Granizo, viento y precios de quebranto: el grito silencioso de un productor de Villa Regina

Juan Carlos Melchiori, tercera generación frutícola, advierte que la temporada 2026 llega marcada por daño climático, caída de rindes y valores de industria que no cubren costos. “Producir es hermoso, lo ingrato es cuando no te pagan”, resume.
El viento no fue solo una molestia en el Alto Valle. Fue, otra vez, un factor de riesgo productivo. En Villa Regina, el productor Juan Carlos Melchiori lo describe sin eufemismos: “Estamos mal en producción. El tiempo no nos está acompañando para nada”.
A los días de ráfagas persistentes se sumó el granizo. Primero, una pedrada intensa el sábado; luego, otro episodio menor el domingo. El resultado: fruta golpeada, fruta rota, plantas estresadas y una temporada que entra en zona crítica.
“Hace más de 30 años que no veía caer piedra de esta manera”, afirma Melchiori, tercera generación de productores, al frente de la chacra familiar y de otra superficie alquilada en la zona.
El impacto técnico: rameo, estrés y caída anticipada
El daño no es solamente visual. El viento genera rameo, caída prematura y estrés fisiológico. En el caso de Melchiori, la situación se agravó porque aún no había aplicado hormona de retención.
“Se está cayendo la fruta. La que está afectada la planta la tira por el estrés”, explica. El fenómeno obliga a adelantar decisiones: comenzar a retirar fruta para industria antes de lo previsto y asumir pérdidas que no estaban en el cálculo inicial.
La fruta golpeada, aunque no esté rota, pierde valor comercial. La que se abre, directamente sale del circuito fresco.
El problema no termina ahí. El estrés del árbol compromete calibre y rendimiento final. En un año donde ya se preveía menor producción, cada evento climático multiplica el efecto.
¿Malla o una hectárea más?
El debate estructural vuelve a aparecer: invertir en malla antigranizo o ampliar superficie.
“El costo por hectárea de malla es como comprarse otra hectárea de tierra”, grafica Melchiori. Con valores cercanos a los 15.000 dólares por hectárea en infraestructura, la decisión no es simple.
Durante décadas, muchos productores no aseguraron ni cubrieron con malla porque el riesgo parecía esporádico. “Hace 30 años que no estaba castigado por piedra. Siempre veníamos zafando. Este año me dio como para que tenga seguro por el resto de lo que no tuve”, confiesa.
El cambio climático, o al menos una mayor recurrencia de eventos extremos, empieza a modificar esa ecuación histórica.
Menos fruta, pero no necesariamente más rentabilidad
Paradójicamente, la menor oferta podría mejorar el escenario comercial para quien logre salvar fruta de calidad.
“No hay fruta. Ya se veía venir que había menos y encima vino la piedra”, sostiene. Sin embargo, el mercado interno está momentáneamente saturado por la fruta dañada que ingresa masivamente a industria.
Los valores que hoy se mencionan son alarmantes: alrededor de 100 pesos por kilo de pera y 140 para manzana industria.
“El costo de producción está entre 350 y 400 pesos el kilo fácil”, advierte.
La brecha es estructural. No es coyuntural. Es un modelo que vuelve a tensionarse cuando el productor asume el riesgo climático total mientras otros eslabones resguardan margen.
La confianza como activo invisible
Melchiori introduce un concepto poco habitual pero central: la confianza.
“Este es un negocio de mucha confianza”, señala. La cadena comercial —productor, empaque, exportador, mercado— funciona cuando el circuito cumple. Cuando se corta, el daño se retroalimenta hacia atrás.
“Producir es hermoso. La planta es noble. Lo ingrato es cuando llevás la fruta al galpón y después no te la pagan”, resume.
En su mirada, el problema no es solo económico. Es también de relaciones dentro de la cadena.
Tres generaciones y una pregunta incómoda
En su familia, la fruticultura atraviesa tres generaciones. Pero el paisaje cambió.
“Se han perdido muchas hectáreas. Hay mucho abandono”, observa al recorrer la región. Chacras sin producir, kilos que ya no están.
Aun así, el mercado continúa tensionado. La ecuación no cierra.
¿Le recomendaría a un joven quedarse en la actividad?
“Si te gusta, producir es hermoso”, responde. Pero inmediatamente marca el límite: “Hay que apuntarle más a la comercialización”.
El mensaje final es tan crudo como honesto: “Acá hay que darle para adelante, agachar la cabeza y hacer honor a nuestros viejos”.
Una temporada que desnuda la fragilidad
Granizo, viento, rindes menores, precios de industria por debajo del costo y un modelo comercial basado en equilibrios delicados.
La temporada 2026 en el Alto Valle no es solo un año climático adverso. Es una radiografía de la fragilidad estructural de la fruticultura regional.
Quien logre salvar fruta fresca podrá aspirar a mejores valores. Quien no, deberá resistir con industria a precios de quebranto.
En el medio, productores como Juan Carlos Melchiori sostienen el sistema con capital propio, historia familiar y una convicción que no se compra ni se financia: seguir produciendo.
Porque, como él mismo dice, la planta es noble.
La pregunta es si el sistema lo es con quien la cuida todo el año.








