara se redefine en términos casi defensivos: acompañar, gestionar ayuda, sostener al productor primario. No hay margen para estrategias de expansión cuando lo que está en juego es la continuidad misma del sistema productivo.
La lógica de gestión, entonces, se corre de lo propositivo hacia lo asistencial. Un dato que, leído en clave estructural, expone la fragilidad del modelo.
Infraestructura y seguridad: lo básico como prioridad permanente
En paralelo, la agenda institucional mantiene dos ejes históricos: caminos rurales y seguridad.
Molinaro destacó el trabajo conjunto con los municipios, especialmente en el mantenimiento de caminos, una variable crítica para la logística productiva. En cuanto a seguridad, reconoció cierta estabilidad, aunque sin perder de vista que se trata de una preocupación constante.
“El productor tiene que estar seguro en su chacra”, afirmó, condensando una demanda que atraviesa a todo el sector.
El cuello de botella laboral: falta de mano de obra y respuesta incipiente
Uno de los puntos más sensibles que vuelve a aparecer es la escasez de trabajadores rurales. La falta de podadores y cosechadores ya no es una excepción, sino una constante.
“Todos los productores te dicen lo mismo: faltan trabajadores”, señaló.
Frente a este déficit, surge una respuesta aún incipiente pero significativa: los cursos de poda impulsados por el INTA. Una herramienta concreta que busca profesionalizar la mano de obra y generar oportunidades laborales en la región.
Sin embargo, el problema excede la capacitación. La dificultad para atraer y retener trabajadores expone tensiones más profundas en la estructura laboral del sector.
El dato más crítico: la retirada silenciosa de los productores
Pero si hay un punto donde la entrevista adquiere densidad política y simbólica es en la falta de participación.
Molinaro no lo esquiva. Lo expone con crudeza.
“Antes había 70, 80, 100 productores en una asamblea. Hoy éramos apenas la comisión con alguno más.”
La frase no es menor. Describe un proceso de desmovilización que no es exclusivo de esta Cámara, pero que en este caso se vuelve particularmente visible.
El contraste es aún más fuerte cuando se lo cruza con otro fenómeno: la persistencia de la crítica informal.
“Después están las quejas en la calle, pero no se acercan”, cuestionó.
Lo que aparece es una ruptura entre representación y base. Una institución que sigue funcionando, pero con una legitimidad tensionada por la falta de involucramiento activo de sus propios miembros.
Entre el compromiso de pocos y el silencio de muchos
El diagnóstico final es, quizás, el más revelador. La Cámara sigue en pie, pero sostenida por “los mismos de siempre”, como reconoce el propio presidente.
Hay gestión, hay trabajo, hay voluntad. Pero también hay desgaste, soledad institucional y una creciente dificultad para convocar.
En paralelo, el sector enfrenta una tormenta perfecta: eventos climáticos adversos, problemas estructurales de rentabilidad, déficit de mano de obra y fragmentación interna.
continuidad en un punto de inflexión
La reelección de Molinaro no es solo un dato institucional. Es una fotografía del momento que atraviesa la fruticultura del Alto Valle.
Una actividad que resiste, pero que muestra señales claras de fatiga.
Una dirigencia que continúa, pero con menor respaldo visible.
Y un sistema que, más que proyectarse, intenta sostenerse.
El nuevo mandato comienza sin euforia y con una certeza implícita:
El desafío ya no es solo gestionar, sino volver a reconstruir comunidad en un sector que parece haber empezado a replegarse sobre sí mismo.








