Una nueva comunidad en el mapa productivo rionegrino: los menonitas llegan al Valle Medio

El desembarco de una colonia menonita en Negro Muerto abre un capítulo inédito en el desarrollo rural de Río Negro, con más de 5.000 hectáreas destinadas a la producción agrícola y ganadera bajo riego.

La instalación de una comunidad menonita en la zona de Negro Muerto, entre General Conesa y Choele Choel, marca un hito en la expansión de la frontera productiva rionegrina. Con la compra de más de 5.000 hectáreas, el grupo iniciará un proyecto agropecuario y ganadero sustentado en el trabajo cooperativo y en la autogestión, valores que caracterizan a esta comunidad con presencia en distintas regiones del país.

El proceso que hoy se concreta tuvo su punto de partida hace más de cuatro años, cuando representantes de la Colonia Menonita de Guatraché visitaron la chacra experimental de Luis Beltrán y mantuvieron los primeros intercambios técnicos con autoridades provinciales. Desde entonces, el diálogo se mantuvo orientado a identificar zonas con potencial para la radicación, evaluar condiciones hídricas y definir esquemas de producción bajo riego.

Negro Muerto fue el sitio elegido: un valle con más de 60.000 hectáreas regables, agua de buena calidad y suelos aptos para la agricultura intensiva. La llegada menonita se integra, así, a una etapa de transformación rural que combina inversiones en infraestructura eléctrica, obras de riego y planes de diversificación productiva.

Actualmente, el Gobierno de Río Negro gestiona una línea de financiamiento superior a los 80 millones de dólares destinada a obras estructurales que permitirán ampliar la superficie bajo producción en cuatro núcleos de desarrollo: Negro Muerto, Guardia Mitre, Pomona–San Antonio y Colonia Josefa.

La comunidad menonita aportará su reconocida capacidad para organizar sistemas de producción eficientes, con base en el trabajo familiar, la sustentabilidad y la elaboración artesanal de alimentos. Su radicación también representa un aporte cultural: una forma de vida centrada en la cooperación, la educación rural y el vínculo directo con la tierra.

Más allá del impacto económico, la instalación de estas familias plantea una oportunidad para repensar el modelo de arraigo rural en la Patagonia. La combinación entre infraestructura, conocimiento técnico y comunidades dispuestas a producir desde el territorio puede convertirse en un motor de crecimiento a largo plazo.

Río Negro suma así un nuevo actor a su entramado agroindustrial, en un momento donde la diversificación y el uso eficiente del agua bajo riego aparecen como ejes estratégicos para sostener el desarrollo regional.

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