De chacra frutícola  a invernadero narco: la sombra del narcotráfico llega al corazón productivo del Alto Valle.

El paisaje rural del Alto Valle rionegrino, históricamente asociado al trabajo frutícola, se vio esta semana alterado por una noticia que sacudió a la región: una de las chacras allanadas por Gendarmería Nacional ocultaba un invernadero con plantaciones activas de marihuana. El hallazgo no es un hecho aislado, sino parte de una investigación de más de 15 meses que permitió desbaratar una red narcocriminal con base en Rosario y ramificaciones en Villa Regina, Ingeniero Huergo y Valle Azul.

El caso plantea una paradoja inquietante: las mismas tierras que durante décadas fueron símbolo de producción y arraigo, hoy aparecen vinculadas a economías ilícitas que se camuflan entre los montes y los galpones de empaque.

Según informó Gendarmería, la organización operaba con estructura de clan familiar y utilizaba las chacras tanto para cultivar cannabis como para lavar activos. Las tareas de investigación incluyeron escuchas telefónicas, análisis de datos y vigilancia con drones, lo que permitió localizar los predios rurales donde se hallaron las plantaciones.

En total, los trece allanamientos simultáneos ordenados por la Justicia Federal culminaron con un importante secuestro: más de 2,7 kilos de cannabis, casi un kilo de cocaína, 693 plantas de marihuana, armas, vehículos y dinero en efectivo, además de documentación clave para la causa.

Pero el golpe más fuerte fue la detención de diez personas —de nacionalidades argentina, chilena y paraguaya— entre ellas el principal líder de la organización, quien coordinaba la logística y el flujo de dinero. Los detenidos quedaron a disposición del Juzgado Federal de General Roca, con intervención de la Procuraduría de Narcocriminalidad (PROCUNAR) y la Procuraduría de Criminalidad Económica y Lavado de Activos (PROCELAC).

Más allá del operativo, lo que deja en evidencia esta investigación es el avance del narcotráfico sobre los espacios rurales, un fenómeno que ya no se limita a las grandes ciudades. El mapa del delito se ensancha, busca caminos menos visibles y encuentra en las chacras un territorio fértil para ocultar actividades ilegales bajo apariencia de producción agrícola.

Para los vecinos del Alto Valle, acostumbrados al ritmo de las cosechas y al trabajo en las quintas, la imagen de un invernadero narco resulta difícil de asimilar. Sin embargo, las fuerzas federales advierten que la diversificación de los territorios delictivos responde a un patrón que se repite en distintas regiones del país: la utilización de ámbitos productivos para camuflar circuitos ilícitos y lavar dinero.

Mientras la Justicia avanza sobre los bienes y las propiedades del clan, el caso deja una pregunta de fondo: ¿cómo preservar la identidad productiva de un valle que nació para dar frutos y hoy enfrenta las sombras de un fenómeno que intenta echar raíces en su propia tierra?

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