Glaciares, agua y poder: el debate que redefine el futuro productivo argentino

Entre la ciencia, la política y la minería, un geólogo advierte que el verdadero desafío no es prohibir, sino entender y gestionar con precisión un recurso estratégico en tiempos de cambio climático.
Por estos días, la Argentina vuelve a discutir uno de los temas más sensibles —y menos comprendidos— de su matriz territorial: el rol de los glaciares en el sistema hídrico y el alcance de su protección frente al avance de actividades productivas como la minería.
Lejos de los eslóganes y las simplificaciones, la conversación con el geólogo y docente de la Universidad Nacional de Río Negro, Pablo Orlando, permite ingresar a un terreno más complejo, donde la ciencia, la política y el desarrollo económico conviven en una tensión permanente.
“No soy especialista en glaciares”, aclara de entrada, con una honestidad que, lejos de restarle autoridad, le aporta rigor. Desde esa posición, construye una explicación didáctica, precisa y, sobre todo, incómoda para los discursos simplificados.
Qué es un glaciar: más allá de la postal blanca
Cuando se habla de glaciares, la imagen inmediata remite a grandes masas de hielo visibles, como el Perito Moreno. Sin embargo, Orlando advierte que esa percepción es apenas una parte del sistema.
“Los glaciares de montaña se forman en zonas de gran altura, donde la nieve se acumula y, si el balance es positivo, termina generando hielo en superficie”, explica.
Pero el fenómeno no termina ahí. Debajo del suelo, en esas mismas regiones, se desarrolla un componente menos visible pero crucial: el permafrost, es decir, capas de suelo permanentemente congelado que también almacenan agua.
Esa combinación da origen a lo que hoy está en el centro del debate: los glaciares de roca.
Glaciares de roca: lo invisible que también almacena agua
A diferencia de los glaciares tradicionales, los glaciares de roca no son masas de hielo puro, sino mezclas de hielo y material rocoso que se desplazan lentamente.
“Mientras haya congelamiento, esos sistemas retienen agua”, señala Orlando.
El punto clave y muchas veces mal interpretado es su aporte real al sistema hídrico.
En algunos casos, como en la cuenca del río San Juan, el aporte directo de los glaciares puede representar apenas alrededor del 2% del caudal total. Esto se debe a que gran parte del agua permanece congelada y no se libera de manera inmediata.
Sin embargo, su rol no es despreciable: funcionan como reservas estratégicas, particularmente relevantes en contextos de sequía o variabilidad climática.
Ambientes periglaciares: la regulación silenciosa del agua
Más allá del glaciar en sí, Orlando introduce un concepto clave: el ambiente periglacial.
Se trata de las zonas que rodean a los glaciares y donde interactúan procesos de congelamiento y descongelamiento que influyen en la dinámica hídrica.
“Cada cuenca es un sistema complejo”, advierte. “Un río puede nacer en la alta montaña, atravesar distintos ambientes y depender no solo del deshielo, sino también de lluvias, tributarios y usos humanos”.
Esta mirada sistémica es central para entender por qué, según el geólogo, no existen soluciones simplistas ni criterios uniformes aplicables a todo el territorio.
La reforma en discusión: del enfoque general al análisis caso por caso
Uno de los ejes más controvertidos de la reforma es el cambio de enfoque: de una protección amplia y general a una evaluación más específica, cuenca por cuenca.
Lejos de rechazar esa lógica, Orlando plantea una posición técnica clara:
“Cada cuenca es particular y se tiene que estudiar por sí sola”.
En ese sentido, considera que el inventario actual de glaciares realizado en gran parte mediante imágenes aéreas constituye apenas una primera fase.
“Se necesitan estudios más avanzados, con trabajo de campo y análisis detallados del comportamiento del permafrost y su aporte real al sistema hídrico”, sostiene.
Minería y glaciares: ¿conflicto inevitable o convivencia posible?
El punto de mayor tensión aparece en la relación entre glaciares y minería, especialmente en regiones donde coinciden los ambientes periglaciares con importantes reservas de cobre.
Orlando introduce aquí un elemento clave: los estudios de impacto ambiental.
“Se puede dimensionar técnica y científicamente cómo impactaría la actividad minera”, afirma.
Estos estudios que abarcan desde la exploración hasta el cierre de la mina permiten evaluar si una intervención afecta o no a un glaciar o a su entorno, y en qué magnitud.
Además, destaca que la actividad minera opera bajo estándares internacionales y controles periódicos, con participación incluso de comunidades locales.
Cambio climático: la variable que redefine todo
Más allá del debate legislativo, hay un factor que atraviesa toda la discusión: el calentamiento global.
“Estamos en un período donde la tendencia es que los glaciares tengan una economía negativa, es decir, que se derritan”, explica.
Este proceso, impulsado por ciclos naturales y posiblemente intensificado por la actividad humana, plantea un escenario donde la pérdida de reservas de agua es inevitable en el largo plazo.
Y allí aparece una pregunta incómoda:
¿cuánto del problema se le atribuye a la actividad productiva y cuánto responde a dinámicas globales?
Agua, desarrollo y deuda estructural
En el tramo final de la entrevista, Orlando corre el eje del debate hacia un punto poco explorado: el uso del agua.
“Gran parte del agua en regiones como Cuyo no se utiliza correctamente por falta de infraestructura”, advierte.
Menciona, por ejemplo, la necesidad de mejorar sistemas de riego como el goteo en cultivos de vid, y plantea que el foco debería estar también en cómo se gestionan los recursos disponibles.
En ese marco, introduce una mirada que busca incomodar posiciones rígidas:
“La minería puede ser una solución y no un problema, si los recursos que genera se invierten bien en desarrollo e infraestructura”.
Lo que está en juego
La discusión sobre glaciares no es, en definitiva, un debate aislado ni exclusivamente ambiental.
Es una discusión sobre el modelo de país.
Sobre quién decide cómo se usan los recursos.
Sobre qué rol tiene la ciencia en la toma de decisiones.
Y, sobre todo, sobre cómo se gestiona el agua en un escenario de creciente incertidumbre climática.
Porque, como sintetiza el propio Orlando, detrás de toda esta discusión hay una verdad difícil de eludir:
El glaciar no es solo hielo.
El glaciar es agua.
Y el agua, en el siglo XXI, es poder estratégico.
La Argentina enfrenta un dilema que no admite simplificaciones ni posiciones dogmáticas.
Ni la prohibición absoluta ni la liberalización sin control parecen ofrecer respuestas sostenibles.
El desafío más complejo y menos espectacular es construir conocimiento, fortalecer los sistemas de control y, sobre todo,
asumir que el verdadero problema no es solo qué hacer con los glaciares, sino qué hacer con el agua que de ellos depende.
Porque en esa decisión, silenciosa pero estructural, se juega buena parte del futuro productivo, social y territorial del país.







